
Hoy en nuestra serie de relatos de migración, dos historias: 'En la fila del banco', y 'Aprendices de Emigrante'
Por David Roll, profesor de la Universidad Nacional
Incluidos en el libro 'Iberoamérica soy yo: relatos de migración'
Publicado por la Universidad Sergio Arboleda y la Universdad de Salamanca
En la fila del banco
Raquel no entiende por qué nadie la ha regañado por estar en la fila de un banco sin tener un solo euro en el bolsillo para depositar, ni una cuenta de ahorro de la cual retirar algo. Ya es la quinta vez que entra en el Banco Central y se sitúa en el último lugar de la más extensa lÃnea de clientes. Cuando faltan dos o tres turnos para llegar a la ventanilla, Raquel se retira discretamente de la fila, y como quien ha olvidado algo se dirige a la puerta con prisa, meneando la cabeza con disgusto.
Ya afuera, respira profundo el aire frÃo de la mañana y camina, con apariencia de cuentahabiente próspera, hacia el banco Estatal de La Plaza Mayor para hacer otra fila y entrar en calor el tiempo suficiente antes de afrontar de nuevo el invierno español.
Asà transcurre el dÃa entero, hasta que cierran los bancos a las 5 de la tarde y es necesario gastar las dos horas siguientes paseando por las calles principales de su pequeña ciudad. Raquel se entretiene observando a las señoras bien abrigadas, alimentadas hasta la saciedad, y a sus sonrojados niños, vestidas sus cabezas primorosamente con gorros rojos enfundados hasta las orejas y con bufandas azules que bailan con el viento frÃo, como si se tratara de un comercial de televisión o de un sueño de feliz reencarnación.
Por fin a las 7 Raquel se come la última fruta, de las que discretamente le dejan abandonadas en la esquina de la Iglesia de la CompañÃa las dependientas de un minimercado, con la excusa de que no están en condiciones perfectas para ser vendidas. En ese momento, ya está congelada su cara y sus manos desnudas apenas si sienten las gotas de la nectarina que resbalan del fruto, excesivamente maduro para los españoles, pero delicioso para una mujer hambrienta, cansada y con muchos recuerdos por procesar.
Es hora de volver a casa, si se puede llamar asà a una manta extendida al lado de una cocina, porque el marido de su amiga ya ha salido a trabajar. Imposible de soportar la noche en ese frÃo recinto sin calefacción. Zoraida lo sabe y por eso cada noche, cuando Raquel llega, le da algo de comer y sale a comprar lo necesario para preparar el desayuno que su marido tomará al regreso de su extensa jornada nocturna de trabajo. Son justos 15 minutos en los que Raquel se cuela en el lecho conyugal para calentar su enorme cuerpo con las mantas aún tibias de la pareja.
Cuando siente la puerta, Raquel corre hacia a su improvisada cama para no salir más hasta el dÃa siguiente, justo 15 minutos antes de la llegada del esposo de Zoraida, pues no le quiere proporcionar una excusa para desquitarse de sus rudos jefes.
Recuesta sus magulladas carnes contra el piso frÃo y duro, pero tarda en conciliar el sueño. Repasa por enésima vez en el dÃa la pelÃcula de su vida desde su infancia hasta la noche triste en la que debe dormir sola y sin ningún olor familiar a su alrededor.
A su mente vienen primero los dulces momentos con su familia, mucho antes de que en Oaxaca comenzaran a desaparecer mujeres misteriosamente. Luego la atormenta la persecución de que fue vÃctima cuando denunció lo que vio en su propio barrio y las autoridades no le ayudaron. Llegar a Costa Rica le costó un mes de huida y todo el dinero que le dieron por la venta de su casa.
Y si no hubiera sido por su patrona en San José, donde trabajó como empleada doméstica, nadie hubiera sabido de ella y de su drama. La joven abogada era apenas una empleada más en una entidad internacional, pero logró hacer visible su problema. Ella misma le recomendó viajar a Europa.
