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Diviértase con más relatos de migración como lectura para la Semana Santa.
Por David Roll, profesor de la Universidad Nacional
Incluidos en el libro 'Iberoamérica soy yo: relatos de migración'
Publicado por la Universidad Sergio Arboleda y la Universdad de Salamanca
El Papá Noel
Nelly es hija de una pareja de emigrantes chinos que lograron llegar a Panamá como punto de partida para Estados Unidos., pero nunca dieron el paso final porque encontraron un negocio del cual vivir en ese país.
Abrieron una tienda de comestibles en una calle donde sólo hay viviendas y casi nunca cierran. Habían aguantado hambre física en su país, y les hacía mucha ilusión vender comida; su gran placer era, sobre todo, ver comer a su hija pequeña.
Nelly era una gordita preciosa cuando niña y luego una adolescente robusta y sonriente, pero cuando llegó a la juventud se convirtió sencillamente en una mujer obesa. A pesar de ello y con sus 140 kilos, logró conseguir un pasaje a Madrid cuando sus padres murieron y sus hermanos se apoderaron del negocio. Se convirtió en una emigrante irregular y desempleada, pues su peso y volumen le impedían desempeñar muchos oficios, en especial aquellos que requieren cierta dosis de coquetería.
Algunos de la comunidad china le ayudaron, pero en general le tocó sufrir la discriminación, por ser extranjera, por ser gorda, y por ser pobre. Ella además era mujer, china y latinoamericana.
Ella se burlaba de su situación con sus pocos amigos, diciendo que sólo le faltaba ser negra, judía y gay, pero casi nadie se reía de sus chistes, para que ella no pensara que se burlaban de ella.
El principal problema era que como a pesar del hambre seguía siendo enorme (porque seguramente su problema es hormonal también), nadie le creía que en verdad no tuviera con qué comprar comida. Y así, cuando la caridad de sus amigos se agotó y el invierno ya había llegado con toda su fuerza, la pobre Nelly, a pesar de toda su grasa, sentía que sus huesos se congelaban cada vez que tenía que salir a la calle. Una tarde no resistió la tentación de entrar en una lavandería y preguntar s había algún abrigo abandonado que le pudieran dar. Le dijeron que no, como suele suceder, pero al insistir le regalaron un enorme abrigo cuyo rojo intenso seguramente hizo desistir a su dueña de volver por él algún día.
Ya armada con su escafandra granate y un par de botas que compró en el mercado del Rastro, Nelly se dedicó a recorrer la ciudad todos los días, tanto para no estorbar mucho donde le daban albergue, como para entretenerse y ver si le salía algún trabajo antes de que terminara diciembre.
Fue una de las muchas que salió la mañana en la que nevó en Madrid después de 30 navidades otoñales.
Luego de tirarse copos con las amigas, se sentó rendida en una banca con su abrigo enorme y un gorrito del mismo color, comprado esa mañana en la puerta del medro, adorno un tanto funambulesco, pero muy calentador.
Estando en esa posición, con el ridículo bonete salpicado de nieve y su panza creciendo y decreciendo para recuperar el aliento, escuchó el primer ruido extraño, una especie de tintineo seco que no pudo identificar hasta que miró la bufanda que se había quitado por el sofoco, llena de monedas de varias denominaciones.
Aún sin la barba, Nelly se había convertido en el Papá Noel que hacía falta en ese escenario, en un país donde el símbolo ya se conocía y apreciaba pero no se había degradado como en las grandes ciudades norteamericanas.
Sin hacer más esfuerzo que esperar y no moverse, esa sola mañana recogió suficiente para vivir una semana. Al día siguiente, aún si nieve, y como era domingo, decidió probar suerte. Se compró la barba postiza en la tienda de bromas y se cuadró en una silla plegable en una esquina poco concurrida del parque El Retiro, por supuesto con la bufanda extendida a un lado como amuleto de buena suerte.
Y la tuvo. No sólo vivió de esos ingresos tres meses más, hasta la primavera, sino que a través de ese oficio conoció a quienes la emplearon como niñera.
La dieta mediterránea no contribuyó a estilizar su figura, porque Nelly nunca dejó de complementarla con su dieta andina, abundante en carbohidratos y azúcares.
Ya pesa más de 150 kilos y no le cabe el viejo abrigo, pero su patrona la tiene inscrita en una lista de pacientes con derecho a operación por obesidad patológica.
Sus amigas le dicen que cuando se opere ya no podrá disfrazarse como Papá Noel, pero ella, con esa sonrisa enorme y franca de quienes sufren por tener exceso de carnes, contesta que de todos modos la próxima navidad piensa ir al parque vestida de Charles Chapulín.
