
Como todos los viernes, nuestra serie de relatos de migración lo conmoverá y lo divertirá.
Por David Roll, profesor de la Universidad Nacional
Incluidos en el libro 'Iberoamérica soy yo: relatos de migración'
Publicado por la Universidad Sergio Arboleda y la Universdad de Salamanca
La espalda torcida
Ella estaba bien lejos de pensar que algún día andaría por esas tierras tan duras y tan diferentes a su Valle del Cauca, con su infinita sabana verde, y ese olor a caña de azúcar con el que creció antes de que la familia se trasladara a la capital del departamento.
Otros se habían ido, pero eran muy ambiciosos o tenían problemas. Fue Julieta, su hermana, la que la que la sonsacó, sin saberlo quizá. Llegaba de España cada diciembre con su tarjeta de crédito dorada y los invitaba a todos a comer a uno de los mejores restaurantes de Cali. Luego se reía de la cuenta cuando se la entregaban y decía: “eso me lo gané un sábado, yo chateando en el computador con ustedes y la viejita durmiendo”.
La hermana de Julieta lleva ya cinco años en Barcelona. Trabaja solo seis horas al día y casi ningún domingo. No le dio para comprar apartamento en Colombia, como Julieta hizo, pero sí para viajar casi todas la navidades a su país. Eso sí, vive al día, porque todo es carísimo en esa turística ciudad, y si ganas oro y compras en oro pues nada te queda. Lo que todos dicen al poco tiempo de llegar a los que no se han ido todavía es que para capitalizar se debe trabajar mucho o ahorrar mucho, porque en Europa la plata no crece en los árboles. De otra forma solo vives y ya, como le pasa a la hermana de Julieta.
¿Que por qué se quedó la hermana de Julieta? La mayoría se queda porque tienen a los hijos y a la mamá viviendo por cuenta de ellos allá, o porque se los traen a todos y consiguen colegio gratis para los niños y subsidios para los viejitos.
Ella antes estaba arrimada donde su hermano, en una casita bonita en un barrio semipopular. No tenía trabajo fijo, aunque algo ganaba por los trabajitos ocasionales que le salían, limpiando casas y oficinas luego de alguna fiesta.
Su sobrino, que era un DJ, le hacía los contactos, pero no era mucho lo que juntaba a final de mes, salvo en las navidades.
En Cataluña en cambio le pagan 10 veces más y con menos esfuerzo. Una amiga suya, ex fiscal, gana menos cuidando niños en España de lo que le daban acusando a criminales en Colombia, pero no es la historia de la hermana de Julieta. Tampoco le sobra, pero por lo menos ya no depende de nadie. Entonces ¿por qué se queja? Le han preguntado algunas veces sus familiares y ella contesta, con ese tono bajo y tenso que se escucha en los locutorios a veces cuando el emigrante está en crisis:
–“¡Yo que sé! El caso es que no más al llegar a España cada año se apodera de mí una tristeza rara, y no me abandona. Dios me perdone. Yo no tendré hijos pero me gustaba ver a los niños en el barrio por todas partes y a todas horas, como hormiguitas que no se cansan nunca. Allá o allí, ya ni sé como se dice, siempre hay un murmullo infantil que viene de las escuelas o de cada esquina. Aquí voy a un parque y los columpios son divinos, y hasta le ponen una alfombrita por si los niños se caen para que no se lastimen. Pero ¿cuáles niños? Espantan en esos parques. Y a mí, que no me gustaba ir a bailes casi, no se imaginan cómo me hacen falta esas fiesticas de los vecinos, con la puerta abierta, el parlante afuera, y todos bailando salsa con una cerveza fría en la mano y una sonrisa entera, de esas que por aquí no se ven.
De Julieta se sabe que ya no puede moverse casi, y que a veces su hermana debe ayudarla con los gastos. Al parecer, durante años trabajó catorce horas diarias cuidando personas mayores, siete veces a la semana. Y nada de chatear mientras los ancianos duermen; eso le pasó una vez no más, pero de tanto contarlo se lo terminó creyendo ella misma. A los ancianitos hay que cargarlos mucho para el baño y para cambiarles las sábanas y mil cosas más. Es una estupidez trabajar tantas horas en un oficio como ese sin descansar lo necesario.
