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Cuando Carlos Hoyos era un niño, se la pasaba mirando aviones que pasaban por encima de su pueblo natal, Anserma Caldas. Ninguno, sin embargo, aterrizaba en el pueblo, porque no había ni pista ni aeropuerto. Pero un día, vio algo parecido a una mosca gigante de metal que volaba muy bajo sobre los tejados de las casas. Carlos salió corriendo detrás del aparato y lo persiguió hasta que aterrizó en el estadio de Anserma. “Creo que lo que más me impactó fue haber visto salir personas del helicóptero, y cuando volvió a despegar, a mí me quedó la curiosidad eterna de saber qué se puede ver desde allá arriba.”, afirma Carlos y dice que ese día lo marcó tanto, que desde entonces empezó a fabricar helicópteros en guadua para jugar, y en su cabeza, la obsesión por ver el mundo desde lo más alto lo acompañó siempre.
Fotoyitos, como le decían a él y a sus doce hermanos y hermanas, eran hijos de Don Fotoyos o Don Fotico, el fotógrafo del pueblo. Don Fotoyos les inculcó a sus hijos que la fotografía, más que una profesión, era una forma de ser, y era tan fácil y tan necesario como aprender a leer y escribir. Los fotoyitos desde muy temprana edad le ayudaban en el estudio, atendiendo a los clientes, en el proceso de revelado, y tomando ellos mismos las fotografías de los ansermeños que asistían al local a dejar un registro de los momentos más importantes de su vida. En el estudio de Don Fotoyos la gente encontraba un lugar para hacerse retratos familiares, celebrar el nacimiento de un niño, y la muerte de un ser querido. Las fotografías de los difuntos del pueblo, se convirtieron un día en cementerio de papel, cuando Don Fotoyos decidió poner en la vitrina la foto de un señor que había muerto en circunstancias misteriosas, al parecer por una enfermedad altamente contagiosa, y por tal motivo lo habían tenido que enterrar muy rápido. Desde ese día optó por atraer a los ansermeños a su estudio, exhibiendo las fotos de los últimos difuntos en una cartelera. El pantallazo del difunto duraba hasta que un nuevo muerto lo desplazara hacia la pared de adentro del local, donde estaba la colección de todos los fallecidos. La pared del local quedó convertida en un pequeño muro de las lamentaciones a donde los parientes iban a rezar y a traerle flores a la imagen.
Don Fotoyos supervisaba todo lo que sucedía en su estudio de fotografía, aún cuando se internaba en el cuarto oscuro. El cuarto oscuro tenía un huequito por donde él observaba a todos sus hijos, atendiendo a los clientes del local, y tomando las fotografías. Cuando Carlos cumplió dieciséis años, Don Fotoyos ya lo había observado lo suficiente y sabía que Carlos era un buen fotógrafo. Por eso le entregó una camarita Jasika y le dijo que ese ere el único legado que podía darle, y que se fuera a buscar su propia vida.
La búsqueda de su propia vida tuvo un comienzo accidentado. Carlos decidió irse para Pereira, y cuando llegó, en vez de conocerla por sus calles, quiso ir a mirarla desde arriba. Empezó a subir hasta un Vía Crucis en Dos Quebradas, con la cámara colgada al cuello, y listo para fotografiar la ciudad desde lo más alto, pero en el camino se encontró con dos muchachos, armados con cuchillos. “Suelte la cámara Mono, suéltela, suéltela”, le dijeron. “No me vayan a robar la cámara que este es mi trabajo”, les suplicó Carlos, pero ellos respondieron: “Sí, este también es el trabajo de nosotros”, cuenta Carlos años después. Sin cámara y sin futuro regresó a Anserma, pero Don Fotoyos le dijo que ya no había más cámaras para él, y que le sugería irse para Bogotá a buscar otra oportunidad.
Carlos llegó a la capital a trabajar en un negocio de compraventas de un pariente, pero muy pronto se aburrió de un trabajo donde sentía que siempre estafaba a la gente. Cerca de la Plaza de Bolívar encontró una fotografía llamada FotoRex, a donde fue a parar como fotógrafo de parque, retratando a los turistas en la plaza del libertador. En ese entonces no utilizaban cámaras instantáneas. Los siete fotógrafos de la plaza, que trabajaban para FotoRex, debían hacer fila desde temprano frente al local, para que les entregaran unas camaritas Olympus con un rollo para 72 fotos, a cambio de un depósito.
