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Medalla de honor



 

Mientras las tropas estadounidenses atacaban a Irak, Juan Camilo Mantilla Riveira y su escuadra estaban en la mitad del desierto de Jordania, armados de una batería de defensa aérea. Su misión: interceptar cualquier misil que Saddam Hussein disparara contra Israel. Un mes después de finalizada, fueron enviados a Ar-Ramadi -una ciudad de 500,000 habitantes a orillas del río Éufrates- para mantener la paz en el sector. Y como al llegar sostuvieron un enfrentamiento, automáticamente 250 hombres debieron quedarse once meses más combatiendo la resistencia local.

Vivir en distintos lugares nunca fue algo ajeno para Juan Camilo. Nació en Barranquilla en 1979 y ahí estudió hasta que sus padres, Aurelio y Connie, se separaron. Tiempo después y junto con Joe Nagy, su padrastro, vivieron en Cartagena, Texas y Bogotá, hasta que finalmente se graduó del Colegio Bolívar de Cali en 1998. En su continuo trasegar fue adquiriendo una personalidad aventurera, justificada al decir que “lo más importante es vivir la vida”. Cada vez que pudo se fue de camping e incluso aprendió Hap-ki-do, arte marcial que pulió su espíritu guerrero hasta alcanzar el cinturón azul. Livio Balocco, su entrañable maestro, siempre se sintió orgulloso de su pupilo: “Él era una persona de una voluntad incansable y asimilaba todo con facilidad sin perder la humildad. En 23 años que llevo enseñando, Juan ha sido mi mejor alumno”.

También en Irak se destacó, a juzgar sus reconocimientos (como la estrella de bronce por sus logros militares) y todas las batallas que peleó al límite como sargento de escuadra de la infantería estadounidense, como aquella en la que los 137 grados Fahrenheit a la sombra y con el izzam -el coro religioso que es cantado por los musulmanes cinco veces al día- sirvieron de antesala al enfrentamiento más duro. Él y su pelotón habían montado un retén para detectar posibles carros bomba hasta que un vehículo siguió de largo. Lo neutralizaron y la emboscada empezó. Decenas de fusiles se asomaron para escupir una ráfaga de balas que rebotaron con rabia contra el asfalto, pulverizándolo en pequeños fragmentos que se estrellaron contra sus pies.

Pero él ya estaba acostumbrado a vivir situaciones extremas. Recién graduado y a los 18 años empacó maletas sin pasaje de regreso para alistarse en el ejército de los Estados Unidos, lugar donde vivió los momentos más difíciles de su vida. El curso de infantería es muy exigente por lo duro y exigente en sus diferentes etapas. En Fort Bragg, Carolina del Norte, el entrenamiento era tal que muchas veces el entonces Private Mantilla –como era conocido en el argot militar- alucinó del cansancio y se quedó dormido caminando en franca lid de entrenamiento en la Escuela de Reconocimiento 82nd. Airbone Division, lugar de donde se gradúan solo los mejores. Para Juan Camilo nunca fue difícil ser un colombiano en Estados Unidos. La filosofía del ejército norteamericano es que adentro no existen las divisiones culturales: nadie es blanco, negro o amarillo, todos son verdes. Y debido a la dureza de toda su formación, él es enfático al decir que “nunca le tocó sufrir como colombiano, sino como soldado”.

Y fue esta dura formación de cuatro años la que le permitió viajar a Irak como un militar de elite, ilusionado en llevar a la práctica lo aprendido y pelear por Estados Unidos, un país que se lo dio todo: “Al fin y al cabo, este es mi trabajo y debo cumplir con mi deber”. Y volvería a ir a la guerra sin dudarlo, a pesar de que también se siente más colombiano que cualquiera. De hecho uno de sus sueños a largo plazo es poder trabajar para el gobierno norteamericano en Colombia, combatiendo la droga y el crimen organizado en todas sus expresiones. Ese sería su sueño hecho realidad.

