|
|
|
Billetes y Bodas: relatos de migración |

Hoy en nuestros relatos de migración, dos historias de migrantes que encontraron finales felices a pesar de sus circunstancias.
Abril 24 de 2009
Por David Roll, profesor de la Universidad Nacional
Incluidos en el libro 'Iberoamérica soy yo: relatos de migración'
Publicado por la Universidad Sergio Arboleda y la Universdad de Salamanca
Contando billetes
Fredy creció en la casa de un juez muy respetable pero con un salario apenas suficiente para sostener a sus 11 hijos.
Eso no importó mucho a sus hermanos, pues los padres los educaron con poca afición por el consumo o los lujos. De una manera u otra todos fueron alimentados, vestidos y educados sin que casi ninguno se descarriara. Incluso cuando una parte de la sociedad se vio corrompida por el narcotráfico, los Morales siguieron viviendo como si en Medellín las cosas no hubieran cambiado.
Pero Fredy fue la excepción. Mientras que sus hermanos recordarán su temprana adolescencia ocupada en jugar fútbol o dar serenatas, el hermanito menor se pasó casi todo su tiempo libre contando billetes. Lo peor es que no eran suyos sino de los padres de sus amigos de infancia que se habían dedicado al narcotráfico.
Por esa época y en ese barrio sus amigos se divertían como otros muchachos en los llamados juegos de mesa: bingo, monopolio, cartas, etc., pero con una pequeña diferencia: los billetes eran verdaderos y todos de 100 dólares.
Años después le contaría a su vecino de celda entre risa y llanto cómo en el juego de moda de la época, Turista Disneylandia, las propiedades no costaban 3.000 pesos sino 10 mil dólares y las casas y castillos otro tanto, de modo que quien ganaba el juego podía llevarse hasta 50 mil dólares.
Los perdedores se reían, porque sus padres eran más rápidos en producir y producir billetes verdes con el contrabando de coca que sus alocados retoños en gastarlos. Pero ese no era el caso de Fredy, cuyo padre jamás tuvo la más mínima tentación de dedicarse a otra cosa que a impartir justicia en un país que tanto lo necesitaba.
Fredy era el banquero de aquellos juegos y recibía a veces alguna migaja, que tampoco podía gastar por no llamar la atención de su padre. Al cumplir los 18 años no le quedó difícil ponerse en contacto con una cadena de exportación de drogas y se trasladó a Estados Unidos para dedicarse a cuidar los cargamentos o caletas, mientras otros las llevaban desde Suramérica o las distribuían por el país. Pasó 7 años en una celda solo, vigilado como un preso peligroso, luego de que allanaran la bodega que él cuidaba.
Cuando regresó finalmente a su país se reunió con sus compañeros del colegio en una fiesta conmemorativa en la que cada uno contaba qué había hecho en esos años. La mayoría había estudiado una carrera o puesto en marcha un negocio, casi todos estaban casados y tenían uno o dos hijos, y con excepción de un alcohólico que murió de cirrosis, la vida de los demás había sido sin grandes dificultades y más bien la sumatoria de pequeños esfuerzos.
En cambio, los muchachos ricos del barrio habían caído presos unos y los otros habían muerto o quedado paralíticos por venganzas entre narcos o accidentes en motos a pesar de haber vivido esos cortos años en un desenfreno de gastos que Fredy todavía envidiaba.
Él intentó comenzar una carrera pero desistió al poco tiempo y finalmente decidió emigrar nuevamente, a España esta vez, para empezar una nueva vida. Su principal ocupación es recibir el dinero que los emigrantes ahorran y enviarlo a través de giros electrónicos a sus familiares. Es un negocio legal, pero debido a su pasado no ha faltado quien crea que el sigue en malos pasos. A él poco le importan estos comentarios, porque aunque trabaja larguísimas jornadas, y había soñado con no trabajar nada en absoluto, por lo menos está haciendo lo que más le ha gustado siempre desde que era un muchacho: contar billetes.
La boda
Toña nació y creció en Cusco. A pesar de que era de una familia numerosa, ella soñó siempre una boda con vestido en regla y alegre fiesta.
Pero su papá quiso que primero se casaran su hermanas mayores; así los años pasaron y con ellos la belleza efímera de la juventud. Para más perjuicio, Toña engordó por las preocupaciones, y los trasnochos de la vida nocturna de camarera le ajaron la piel de la cara y le encanecieron prematuramente su pelo castaño. Lo último que hubieran imaginado los clientes del bar era que ella algún día podría vivir del más antiguo de los oficios.
Pero las circunstancias se dieron cuando decidió irse a vivir a España, invitada por una amiga del colegio que se la habían llevado sus padres desde pequeña. Toña vivió dos meses donde la amiga y luego tuvo que buscar su espacio propio. Sí tuvo trabajos, pero en general eran pesados o esporádicos.
Ella se sentía vieja, fea y cansada, y de hecho se sintió más bien halagada que ofendida cuando le hicieron el primer ofrecimiento de intercambiar su cuerpo por dinero. Pronto asumió el papel como si siempre se hubiera dedicado a eso.
Los clientes eran casi todos camioneros cansados y poco exigentes, a quienes al parecer además les atraía ese aire derrotado de Toña, por lo que sin irle tan bien como a las más jóvenes siempre tuvo lo suyo. En el pueblo cercano no les permitían vivir y en general el trato era rudo cuando iban a comprar algo, lo cual era en cierta forma entendible porque los parroquianos de allí eran la única clientela fija del night club de la vecina carretera.
Por eso cuando Toña quedó embarazada del único cliente a quien no le exigía preservativo por su edad y por confianza, el vendedor de loterías del pueblo, hubo una resistencia generalizada contra el futuro padre cuando éste decidió “sacar de la vida” a Toña y llevársela a vivir con él.
Ese mal ambiente en un sitio tan pequeño, además de la avanzada edad de los padres, dio lugar a un mal embarazo y al internamiento de Toña en la clínica del pueblo por amenazas de aborto en varias oportunidades. Cuando por fin parecía que el nacimiento era un hecho, el director del hospital, seguramente presionado por los habitantes del pueblo, les anunció que al no estar casados ellos, los gastos médicos de ella, aunque no los del niño, en adelante debían ser pagados privadamente.
Fue así como Toña finalmente cumplió su sueño, aunque no como se lo había imaginado a los 12 años. Vestida con su camisola de dormir bastante transparente y ancha, arrastrando con dificultad unas pantuflas dejadas por alguna ex paciente, quizá difunta, atravesó el largo pasillo que comunicaba su habitación con la capilla del hospital, de la mano de una enfermera eficiente pero seria y distante, para ser entregada a su esposo, en una ceremonia con pocos testigos y un tanto apresurada, pues el bebé en cualquier momento podía nacer, ya que habían empezado las contracciones.
Y en efecto, no fue sino el padre darles la bendición en un santiamén y firmar ellos los papeles correspondientes para que un ciudadano iberoamericano decidiera entrar en escena en este mundo.
ARTÍCULOS RELACIONADOS
- 'La espalda torcida' y 'Gracias al fútbol'
- Relatos de migración en Semana Santa: 'El Papá Noel', 'Nostalgias conyugales' y 'Los católicos en Salamanca'
- El Experto
- Las karatecas de Ávila
- Conversaciones en el locutorio
- 'Iberoamérica soy yo' y somos todos
|
|
Espacio libre para publicidad

Precione (Ctrl+D) para Agregar esta Pagina!Tienes que hacer esto manualmente!          Por Favor Complete el Siguiente Formulario |  |
|