
Marzo 13 de 2009
Diviértase con un relato sobre las experiencias de los migrantes latinoamericanos en España. Hoy, 'Las karatecas de Ávila', sobre unas niñas bolivianas y sus experiencias en un colegio español.
Las karatecas de Ávila
Por David Roll
Incluido en el libro 'Iberoamérica soy yo: relatos de migración"
Publicado por la Universidad Sergio Arboleda.
Juan Antonio hubiera querido tener un varón, pero amaba a sus tres hijas e hizo grandes esfuerzos para logar que se reunieran con él en España, dos años después de que él las dejara en Bolivia para buscar mejores ingresos en un país con moneda fuerte y pocos expertos en hacer rejas.
El problema que él no encontraba cómo solucionar era que sus hijas siempre llegaban del colegio con muestras de haber sido golpeadas y por más que él hablara con los directivos no logró que los cinco muchachos que las acosaban violentamente fueran sancionados o desistieran en sus acciones.
La suerte quiso que en la academia de artes marciales de Ávila los ladrones entraran a robar y que Juan Antonio fuera contratado para poner rejas en todas las ventanas que daban a la calle. Mientras trabajaba veía como los minúsculos alumnos de los cursos iniciales lograban mandar por el aire a sus compañeros más grandes e incluso a sus profesores.
Al terminar su trabajo decidió cobrar en especie unas mejoras que le pidieron y fue así como Ángela, Amelia y Anita, de 5, 7 y 10 años entraron en la academia con el compromiso de convertirlas en expertas del arte marcial elegido por ellas: el karate. Se cuidaron muy bien de no responder a los ataques de sus compañeros durante el primer mes del entrenamiento, aunque el saber como defenderse les daba una seguridad que de alguna forma limitaba la acción violenta de sus agresores. Pero quiso el destino también que un día los cinco hamponcitos de siempre, de edades entre 11 y 15, acorralaran a una de ellas en un descuido de los profesores y se dedicaran a darle palmadas en el rostro y la cabeza.
Amelia no se defendió en absoluto, pero Ángela la vio y llamó a Anita, quien encaró a los victimarios. Éstos, superiores en número, tamaño y osadía, descargaron sendas patadas contra la hermana mayor, despertando su ira y el terror de las otras. Paradójicamente fue la más pequeña la que primero dio con su zapato de charol en el rostro sudoroso del chico más alto, dejándolo azorado pero de pie.
Y ahí fue Troya, pues los hombres atacaron sin comedimientos y las niñas hicieron su examen final de karate en ese momento y lugar, obteniendo 5 sobre 5. Cuando Juan Antonio fue llamado a la rectoría para anunciarle que sus hijas estaban expulsadas del colegio por agredir a unos compañeros, exigió que se pusiera en una fila india por tamaño a los participantes de la refriega ante los profesores.
Fue todo un espectáculo ver a esos muchachos grandotes y llorosos decir que habían sido atacados por unas niñas que parecían muñequitas andinas de barro a punto de quebrarse. Al final nadie fue expulsado, pero las niñas no volvieron a tener dificultades de ese tipo y los agresores se volvieron objeto de mofa por sus compañeros.
La próxima semana: 'El experto'
* Todos los viernes usted encontrará en Conexión Colombia historias sobre los inmigrantes y sus vidas, publicadas en el libro 'Iberoamérica soy yo: relatos de migración' del politólogo David Roll
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