.jpg)
Sigue la serie de relatos de migración. Hoy, 'Las marquesas emigrantes', sobre dos mujeres muy diferentes que ostentan títulos nobiliarios.
Las marquesas emigrantes
Por David Roll
Incluido en el libro 'Iberoamérica soy yo, relatos de migración'
Publicado por la Universidad Sergio Arboleda
Aníbal se había divertido mucho leyendo el libro de Tomás Carrasquilla, La Marquesa de Yolombó, la historia de una propietaria minera en la colonia colombiana, convertida en marquesa por los regalos en oro que enviaba a los reyes. Pero él nunca pensó que iría a conocer a dos marquesas colombianas el día que decidió emigrar a España.
La primera de ellas era menudita, modesta, dulce; mientras que la otra era enorme, arrogante y grosera.
Un conocido de su familia, que acostumbraba viajar por todo el mundo, lo envió directamente a su agencia de viajes de cabecera, Mundiviajeros, para que le ayudaran a buscar un billete de buen precio. La dueña de la agencia, una emigrante española, no sólo le consiguió un buena oferta, sino que le permitió que pagara la última parte del precio del pasaje una vez que llegara a España y estuviera instalado y con ingresos.
El agradecimiento fue tanto que Aníbal, cuando pagó su deuda, llevó un regalo a la casa de doña Angélica en Madrid.
Cuál no sería su sorpresa cuando, al ser recibido por la hermana menor de Angélica, alcanzó a ver enmarcadas dos cartas reales, una de Alfonso XIII y otra de Juan Carlos I, dirigidas a un marqués, nada menos que el padre de doña Angélica. Para él la hija de un marqués, tan encantadora, necesariamente era una marquesa, aunque la auténtica marquesa había sido realmente la madre de doña Angélica.
Aníbal nunca pensó que tendría la suerte de conocer a una segunda marquesa colombiana, porque doña Angélica era colombiana, ya que había adquirido la nacionalidad.
Pero su vida de emigrante le dio la oportunidad de repetir la experiencia. Años después, cuando Aníbal era un emigrante instalado en Madrid y regresaba de una visita a Colombia, hizo una escala en París para pasar unos días con un viejo amigo, a quien su familia le había enviado un instrumento musical. Su amigo se iba de la ciudad en esos días y le encargó dejar el oboe en casa de “la marquesa”, cuya dirección le dictó por teléfono, sin explicarle mucho quién era la tal marquesa. Ella, a su vez, le entregaría las llaves del apartamento del amigo de Aníbal, para que éste lo esperara allí mientras regresaba del viaje. Aníbal estaba muy ilusionado de conocer a la nueva marquesa, porque tenía un dulce recuerdo de doña Angélica, pero no tuvo mucha suerte al momento de elegir las conexiones correctas del metro y de encontrar la dirección, por lo cual llegó con dos horas de retraso a la casa de la marquesa.
Lo primero que le llamó la atención fue que no se tratara de una mansión sino de un apartamento en un edificio cualquiera. Pero de todos modos llegó muy emocionado con el oboe en la mano y tocó la campanilla. Se imaginaba ver aparecer a un mayordomo tieso, que lo llevaría a una sala lujosa donde una glamorosa señora francesa lo atendería, seria pero formal. Pero quien abrió la puerta fue una señora muy entrada en carnes, mal vestida y con el rostro marcado por la ira. Cuando él esperaba que lo recibieran con un elegante avant s’ il vous plaît, lo recibió fue una voz iracunda, con un acento idéntico al de los abuelos campesinos de Aníbal:
–¡Llegaste tarde hijeputa!
–¿Marquesa?
–Claro que sí, presta a ver eso y llévate las llaves, que por culpa tuya vamos a llegar tarde a la fiesta.
–¡Ah, a la fiesta!
–Sí claro, a la fiesta del Partido Comunista.
–¿Del partido comunista… marquesa?
–No me hagas perder más tiempo, ten las llaves y presta para acá ese aparato. Chao pescao…
Y cerró la puerta sin más contemplaciones. Aníbal preguntó a su amigo cómo esa señora, que parecía más bien una vendedora de verduras de una comedia que una noble francesa, había llegado a ser marquesa, pero él se negó a responder. Le dijo que la historia de “la marquesa” ya estaba comprometida con un escritor prestigioso, lo cual era una alusión a la poca difusión de dos libros de historia colonial que Aníbal había publicado. Le dijo que se olvidara del tema y evadió toda respuesta en esos días con la disculpa de que un secreto profesional lo obligaba a no hablar del tema.
Aníbal pasó años tratando de averiguar el secreto hasta que un día una marchante de cuadros de su misma ciudad le contó su versión de los hechos. Este fue el diálogo que al parecer tuvo esa persona con la marquesa muchos años atrás:
–¿Cómo llegaste a ser marquesa?
–Pues porque me casé con el marqués.
–¿Y la marquesa de verdad?
–Se murió y antes de morir le pidió al marqués que se casara conmigo.
–¿Y es que el marqués estaba enamorado de vos?
–De mí no, pero sí de mi hijo.
–¡Ah!
–¿“Ah” qué?
–Que ya entiendo, le quería dejar la plata a tu hijo, casándose con vos para que luego el muchacho te heredara.
–Nada de eso, a mi muchacho le quedaban pocos días de vida, pero le pidió al marqués que me dejara los bienes y el marquesado.
–Y tu muchacho ¿de qué vivía antes de conocer al marqués?
–¿De qué crees?
–¿De qué murió?
–Sí, de eso.
Aníbal nunca supo si la historia coincidía con la marquesa que el conoció, pero vive contándola como si tal fuera. Cuando alguien en una reunión de emigrantes dice que vio al rey de España en algún evento académico o que le presentaron a un torero famoso o algo así, Aníbal siempre responde que eso no es nada, puesto que él conoció a dos emigrantes marquesas colombianas, una que nació hija de marqués y se fue a vivir a Colombia de incógnito, y otra que nació de origen humilde en Medellín, pero que terminó de emigrante y marquesa en París.
La próxima semana: 'Aprendices de emigrante' y 'En la fila del banco'.
*Todos los viernes usted encontrará en Conexión Colombia historias sobre los inmigrantes y sus vidas, publicadas en el libro 'Iberoamérica soy yo, relatos de migración' del politólogo David Roll.
ARTÍCULOS RELACIONADOS
- El Experto
- Las karatecas de Ávila
- Conversaciones en el locutorio
- 'Iberoamérica soy yo' y somos todos
|
|
Espacio disponible para publicidad
|