 Por Diana Mejía Yamile Romero, guardiana del Cementerio Central de Bogotá, tiene decenas de historias de humor y terror que compartió con Conexión Colombia. Mientras usted va a la oficina a teclear documentos en el computador, y a contestar una que otra llamada, Yamile Romero recorre todos los días las 7.7 hectáreas del Cementerio Central, en Bogotá, para ayudarle a alguien a buscar a su ser querido entre las 30.257 tumbas, o para exhumar algún cadáver. En los siete años que lleva como ‘todera’ en el cementerio ha acumulado decenas de historias y anécdotas que compartió con Conexión Colombia. Contrario a lo que muchos pensarían, las historias de Yamile no son sobre almas en pena o ruidos extraños. Son los vivos quienes las protagonizan. “El cementerio es el lugar más tranquilo del mundo desde que uno esté bien con ellos” dice Yamile, en referencia a los muertos. Yamile es una mujer observadora que ha hecho una maestría en sicología y antropología durante su trabajo en el Cementerio. Por ejemplo, ha aprendido a diferenciar entre las formas como las personas afrontan la muerte. Según ella, varían de acuerdo al nivel social. “Cuando el muerto es de estrato alto las personas no lloran. Cuando es de estrato medio, lloran un poco y se van, pero cuando son de estrato popular, esos sí hacen espectáculo: lloran, le dan besos y se quieren tirar al hueco con el muerto, bañan en aguardiente o le echan el humo del porro al ataúd, traen mariachis, lo traen en zorra… eso que no hacen. Incluso algunos echan bala y una vez casi le vuelan la cabeza a un operario”, cuenta. Tras su experiencia, Yamile entiende que no hay nada más duro que ver a una madre enterrando a su bebé o a un nieto sepultado a su abuelo. “El dolor de los niños es el más sincero. Ellos no hacen escándalo ni lloran a gritos”. Una vez, comenta, “enterraron a un señor de edad y el niño, frente al mausoleo, le decía a su abuelo que saliera de ahí, que estaba haciendo frío. Luego, cuando la familia se iba para la casa, el niño dijo que prefería quedarse hasta que el abuelo saliera, para que no se quedara solito”. Al que no le gusta la sopa… Antes, cuenta Yamile, no podía ver a un muerto. Incluso, cuando murió su abuela, no fue capaz de ir al entierro porque la sola idea de la muerte le aterraba. Sin embargo aceptó trabajar en el Cementerio los fines de semana porque necesitaba el trabajo. “Mi iniciación fue horrible. Un día dejé los papeles en la oficina y me tocó devolverme. Cuando abrí la puerta, vi una viejita sentada en la silla y no se imagina el susto. Ese día se había muerto y la habían puesto ahí mientras la arreglaban”, comenta riendo. “Y al salir, pasé pegada a la pared muerta del susto y, preciso, en ese momento el brazo de la señora se escurrió al piso”. Sin embargo, dice, “ahora amo lo que hago porque puedo ayudar a las personas, ya sea escuchándolas mientras se desahogan o ayudándolas a encontrar a su ser querido. Además, afirma, en el cementerio no todo está muerto. Hay vida en los árboles, las palomas y las flores. “Uno aprende a valorar más lo que tiene al lado. Si me acostumbrara a la muerte se me olvidaría lo que es vivir”. Con sus tacones hasta la tumba Trabajar en el cementerio no es aburrido ni los operarios lúgubres, como podría pensarse. “Soy el payaso del consocio que actualmente administra el cementerio porque si uno no aprende a reírse de las cosas estaría en la inmunda, y más trabajando en un cementerio”, afirma Yamile. “Una vez teníamos que exhumar el cuerpo de un señor, así que lo sacamos de la tumba y abrimos el ataúd. ‘Exhumamos el que no era’, pensamos, porque dentro había una señora de pelo largo que había sido enterrada con sus carteras y todos sus zapatos. Sin embargo, al revisar el nombre del muerto, nos dimos cuenta que, efectivamente, era el ‘hombre’ correcto”. En otra ocasión, debían exhumar el cadáver de un señor que ya había cumplido los cuatro años sepultado, pero que nadie reclamaba. “Lo sacamos y le encontramos como cien mil pesos entre las medias. Tenía dos fajos de billetes de diez mil”. Yamile aclara entre risas que los billetes encontrados eran “los de la india”, que en el momento de la exhumación ya estaban fuera de circulación. Incluso, revisando las largas listas de muertos, Yamile ha encontrado cosas curiosas: “Una vez encontré un señor que se llamaba Evo Feo Hastamorir, otro que se llamaba Teoanteculo, y hubo uno que se llamaba Trino Epaminondas Tuta, como el de Romeo y Buseta”. Además, afirma, “los lunes uno viene y esto está lleno de personas, sobre todo gays, que hacen fila en la tumba de Julio Garavito, para pedirle un deseo mientras le restriegan un billete de veinte mil en el mausoleo, o que hacen fila frente a la tumba de ‘Don Leo’ [Leo Kopp, fundador de Bavaria] porque se dice que si uno le lleva flores y le pide algo al oído se lo cumple”. Sin embargo, no todo es gracioso. En octubre el cementerio está en alerta amarilla porque es cuando los satánicos y las brujas aprovechan para hacer los entierros y brujerías. “Aunque durante todo el año uno se encuentra porquerías por todos lados: fotos de mujeres bonitas con agujas, tangas, pelos, de todo”, afirma. Cuestión de muertos Los muertos explotan 72 horas después de ser enterrados porque, por la descomposición normal, se llenan de gases. Y según Yamile, quien es primerizo y no sabe esto, se puede llevar un buen susto. “Eso pasó una vez con un celador nuevo. Por la noche, cuando le tocó hacer turno, escuchó un golpe dentro de la tumba de un muerto al que enterramos el día anterior. No hubo forma de convencerlo de que era normal. No quiso volver porque decía que el muerto se quería salir del ataúd”, cuenta. “En el cementerio no rondan fantasmas ni almas en pena, pero sí se siente la energía”, comenta. “Hay tumbas tranquilas, sobre todo las de los niños. Otras, en cambio, son demasiado frías y dan miedo. Hay dos que me asustan, y no me gusta pasar en frente de ellas así sea de día. En una de ellas, me enteré después, enterraron a un señor que mató a sus dos hijas, a su esposa y luego se suicidó. En la otra, a un señor que violó a sus dos hijastras”. Durante los siete años que ha trabajado en el cementerio nunca la han asustado. Sin embargo, alguna vez tuvo un encuentro curioso. Una tarde, recuerda, “estaba lloviendo durísimo y vi a una niña con un vestido blanco y mojada. ‘¿Qué haces descalza?, te va a dar frío’ le dije. La niña sonrió y se fue”. Yamile, preocupada, le dijo al celador que había una niña sola por las galerías pero, cuando fueron a revisar, no había nadie. Cuando el celador se fue, la niña me apareció por detrás, sonrió y desapareció detrás de un mausoleo. Nunca más la volví a ver”. Al otro día le preguntó al celador y él le dijo que era una niña a la que habían asesinado y que a veces rondaba por ahí. Al final del recorrido por el cementerio, cuando se le preguntó su nombre completo, Yamile respondió: “usted pregunta quién se está muriendo de linda aquí y todo el mundo le dice Yamile Romero”. Si quiere conocer la segunda parte de la historia del Cementerio Central, haga clic aquí. Vea las fotos del recorrido por el Cementerio Central 
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ELLA E¡SE ENCUENTRA EN LA TUMBA NUMERO 70 MURIO EN EL 2003, EL QUE ME PUEDA
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