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ene 26
2010
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En 34 años de vida mi relación con la bicicleta ha sido escasa por no decir que nula. Dejando de lado una bicicleta verde oliva que compartí con mi hermano en la década de los ochenta -cuando las mamás todavía se sentían tranquilas al saber que sus hijos montaban en bicicleta por las calles del barrio sin miedo a ser víctimas de un atraco- mi contacto con el popular caballito de acero había sido más bien esporádico.
Para confirmar la creencia popular de que montar en bicicleta es algo que jamás se olvida, durante muchos años yo hice lo propio y con mucho esfuerzo logré dejar mi honra en alto cuando algún amigo deportista organizaba un paseo por los senderos de la finca o se inventaba una salida a la ciclovía, planes que, para ser honestos, ocurrían una vez cada cinco años…y eso.
En mi agitada vida bogotana, acostumbrada a moverme en carro, taxi, bus o a pie, jamás se me ocurrió pensar en la bicicleta como un medio de transporte alternativo. La cicla me parecía excelente para hacer ejercicio pero usarla para ir a estudiar o trabajar me parecía descabellado. La sola idea de llegar acalorada y sudorosa a una entrevista luego de haber pedaleado 3 kilómetros me parecía absurda. Entonces conocí a mi marido y todo cambió. La bicicleta entró a nuestro hogar para ocupar una plaza tan importante como si fuera la nevera, la cama o el televisor. Mi esposo se va al trabajo, hace compras en el supermercado del barrio, va a pagar cuentas, va a visitar a los amigos y hasta sale a rumbear en bicicleta. Pero Olivier no es el único. En las ciudades francesas las mamás amarran a sus niños en una silla especial y los llevan pedaleando a la guardería o al colegio, los estudiantes de bachillerato prefieren ahorrase la plata del bus y se van en cicla hasta el liceo, las señoras de cincuenta años se van de compras en vélo y algunas personas prefieren este método de locomoción para asistir a exposiciones, cenas y fiestas. En Francia la bicicleta está en todas partes y todo el mundo da por hecho que los demás saben montar y lo disfrutan. Incluso hay gente cuyo plan de vacaciones es descubrir una región a punta de pedal.
En Burdeos no es necesario comprar una bicicleta para movilizarse ya que la alcaldía las alquila. Solamente se paga un derecho por un año y cuando uno devuelve la bicicleta le reembolsan el dinero. En otras ciudades como Paris, Nantes o Montpellier, existe la modalidad de Vélib, un servicio donde es posible alquilar una bicicleta por una hora o varios días. Existen varias estaciones regadas por toda la ciudad y el abonado puede coger una cicla en una estación y devolverla en la siguiente.
Mentiría si digo que ahora soy una experta. Es cierto que he mejorado mi capacidad física pero todavía me siento incómoda montando en falda y tacones y dudo mucho que algún día sea capaz de maniobrar la bicicleta con un bebe atrás y tres bolsas de mercado. Estoy lejos de emular a Fabio Parra o a Lucho Herrera pero con práctica y paciencia espero llegar a la meta de este nuevo desafío cultural.
Comentarios (2)
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Respecto a los modos de transporte novedosos, te cuento que acabo de llegar de Lyon y la moda allá (para TODAS las edades) son las patinetas.
Nunca me animé a usar una sobre todo porque buena parte de la ciudad es adoquinada.
Saludos