Nostalgias Conyugales
Dos años después de haber llegado a España, Ofir y Constanza se consuelan mutuamente de sus nostalgias. Ambas están sin marido. El de Constanza se fue a vivir con una señora española que era la esposa de su jefe, y el de Ofir sigue en Colombia a la espera de la residencia por reagrupación familiar. Hablan de muchas cosas, pero sobre todo de hombres.
Ofir, como es natural, ha idealizado a su marido ausente y se explaya con Constanza en detalles íntimos sobre su virilidad y su capacidad de hacer feliz sexualmente a una mujer.
Constanza escucha atentamente y apenas hace algún comentario sobre los hombres de su vida.
Ofir adivina que su amiga no ha experimentado el éxtasis del amor carnal en sus relaciones y por un cierto deseo de venganza se explaya en la descripción de las sensaciones de placer que vivió desde que se casó embarazada, a los 17 años, hasta que aceptó irse a España.
Ofir no es rencorosa, pero cuenta esas historias tanto por placer como por venganza. Le cuesta olvidar el día en que, recién llegada y siendo huésped de Constanza, su marido de entonces se la echó con mañas maneras. Ella tenía una pesadilla en la que los sicarios del barrio que la habían hecho exiliarse le daban puntapiés por no pagar las extorsiones para continuar con su negocio de telares, y cuando despertó vio que en efecto su anfitrión la estaba empujando bruscamente con la punta del pie. Ella dormía en el piso y el hombre borracho, que al principio tropezó con ella, continuó empujándola sólo por diversión.
Todo fueron gritos y malas palabras en los siguientes minutos, pero cuando llegaron a las manos el hombre salió perdiendo en el combate y Ofir debió ir esa noche a dormir en la estación de buses.
Constanza no dijo ni una palabra para defenderla y al día siguiente le comunicó la decisión implacable de su marido: no la quería más en la casa.
Desconsolada, Ofir se fue al locutorio telefónico, donde suelen ir los emigrantes a encontrarse con sus paisanos y pasar unos minutos como en sus propios países, bebiendo y comiendo productos traídos para ese efecto.
Entre llamada y llamada hablan entre sí, consultan sus correos y se desahogan de sus penas relatándoselas a los demás. Por dos noches Ofir encontró quién la recibiera a dormir, y ya para la tercera se fue a vivir con una anciana a quien debía cuidar por poco dinero, sin pagar alquiler ni comida
Ofir siguió hablando con Constanza por teléfono, y hasta comieron un par de veces juntas en el restaurante chino cercano a la universidad, al alcance de sus presupuestos.
Cuando los familiares de la anciana regresaron de un viaje, le pidieron a Ofir que fuera sólo de día, pero le aumentaron el pago. Así pudo alquilar un piso destartalado y barato, que luego arregló y donde recibió a su hija primero, y luego al hijo menor, ambos adolescentes.
La generosidad de Ofir fue superior al rencor, y cuando a Constanza la dejó su marido y se quedó sin trabajo, todos en su casa se incomodaron para que ella pudiera dormir en un sofá.
Así pasaron cuatro meses hasta que llegó el marido de Ofir.
Constanza, de tanto oir hablar de él, sentía que ya lo conocía, pero cuando finalmente lo vio se dio cuenta de que efectivamente Ofir lo había idealizado. Era un pobre hombre derrotado por la vida, que no parecía tener energías para darle felicidad a nadie, mucho menos en el campo amoroso al que tanto hacía referencia Ofir.
Infortunadamente para su anfitriona, Constanza decidió de todos modos comprobar por sí misma la teoría y aprovechó su estancia permanente en la casa para seducir a Roberto, quien también estaba desocupado la mayor parte del tiempo, pues sólo le salían trabajos pequeños con un sacerdote del barrio obrero en el que vivían.
Roberto era como un manso cabrito en la vida cotidiana, pero Constanza descubrió cómo se transformaba en un toro semental en los momentos de intimidad, como se lo había descrito Ofir tantas veces.
Ofir hoy está sola y nunca se perdona haber promocionado a su marido de forma tan ingenua. Ella y su hija ganan buen dinero con las ancianitas, porque la joven las trata como a su abuelita del pueblo, y las pobres mujeres, echadas a un lado por los familiares, lloran de felicidad cuando Astrid les hace trenzas con el mayor cariño o juega con ellas como si fueran niñas. Al escondido de sus nueras, sobre todo, las agradecidas señoras colman de regalos a Astrid, así que entre ambas sostienen al hermano menos y ahorran algo para las vacas flacas del futuro. Pero tanto Astrid como su hermano Ernesto ya tienen pareja estable y pasan a veces los fines de semana fuera de la ciudad.