Ahora está a salvo de los bárbaros que la obligaron a salir de su hogar, pero también está lejos de su esposo y de sus dos hijos adolescentes, refugiados en casas de familiares, a la espera de poder viajar a España algún dÃa y dejar todo atrás. Raquel sabe que su situación mejorará y que es solo cuestión de tiempo y esfuerzo obtener sus papeles de asilo, encontrar trabajo y pedir una reunificación familiar. Ha visto varios casos similares, se anima con pensamientos buenos sobre los que han tenido éxito, y espanta los malos aprovechando la fatiga de su cerebro, hasta que el sueño finalmente la domina y la libera.
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Aprendices de emigrante
En Cartagena de Indias, en el caribe colombiano, Juan, Fernando y Alberto eran tres adolescentes que se aburrÃan mucho, porque no les gustaba ni bailar ni beber, las principales ocupaciones de sus coetáneos. VivÃan en barrios de clase media alta muy dados al consumo, de espaldas tanto a la histórica ciudad que habÃan heredado como a la miseria generalizada de la región y del paÃs.
Los tres amigos no pertenecÃan al grupo de intelectuales de izquierda que hacÃa referencia a este último tema cada minuto de cada dÃa, sino a los que frecuentaban la ciudad antigua, en esos tiempos descuidada y decadente, pero que ellos querÃan, como decÃa el poeta López, en su rancio desaliño, con ese cariño que uno le tiene a sus zapatos viejos.
En las viejas murallas frente al mar hacÃan jornadas de lectura, de los viejos tomos de la historia de Cartagena de Eduardo Lemaitre. Descubrieron asà las historias de bucaneros, conquistadores, negros fugados a los palenques, brujas, monjes santos y obispos pecadores, que eran su herencia cultural.
Por esa vÃa no pudieron evitar volverse obsesivos del viejo mundo, cada uno con una tendencia diferente. Mientras que a Alberto le interesaba la España literaria de Cervantes y Góngora, Juan estaba fascinado con la historia de los judÃos y musulmanes. A Fernando, en cambio, le gustaba la cultura francesa en todas sus manifestaciones.
Sus familias esperaban que con el tiempo se acabaran esas veleidades y volvieran al sentido común de la productividad y el consumo, pero ellos se prometÃan unos a otros que a la primera oportunidad viajarÃan al viejo mundo para no regresar nunca.
Fernando se matriculó en una facultad de medicina, y como su padre y sus tÃos, y pronto demostró estar hecho para aliviar cuerpos, pero seguÃa soñando con vivir en Europa. Alberto y Juan estudiaron derecho, porque era la carrera socialmente aceptada más cercana a sus intereses intelectuales. Durante los estudios universitarios siguieron reuniéndose, pero ya con sus respectivas novias, prometiéndose los seis escaparse de esa ciudad hacia Europa una vez que se graduaran.
Alberto fue el primero en terminar la universidad y, antes de ser contratado en alguna empresa o bufete, logró ser aceptado como estudiante de posgrado en una universidad española de renombre. La principal dificultad fue convencer a su abuelo de que no le comprara una oficina para que se instalara como abogado, y a su padre de que le financiara los primeros meses en una ciudad tan cara como Madrid.
Con dificultad logró ambas cosas y se fue, dejando a los otros dos con la extraña sensación de que les habÃa robado su sueño, porque ellos sà tuvieron que dedicarse a sus carreras al terminar los estudios y les parecÃa que ya nunca saldrÃan de Cartagena.
Y eso quizá hubiese pasado si Alberto no los hubiera bombardeado inmisericordemente con postales desde cada rincón de España, primero, luego de Europa y finalmente del mundo entero.