“El primer día de trabajo me di cuenta que había un señor detrás de mi todo el tiempo. Yo tenía un susto que me fueran a robar la cámara otra vez, entonces fui donde estaba otro grupo de fotógrafos y les dije: “miren que ese tipo no para de perseguirme, me va a robar la cámara”, y los que estaban ahí me dijeron: “¿Usted trabaja en Fotorex? Es que ese señor de ahí es el que mandan a cuidar las cámaras,” recuerda Carlos.
El Mono Hoyos empezó a ganarse una buena reputación como fotógrafo en la Plaza de Bolívar. Más del cincuenta por ciento de las fotos que tomaba, las recogían los turistas al otro día en el almacén de FotoRex. Uno de esos “turistas”, quedó tan contento con su retrato que al día siguiente regresó a la plaza a buscar a Carlos. Le dijo que trabajaba para Caracol Televisión y que quería presentarlo ante el gerente del canal, en ese entonces, Vicente Melo. Cuando Melo conoció a Carlos le preguntó si tenía cámara. Para no quedar mal ante el gerente, Carlos le dijo que tenía una pero que se la estaban arreglando porque se le había dañado. Melo le dijo que lo necesitaba para que fuera a tomar unas fotos al programa Sábados Felices el miércoles siguiente. Carlos se comprometió a ir al programa con su cámara arreglada y al salir de la oficina salió a buscar una, desesperado. Llegó al almacén Foto Clauss en Chapinero, con un amigo fiador y le contó el cuento a la vendedora. “Yo le hago un vale como si se la estuviéramos arreglando, y con la cuota inicial yo le vendo la cámara”, le dijo la señorita. Carlos llegó con la cámara al Canal Caracol ese miércoles para la sesión de Sábados Felices, donde se encontró con el gerente Melo, quién le pidió ver la cámara. “Cuando abrió la cámara, por dentro tenía de esas bolsitas de silllica gel, y me dijo: Dígame donde le arreglaron esta cámara porque se la dejaron como nueva”, cuenta Carlos entre risas.
Así empezó Carlos su carrera en Caracol. A los tres años, ya era camarógrafo de televisión, luego pasó a manejar cámaras para cine de 16 mm, y a los cinco años, estaba montando un estudio propio que Caracol terminó comprando después, llamado Gramacol. Carlos fue también el creador de la primera unidad móvil de filmación, que hizo pegando una cámara al chasis de una buseta y de las cosas que más recuerda de su paso por el canal, fue el programa El Mundo al vuelo con Héctor Mora, con el que pudo viajar por todo el mundo. Pero el ritmo de la televisión era muy acelerado para Carlos así que decidió salirse y trabajar por un tiempo en publicidad.
“Un día me puse a pensar que yo lo que tenía que seguir en la vida eran mis sueños, entonces me fui para Estados Unidos”. Diez años atrás, una de las “fototyitas” se había ido para Los Ángeles, California a probar suerte. Le fue tan bien que logró construir su vida allá, y poco a poco fueron llegando los demás “fotoyitos y fotoyitas”, que son fotógrafos, documentalistas o trabajan de alguna manera e el mundo de la imagen hoy en día. En Colombia actualmente solo viven tres de sus hermanos. El único que se quedó en Anserma fue el viejo Fotoyos, que falleció el año pasado.