Si no se hace ejercicio, además, se corre el riesgo de acabar con la espalda doblada, y eso fue lo que le pasó. Pero a ella no le importa, o por lo menos eso dice, pues en dos años le darán su pensión por incapacidad y volverá a su barrio para vivir en casa propia sus últimos años. La hermana de Julieta también quiere irse a morir a Colombia, pero no ve cómo.
Gracias al fútbol
Es probable que en esa época fuera el único estudiante latinoamericano en Madrid que nunca había pisado el estadio de fútbol Santiago Bernabeu. Pero no importa, gracias a esa fobia logró vivir en España el tiempo suficiente para acabar sus estudios.
Todo empezó en la frontera entre Envigado y Medellín, la quebradita del Ayurá que atraviesa el colegio de los monjes benedictinos en el cual estudió el bachillerato. Hace como 50 años un par de monjes vinieron desde el monasterio de Montserrat en Cataluña y fueron tan bien atendidos por la alta sociedad de entonces que aceptaron quedarse y fundar un colegio de varones.
En esa quebrada lo sorprendió uno de los monjes más estrictos, un navarro que era el prefecto de bachillerato, cometiendo una falta leve contra el reglamento: leer durante el recreo, en lugar de dedicarse al sano deporte del fútbol. No pudo evitar la sanción disciplinaria, acompañada de un largo discurso sobre cómo las cosas buenas en exceso pueden ser malas.
Más grave fue la sanción cuando subió sin permiso a la biblioteca de los monjes, y solo se salvó de la expulsión porque en ese momento estaba hojeando por casualidad la Regla de San Benito. En esa ocasión el prefecto le dijo que dos alumnos de él, uno en Colombia y otro en España, tenían ese mismo problema de obsesión por la lectura. Años más tarde, cuando se hicieron amigos, le preguntó por esos dos lectores enfermizos y supo que el colombiano en ese momento era director de la Biblioteca Nacional y que el español trabajaba en la Editorial Planeta.
Este sacerdote hablaba de su España natal con tanta profusión de detalles que lo hizo desear vivir en ese país algún día, y cuando mucho tiempo después pudo lograrlo, era el mismo ex prefecto quien le mostraba las calles de sus antiguos relatos en sus visitas a Madrid.
Un día, el viejo profesor le pidió el favor de darle un saludo a un ex alumno español que quería verlo y por los datos que le dio se dio cuenta de que se trataba del otro lector obsesivo del cual le había hablado. El estudiante, ahora cursando un programa de doctorado, olvidó el recado por completo y sólo dos años después lo recordó cuando visitó el pueblo de Rascafría, donde el monje había dado clases de matemáticas por la tarde a los jóvenes sin recursos, las cuales aprendía por la mañana en Madrid, gracias a una motocicleta donada por un rico comerciante de la zona.
Allí pidió los datos del viejo alumno del padre español, pero como no tenían teléfono fue directo a la dirección que le dieron. Él pensó que sería la editorial donde recordaba que trabajaba, pero era una enorme empresa de venta de discos y el dueño resultó ser nada menos que el otrora pobre muchacho de Rascafría.
La amistad surgió por supuesto en torno al gusto por los libros y así las tertulias se volvieron periódicas. Cuando finalmente aprobó todas las asignaturas y ya debía regresar a Colombia para elaborar la tesis doctoral fue a despedirse del empresario, para regalarle como acostumbraba algún libro de autores colombianos. Grande fue su sorpresa cuando vio que el empresario estaba molesto con él por no haberle comunicado con tiempo sus planes de viaje, incluso le pidió que hicieran la tertulia el lunes siguiente porque estaba muy ocupado.
La verdad es que el estudiante debía regresar porque todas sus fuentes de ingresos se habían ido agotando con el tiempo. Primero el dinero propio y familiar, luego la beca que obtuvo, y finalmente el trabajo de abogado que intentó hacer no resultaba tan rentable. Pero no le dijo a su amigo que era una cuestión de dinero, aunque él pareció adivinarlo.
El lunes siguiente lo recibió serio nuevamente y lo condujo a una oficina donde le dijo que trabajaría en adelante en los horarios compatibles con los estudios. Sin horarios fijos y con un salario que era el doble de la beca no solo pudo terminar la tesis, sino además terminar de conocer muy bien a España e incluso viajar a otros países, antes de regresar a Colombia. Y todo gracias a que no le gustaba el fútbol.
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