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Cualquier persona que ha tenido que dejar atrás su familia, sus amigos, sus costumbres y tradiciones culturales porque se va a vivir a otro país, con otro idioma y otro clima puede sentir tristeza o lo que se conoce más bien como nostalgia, ese extraño dolor que está plagado de recuerdos maravillosos de lo que se considera “casa” para alguien.
La psiquiatría desde hace varios años empezó a analizar este tema de la nostalgia, los cambios y los sentimientos que experimenta una persona cuando se va lejos de casa. Según diferentes estudios en este campo, cada migración implica un duelo (duelo se entiende como el proceso de reorganización de la personalidad que tiene lugar cuando se pierde algo significativo para el sujeto).
Para Joseba Achótegui, siquiatra español quien ha trabajado durante más de quince años con inmigrantes y refugiados desde el SAPPIR (Servei d'Atenció Psicopatològica i Psicosocial a Immigrants i Refugiats) ubicado en la Fundación del Hospital Sant Pere Claver de Barcelona, hay siete grandes duelos que los inmigrantes deben elaborar cuando salen de su país de origen: la familia, la lengua, la cultura, la tierra, el estatus social, la pérdida de contacto con el grupo de pertenencia, y el riesgo a la integridad física de la persona. (Ver en detalle)
La forma como las personas logran elaborar el duelo es lo que determina que el inmigrante en un país se adapte. Los inmigrantes que tienen un duelo simple son los que hacen su viaje en buenas condiciones y sin mayores obstáculos. Pero las personas que no logran elaborar bien el duelo, y no logran adaptarse por situaciones muy difíciles que le generan un stress extremo, pueden llegar a sufrir lo que se conoce como el síndrome de Ulises.
El Síndrome de Ulises
Si bien es cierto que la migración ha existido siempre, y las personas a lo largo de la historia, desde Ulises hasta los que atraviesan las fronteras hoy en día, han sentido angustia, nostalgia o han tenido que elaborar esos duelos como lo menciona la psiquiatría moderna, solo hasta hoy se reconoce la importancia de ayudar a inmigrantes y refugiados no solo con ayuda humanitaria básica, sino también frente a problemas emocionales y de estrés que puedan afectar su salud mental.
Adicionalmente, para Joseba Achótegui: “Las migraciones que estamos viendo en los últimos años son diferentes, más graves y extremas y es algo que tiende a empeorar”, dice. En su trabajo con los pacientes del SAPPIR se empezó a dar cuenta que a partir del 2000, los inmigrantes en España estaban mostrando una serie de síntomas que antes no aparecían con tanta frecuencia. Para él, el cerramiento de las fronteras, los obstáculos que impiden la reagrupación familiar, el incremento de las expulsiones a los inmigrantes que no cumplen con los requisitos legales para poder vivir en el país, y la explotación laboral de la que algunos son víctimas contribuyen a que el estrés y la angustia se experimenten de una forma más intensa que en otros años.
Por eso el doctor Achótegui escribió ese mismo año un libro llamado “La depresión de los inmigrantes”, donde presentó su descubrimiento: El síndrome de Ulises. El siquiatra aclara: “El síndrome de Ulises no es una enfermedad mental, es una reacción de estrés de personas sanas. Si se mira el mito de Ulises, él no estaba enfermo o loco, pero sí la pasaba muy mal”. El doctor utiliza una metáfora para explicar el síndrome. Si cien personas se encuentran encerradas entre una habitación que no tiene ventilación y se sube la temperatura de esta habitación, las personas van a tener una reacción ante esta situación que puede variar entre sudor, mareos, desmayos, etc. Con el síndrome de Ulises es lo mismo: ante una situación donde el inmigrante está en una situación desconocida vulnerable, con idiomas distintos, costumbres diferentes, a veces en situaciones de peligro, pues va a presentar ciertos síntomas que son una reacción apenas natural a lo que está experimentado. (Ver síntomas)
La diferencia entre quienes padecen el Síndrome de Ulises y quienes padecen depresión u otras enfermedades mentales como el stress post-traumático es que una vez cambian las condiciones, y se reduce el stress, la persona mejora fácilmente. El riesgo es que algunos pacientes que sufren del síndrome de Ulises inicialmente, si no reciben asistencia sicológica, o no logran transformar ciertas condiciones de vida, pueden desarrollar enfermedades mentales más graves como depresión, con conductas extrañas o sicóticas.