A Juan le quedaba difÃcil dejar una carrera de abogado que habÃa empezado con muy buenas perspectivas. Pero un dÃa recibió una postal de Alberto, nada menos que de su soñado Israel, cuando estaba en la fila de un caluroso juzgado. Esa misma tarde decidió que ya no querÃa ser más un abogado. El siguiente año se volvió experto en becas. Al principio pidió becas para España sin éxito, y luego intentó otros paÃses, hasta que al final le dieron una para una prestigiosa universidad estadounidense. No era su sueño europeo, pero por lo menos logró evadirse de los estrados judiciales y dedicarse a estudiar la historia del oriente próximo con entera libertad.
La huida de Fernando fue la más difÃcil, pero definitivamente la más olÃmpica. Como se habÃa especializado en medicina alternativa y ya tenÃa su propio consultorio, ni a sus padres ni a su novia les extrañó que se fuera a China dos meses para estudiar acupuntura.
Tanto a Juan como a Alberto los habÃan acompañado sus novias en sus decentes huidas, pero con Fernando eso no era posible porque la suya, una médica barranquillera más bien arribista, estaba obsesionada con ser madre rápidamente y convertirse con Fernando en la pareja de médicos más prestigiosa del caribe colombiano.
Cuál no serÃa su ira cuando Fernando hizo una escala técnica en ParÃs al regreso, que se fue prolongando de manera sospechosa. Los primeros dÃas dijo que estaba haciendo un curso complementario, pero al mes le pidió a sus padres que vendieran el automóvil y le enviaran el dinero porque necesitaba quedarse unos meses más.
Luego se hizo evidente que no pensaba regresar y aunque su novia rabió y lo desprestigió con calumnias por toda la costa, a Fernando le dio igual y se fue a vivir con una editora más cercana a sus intereses literarios. Cuando se gastó todo el dinero que le dio su ex socio por el consultorio, tuvo que tocar música en fiestas privadas y bares, y emplearse en hospitales psiquiátricos como enfermero nocturno en los pabellones de alto riesgo.
En sÃntesis, la escala técnica ha durado ya dieciocho años y Fernando es un prestigioso psiquiatra que ha hecho de Francia su paÃs para siempre. Nadie en el hospital entiende por qué sus pacientes tienen más progresos que los de los demás médicos, pero todo parece indicar que combina sus conocimientos psiquiátricos con sus viejas habilidades de médico bioenergético.
Juan soportó varios años viviendo en la cultura norteamericana, que no le atraÃa en lo más mÃnimo, mientras terminaba su doctorado. Cuando lo finalizó, decidió irse a vivir a Oriente Próximo, donde es profesor universitario desde hace más de cinco años. Ahora viaja por todos los paÃses de oriente a la menor oportunidad, enviando postales a Alberto, quien regresó a Cartagena al terminar sus estudios, pero no para dedicarse al derecho sino a la enseñanza y la escritura.
De alguna forma los tres dejaron de ser los eternos migrantes que se habÃan propuesto cuando jóvenes, pues viven en un solo lugar todo el año, se casaron y adquirieron empleos fijos, lo cual estaba prohibido en el pacto que habÃan hecho de muchachos.
Pero cuando se reúnen en algún lugar exótico del mundo, como Estambul, Omán o Camboya, se perdonan el incumplimiento del pacto porque por lo menos escribieron ellos mismos el guión de sus vidas y no se resignaron a seguir el que les tenÃan marcado.
Ya se acercan al medio siglo, pero se alegran de haber podido invertir gran parte de sus vidas en estudiar lo que les gustaba y en conocer el mundo que les obsesionaba por culpa de sus lecturas de adolescencia, en lugar de acumular riquezas o de construir prestigios sociales sin algún objetivo especÃfico.
Esas opciones, sin embargo, tienen a veces dificultades singulares que les generan algunas dudas. Para esos momentos, cada uno tiene en su escritorio una foto que se tomaron en las murallas de Cartagena cuando eran adolescentes, donde aparecen con un mapamundi que los acompañaba en sus tertulias.
Al fondo se ve el mar Atlántico, que simbolizaba la infranqueable barrera para acceder a ese mundo deseado y lejano, que los hacÃa sentir prisioneros en la ciudad amurallada, cuando eran simplemente unos aprendices de emigrante. |
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