El mayor tiempo que pasó en el Medio Oriente sin pelear fueron dos semanas, y el combate que más duró fue una balacera de dos horas seguidas, aquella que fragmento el asfalto a sus pies. La reacción fue inmediata y su fusil contestó ágilmente: “es tenaz saber que otro me quiere matar; entonces uno se llena de rabia y lo toma como algo personal”. No sintió miedo, quizás por un temple esculpido a punta de rudeza pero sintió su boca más seca que el mismo desierto donde estaba. Eran los síntomas de la adrenalina. También sintió los efectos de la guerra por primera vez: un proyectil impactó a la altura de su estómago el nuevo chaleco antibalas que hacía ocho horas había sustituido el anterior, ya desgastado y frágil. No sintió dolor. Siguió disparando y en un cese al fuego se cercioró que no estuviera sangrando.

Ocho meses después del incidente regresó sano y salvo a Miami. Estuvo un año y medio en una guerra constante y sobrevino su periodo de readaptación. El Gobierno norteamericano obliga en estos casos un seguimiento asistido por psicólogos que les ayudan a superar posibles traumas. Y los tuvo. Creía que cualquier persona lo quería matar en la calle porque se sentía inseguro al no estar escoltado por ocho hombres, como sí pasaba en Ar-Ramadi. Nicolás Márquez, uno de sus mejores amigos, sí notó la diferencia: “Se sentía perseguido y con unas ganas de compartir sus experiencias en español, no en inglés; obviamente el tiempo y la distancia cambian a las personas, pero en el fondo, su parte humana siguió intacta”.

Hoy en día trabaja como oficial de la policía en Florida. Entre sus obligaciones están el responder llamadas de servicio, patrullar las calles y servir de agente encubierto para atrapar “dealers” y narcotraficantes. A pesar de creer que lo mejor de su actual cargo es poder ayudar a la gente, él no quiere seguir toda la vida de policía. Antes de finalizar el año pasado se unió a los Special Forces o boinas verdes, la división del ejército más importante de todas, y seguir una carrera en relaciones internacionales junto con estudios en lenguas árabes. Mientras tanto en su memoria se mantiene imborrable el instante que más le impactó en la emboscada que sufrió. Un abuelo recibió un balazo en su hombro mientras le cogía las manos a sus dos nietas. Ellos lo miraban fijamente y Juan Camilo, tendido en el suelo, con el fragor del combate reflejado en sus sienes infladas, les sonrió. “Todo va a salir bien”, pensó, mientras un médico lo estaba estabilizando. Quizás esa sea la razón principal por la cual Juan Camilo pelea: “La guerra es algo asqueroso, pero combato en ella para que mis hijos no tengan que hacerlo”.




 

 
Comentarios (5)
  • nando salas  - COLOMBIA PRESENTE
    veo que este articulo ya tiene tiempo.Es bueno que este joven cambie la foma de
    pensar que tienen muchas personas sobre los colombianos, que pienzan que todos
    somos malos y narcotraficantes, aqui esta un claro ejemplo que em colombia
    somos mas los buenos que los malos.
  • nando salas  - COLOMBIA PRESENTE
    veo que este articulo ya tiene tiempo.Es bueno que este joven cambie la foma de
    pensar que tienen muchas personas sobre los colombianos, que pienzan que todos
    somos malos y narcotraficantes, aqui esta un claro ejemplo que em colombia
    somos mas los buenos que los malos.
  • edgar  - consulta
    señor juan camilo mantilla riveira, usted por favor seria tan amable por medio
    de este correo de darme a comocer informacion conducente si es posible
    incorporarse en la policia de miami teniendo como experiencia que soy policia
    activo colombiano y al igual que usted debo realizar las mismas funciones a la
    comunidad.Lo felicito por la exelente labor realizada en irak, llevando siempre
    en alto el nombre de su tierra natal y la nacion a la que representa. gracias
  • lady montes  - te felicito
    se sinte una enorme felicidad al saber que muchos colombianos triunfan y como tu
    quiero ingresar al ejercito americano aunque naci en colombia tengo la
    ciudadania americana y soy enfermera pues creo que mi colaboracion seria muy
    grande y podria brindar apoyo a todos los nuestros,me alegra tu triunfo y espero
    poder contribuir un poco como lo has hecho tu,QUE DIOS TE BENDIGA
  • lemagnifique  - like I was born yesterday...
    A good translation proved my hunch of this being just a a bunch of bull feces.
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