También vale la pena anotar que si las personas con síndrome de Ulises no reciben atención sicológica pueden sufrir secuelas, que a pesar de no ser tan graves como el desarrollo de una enfermedad mental, sí pueden terminar por afectarlos físicamente y sicológicamente. Trastornos del sueño, de la alimentación, nuevas fobias, pueden originarse a partir de períodos de vulnerabilidad para el inmigrante.
Santiago Gamboa, (autor colombiano que escribió acerca de sus vivencias como inmigrante en París y experimentó algunas situaciones críticas de estrés que describió en la novela El Síndrome de Ulises) afirma que desde que vivió lo que era sentir hambre en París como inmigrante, cada vez que come hoy en día, lo hace desaforadamente por un miedo que apareció en esa época de que tenía que aprovechar toda la comida al máximo, porque no sabía cuando podría volver a comer. Hoy por hoy, Gamboa sufre de sobrepeso y admite que fue por sus experiencias como inmigrante que sus hábitos alimenticios se transformaron.
Aunque no se sabe a ciencia cierta cuantas personas padecen este síndrome en el mundo, al SAPPIR llegan dos o tres pacientes nuevos cada semana. Los pacientes provienen de todo tipo de países y culturas, son niños, jóvenes, adultos y ancianos. Son hombres y mujeres, aunque las mujeres están más dispuestas a pedir ayuda que los hombres.
La cura
Hay distintos tipos de tratamiento, en algunos casos se utiliza la medicación para tratar algunos de los síntomas más graves, pero la mayoría se hace a través de terapia sicológica por sesiones, algunas individuales y otras grupales. Y también hay una serie de talleres y sesiones de trabajo preventivo, como el que hacen en Zaragoza distintas organizaciones para inmigrantes que se reúnen a charlar sobre los problemas que tienen con especialistas, les enseñan algunas técnicas de relajación para que puedan dormir mejor, para mejorar sus habilidades sociales, etc. Lo importante, según Achótegui es que los pacientes sientan que no están aislados y solos en un país desconocido, y que pueden pedir ayuda.
Sin embargo, son pocos los que lo hacen por el miedo mismo a que les pidan papeles, porque no saben que tienen derecho a acceder a este tipo de servicios que ofrecen centros especializados y de manera gratuita y porque tampoco están acostumbrados acudir a una figura como el psicólogo o el siquiatría, en sus culturas de origen. Para Achótegui, es un reto hacer tratamientos sicológicos que respeten las tradiciones culturales, religiosas de los inmigrantes. “Si no respetamos eso, estamos añadiendo problemas a ese inmigrante porque no se le está reconociendo. Por eso utilizamos mediadores e intérpretes en las consultas, sobre todo para los que son musulmanes, o vienen de una tradición de medicina tradicional”, explica.
Pero el doctor afirma también que los pacientes, a pesar de sus tradiciones culturales, saben diferenciar muy bien las cosas y entender sus problemas. Achótegui cuenta que una vez le preguntó a uno de sus pacientes si pensaba que los problemas que tenía eran por culpa del mal de ojo y el hombre le respondió: “No se equivoque, aquí el mal de ojo me lo han echado las leyes de este país”.
Por eso el mejor remedio, sin duda, es que los inmigrantes mejoren realmente sus condiciones de vida tanto en los países de acogida como en los países de origen para evitar que las personas tengan que emigrar de manera riesgosa. Algunos gobiernos ya han reconocido la existencia de este síndrome como un asunto importante de salud pública. En Europa el Parlamento Europeo hizo una sesión especial en noviembre de 2003 para debatir este problema que aqueja a los inmigrantes en el continente, al que asistieron siquiatras, médicos, trabajadores sociales, entre otros, y el próximo mes habrá otra sesión en Bruselas. En México se está preparando otra reunión y distintos centros de investigación están armando redes de estudio para seguir investigando el fenómeno en varios países. El SAPPIR, por ejemplo, trabaja articuladamente con un centro en Japón. Lamentablemente, en la mayoría de países asiáticos, latinoamericanos y africanos, donde también suceden muchas migraciones internas, hasta ahora se está empezando a tomar en serio al Síndrome de Ulíses.
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