Ofir no tiene otra opción que ir al locutorio con la esperanza de encontrar a alguien capaz de escuchar su historia, sin regañarla por su estupidez frente a Constanza, pero sin compadecerla demasiado. Cuando la conocí en uno de esos lugares, escuché su historia y le pregunté si me autorizaba a escribirla.
Su rostro se iluminó, pero luego me dijo que por lo menos cambiara los nombres y algunos detallitos clave: "Tampoco quiero que la gente ande diciendo que ahí va la que se dejó quitar el marido por pendeja".
Los católicos en Salamanca
Los cinco jóvenes becarios provenían de varios rincones de América Latina y tenían en común muchas cosas, pero una de ellas era su catolicismo sereno, sin fanfarronerías, aunque tampoco vergonzante.
Estudiaban la misma maestría, y no les costó mucho darse cuenta de que, a pesar de la profusión de iglesias en Salamanca, el catolicismo era visto por los intelectuales en general como un mal del pasado que se resiste a terminar de desaparecer; algo que se tolera con una combinación de desprecio y liberal caballerosidad, no exenta de mofa y cinismo
Se limitaron entonces a evadir el tema en público, a participar en la misa los domingos y a ser en lo demás unos estudiantes más de la ciudad universitaria que asisten a clase y van a lugares públicos a pasarlo bien con sus amigos.
Desde el principio se sintieron extraños en esas iglesias antiguas y semivacías, habitadas por unos feligreses ancianos y poco entusiastas con el servicio un tanto rutinario de los curas, también de aspecto cansado.
El argentino recuerda con nostalgia las misas solemnes de su universidad pontificia, en la iglesia de la Compañía de Jesús, repleta de jóvenes de todas las edades, entregados al culto con auténtica convicción, sin que ello significara un conflicto con la modernidad en la que estaban inmersos.
La brasileña reza en portugués porque no le resultan suficientemente musicales las oraciones, que está acostumbrada a oír acompañadas de guitarras eléctricas e instrumentos africanos en las misas de los barrios y los estadios de Río de Janeiro.
La mexicana es la más discreta en sus opiniones por que sabe que la fe sobrevive más en el ostracismo que en la oficialidad.
Los dos venezolanos no se ponen de acuerdo, porque el uno es católico romano y el otro tiene una mezcla de patriotismo católico propia de su Maracaibo natal.
Pero todos van a misa juntos, y los acompaña la colombiana que lo hace por haberle prometido a la abuela que venera, y hasta la alumna china, que anda fascinada con el catolicismo aunque no está bautizada y todos saben que para ella todo el ritual es sólo un exotismo más de su experiencia occidental.
Casi siempre se sientan juntos en las últimas bancas en una esquina, porque saben que llamarían demasiado la atención en medio de esas viejitas tiesas y maquilladas, con sus abrigos de animalitos del bosque y esos señores mayores, vestidos de gris y negro, que a ellos les parece los miran con desconfianza, aunque no están seguros.
Están acostumbrados a iglesias llenas de jóvenes y niños, a una luminosidad distinta y sobre todo al cálido encuentro de los feligreses al terminar el culto.
Pero saben adaptarse, porque saben que ese no es el único sacrificio que han hecho para continuar con sus estudios. Por eso se entusiasman cuando el sacerdote en su tono cansino y regañón anuncia al final de la misa que los feligreses están invitados a la celebración del rosario a partir de esa misma tarde.
Conversan entre sí y se acercan al padre con cierta precaución, cuando ya el templo está casi vacío para preguntar cómo sumarse al grupo
Ellos en sus países han pertenecido a grupos de catecismo, a coros infantiles, han sido monaguillos, han repartido mercados para los pobres, han sido apóstoles en las obras de Semana Santa... en fin, están acostumbrados a tener una relación con la iglesia más allá de asistir de manera fría y rutinaria al culto dominical.
Pero el padre no está preparado para que lo aborden cinco jóvenes que supuestamente quieren rezar el rosario. Desde que el franquismo pasó, lleva ya varias décadas excusándose por cosas que no hizo y ve como un ataque cualquier cosa que le proponga alguien menor de cincuenta años.
Está seguro de que, como dicen en España, se están quedando con él, o sea, se están burlando. Piensa que seguramente los estarán esperando afuera una docena de chicuelos irrespetuosos para reírse a sus anchas con la broma jugada al viejo y derrotado padre.
Ante la mirada estupefacta de los jóvenes católicos latinoamericanos, que están en semicírculo esperando su respuesta, el sacerdote se limita a darles la espalda diciendo en voz alta: "hala, a consultar la página Web y marchando que voy a cerrar"
Espere la próxima semana más relatos de migración.
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