Carlos se tomó un año sabático en Los Ángeles. “Mi familia me decía que trabajara, porque yo les ocupaba los garajes de sus casas, me la pasaba en bibliotecas, talleres, y estudios de cine, aprendiendo cómo vuelan los aparatos,” dice Carlos. Su año de experimentos, para crear una cámara voladora que pudiera tomar imágenes desde arriba, terminó entre un sobre sellado. Carlos hizo algunos planos de la cámara voladora, escribió la idea en un documento, lo metió entre un sobre y se lo mandó a si mismo por correo. Cuando el sobre llegó a la casa lo guardó por si las moscas, por si el día
de mañana su experimento resultaba. “Es una manera de auto patentarse o de comprobar que tuviste tú una idea hace tiempo, porque el correo es lo único que te certifica una fecha,” explica Carlos. Pero no tuvo que esperar mucho tiempo para abrir su sobre. Un amigo le consiguió una cita con unos inversionistas de la industria del cine y a la media hora de estar explicándoles el proyecto, éstos le dieron financiación para que contratara a un equipo especializado y dirigiera la construcción de su cámara voladora. Carlos y uno de sus hermanos, también fotógrafo, eran los únicos colombianos que dirigían el equipo de ingenieros aerodinámicos, especialistas en robótica, pilotos y camarógrafos que trabajaban en el taller. Un año después de muchos intentos fallidos, la cámara voló. La presentaron ante el NAB (National American Broadcasting) y la industria del cine acogió el invento de una manera impresionante. Carlos lo patentó en 1997 y pudo continuar desarrollando otras cámaras y mejorando el primer prototipo que inventó.
Las cámaras de Carlos, el Copter Vision y su versión mejorada el Helix Cam, y una nueva cámara que va rotando, el Roller Vision, cambiaron la forma de hacer cinematografía, televisión y comerciales. Estas cámaras atraviesan puertas, ventanas, vuelan por debajo de túneles, y hacen planos muy dinámicos. Carlos participó en películas de acción como Collateral Damage, en videos de Whitney Houston y Paul McCartney, y en infinidad de comerciales para la televisión. Sus inventos figuran hoy en día entre el American Cinematographic Manual, donde se registra todo lo que se ha inventado para la industria, su firma es líder en el terreno de filmaciones con vehículos no tripulados, y ha ganado premios nacionales e internacionales como el Axiem en excelencia electrónica y uno de la National Association of Broadcasters en la categoría "Producto del año".
Cualquiera pensaría que después de desarrollar estas cámaras Carlos tocó el cielo con las manos y cumplió su sueño, ese que lo perseguía desde que vio el helicóptero a los ocho años en Anserma. “Yo desde niñito quería ver volar una cámara. Ya la vi volar, y gracias a Dios fue la mía”, dice Hoyos, pero explica que sus planes de vuelo han cambiado.
Carlos decidió que quería volver a Colombia, para verla nuevamente desde arriba. “Para mí la imagen es lo más importante”, dice. Por eso regresó para captar imágenes desde el cielo con sus cámaras y hace tres años hizo un libro sobre Cartagena con su Helix Cam con Villegas Editores, y el año pasado volvió nuevamente a tomar fotografías de su tierra natal, el Eje Cafetero, que terminaron en un libro titulado La Tierra del Café, que editó su propia casa editorial en Los Angeles, CH Fine Arts Photography, y que se lanzó la primera semana de diciembre del año pasado. (Ver galería virtual en esta misma página) El libro está casi agotado en las librerías del país, pero la idea de Carlos es poder venderlo en el exterior. “Yo lo que propongo es que este libro no lo regalemos entre colombianos, sino que los colombianos se lo regalen a los que viven por fuera. Yo quiero que este libro esté en las mesas de centro de los extranjeros, y especialmente de los que están decidiendo donde rodar sus próximos proyectos: documentalistas, cineastas, fotógrafos, etc.”, dice Carlos y explica que estos hacen parte de su nueva estrategia, mostrar por todo el mundo los paisajes colombianos como escenario ideal de locaciones para rodar películas. Hoyos ya ha dictado unas conferencias en el Film Comission y estuvo en el pasado Location Trade Show en California, exponiendo sus fotografías, que por ser tomadas con cámaras de cinematografía, se ven como un telón de fondo de una escena de película.
Su viaje al Eje Cafetero fue un retorno a su infancia, y un reencuentro con Don Fotoyos, que lo impulsó siempre a tener sueños de fotógrafo, y explica: “Perseguir los sueños en imágenes es mucho más fácil que perseguir los sueños sin visión. Lo interesante de los fotógrafos es que nosotros vemos los sueños, y así se cumplen más fácilmente. El sueño mío era ir a los Estados Unidos, no a realizar el sueño americano, sino el sueño colombiano, que es ir a los Estados Unidos y volver a Colombia”.
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