Catalan English French Galician Italian

Relatos de migración: castas, ex esposas y militantes



Adelantamos nuestros relatos de migración de los viernes, porque Conexión Colombia se unirá a la celebración mundial del trabajo.

Abril 30 de 2009

Por David Roll, profesor de la Universidad Nacional
Incluidos en el libro 'Iberoamérica soy yo: relatos de migración'
Publicado por la Universidad Sergio Arboleda y la Universdad de Salamanca



Cuando el problema te persigue

Ahumandy ascendió la escala social de su país con gran dificultad. Nació en una familia de clase media de Jaipur, pero por ser de la casta de los Sudras, los pies de Brahma, le costó mucho llegar a ser el profesor universitario que había soñado desde muchacho.

A los dos años de haber ganado el concurso que le permitiría vivir sin preocupaciones mayores el resto de su vida enseñando inglés, renunció. No soportó los debates entre los miembros de su departamento, pues los que eran musulmanes se sentían perseguidos por los hindúes y éstos pensaban que aquellos conspiraban contra ellos. Unos lo consideraban muy conciliador y otros, sospechosamente amigo de los contrarios, así que optó por aceptar un empleo en África occidental mejor pagado, pero en condiciones más difíciles.

Allí estuvo solo otros dos años porque los de la tribu del norte del país, que dominaban la rectoría, lo consideraron aliado de la tribu del sur, que dominaban el país, que eran quienes lo habían contratado. Por supuesto cada grupo hablaba una lengua diferente. Ahumandy ya hablaba hindú, urdu, árabe, inglés y francés, pero se preocupó por aprender las dos lenguas locales, aunque eso no lo protegió de los ataques. Aprovechando sus muchas capacidades logró ganar un concurso para estudiar un posdoctorado en Canadá, donde esperaba hacer carrera como profesor de lenguas africanas y asiáticas. Pero allí pronto se vio envuelto en las discusiones entre los francófonos y los anglófonos y con la excusa de que no aguantaba el frío se fue a vivir a Europa.

Consiguió entonces un empleo en España y aprendió así su octava y novena lengua (catalán) y en poco tiempo ya estaba dictando cursos en una universidad de prestigio y con posibilidades de hacer carrera académica. Pero rápidamente se dio cuenta de que el departamento de lenguas estaba dividido en cuatro grupos: lo catalanes, los hispanohablantes, los partidarios del PP y los partidarios del PSOE. A los extranjeros no los consideraban todos los demás y tampoco quisieron aliarse entre ellos. Decidió entonces irse a Venezuela, donde ganó un concurso por su gran trayectoria internacional y sus muchas lenguas. Pero rápidamente se vio envuelto en el debate entre los marxistas bolivaristas, los marxistas no bolivaristas y los no marxistas, y bien pronto se cansó de las eternas discusiones y de las mutuas acusaciones.

Se dio cuenta de que, como en los demás sitios en los que había trabajado, en Caracas las reuniones de profesores eran un 80% de chistes flojos contra los contrarios y un 20% trabajo académico.

Cuando estaba más cansado de todo eso, le ofrecieron una beca a Islandia, donde le dijeron que hay consensos muy claros en toda la sociedad y pocas discusiones en el mundo universitario. Pero ya estaba cansado y tenía más de cuarenta años, lo que lo desanimó a volver a empezar. Se ha declarado un no marxista chavista y pelea así con todos de modo que nadie lo identifique con un grupo en particular.


Extranjera nunca

El amor no pregunta por preferencias políticas ni sociales, y lo que es peor, no se detiene ante obstáculos tan difíciles como las diferentes formas de ver la vida por parte de los enamorados. Para Miguel, Ester, la joven española que compartía con él el manejo de un pequeño hostal en una zona turística del mediterráneo catalán, era prácticamente un hombre: hablaba con voz ronca, nunca había tenido el cabello largo, sus ademanes eran bruscos y chillaba como un capataz de mina cuando no le gustaba algo, cosa que sucedía con frecuencia.

Pero Miguel se enamoró de ella cuando tuvieron intimidad por primera vez, si pude llamarse así a esa gritería interminable, acompañada de puños, palmadas y mordiscos, que era su vida sexual. Y como si fuera poco, entre encuentro y encuentro, los insultos no cesaban y hasta patadas se veían, contra muebles, pero también contra las posaderas del emigrante nicaragüense. Nadie se explica cómo tuvieron tres hijos ni cómo lograron criarlos juntos antes de separarse cuando la mayor tenía 12 años, el del medio 10 y 4 la más pequeña.

En las reuniones de emigrantes centroamericanos, Ester y Miguel eran tema de conversación frecuente. Muchos, por solidaridad de origen, defendían a Miguel y lo veían como una víctima de la arrogancia colonial aun no extinta. Con algunos tragos encima, los más mal intencionados decían que Miguel, a quien se le notaba un pequeño amaneramiento, había solucionado sus dudas sexuales casándose con aquel hombre sin pene que era Ester.

Robertico, que se había criado con él, lo defendía y aseguraba que su amigo era muy macho:

–Nosotros siempre decíamos que las mujeres iban a ser nuestras reinas, pero no nuestras tiranas.

Él se había casado con una boliviana a quien su esposo había maltratado por años y que luego la había dejado porque se negó a trabajar en España mientras él no dejara de estar con otras mujeres. Por eso cuando Roberto le pidió irse a vivir con él como marido y mujer, ella le dijo muy seria:

–Primero quiero saber exactamente qué quieres de mí.

El nicaragüense, que había sido un soltero empedernido hasta entonces, le dijo muy clarito a Azucena el manual del matrimonio que había diseñado con Miguel cuando eran adolescentes en el pueblo. En sus largas vacaciones escolares, mientras trabajaban en el campo, luego de haber observado y casi espiado a sus propios padres y a los de sus amigos cercanos, hablaban largamente y llegaron a las siguientes conclusiones: primero, que una mujer no debe trabajar a menos que lo desee mucho o que sus hijos no tengan comida, vestido o salud por causa de eso. Segundo, que una buena esposa debe ser ante todo cordial y luchar con el mal genio que le provocan sus ciclos menstruales para no amargar la vida de su compañero con ceños fruncidos y frases destempladas. Y tercero y último, que la mujer jamás debía aprovecharse de ser la poseedora de la fuente de la felicidad en su propio cuerpo para extorsionar al marido o hacerlo sufrir con dilaciones calculadas.

Azucena vivió sola varios años, pero al final logró traer a su hijo menor, que la abuela cuidaba en Cochabamba. Los dos mayores se quedaron en Bolivia con el padre, quien regresó a su país con unos buenos ahorros y el total de su seguro de desempleo. La condición del estado español para que anticipadamente le dieran la indemnización había sido que no regresara en cinco años, de modo que la única forma de reencontrarse los esposos era que Azucena dejase España y ella no quiso.

El dinero que el papá de sus hijos se había llevado no se desperdició en mujeres, porque tras la separación él había comprendido la inutilidad de sus caprichos, y así fue como el negocio prosperó hasta el punto de no ser necesario que sus hijos mayores emigraran a España. Azucena le creía a su ex esposo cuando éste le decía por teléfono que su mal carácter provenía de las limitaciones económicas vividas por tantos años, pero ya no lo amaba y le gustaba más el manual del matrimonio de Roberto.

Miguel y Roberto decidieron comprar un apartamento, juntos, y allí se fueron a vivir con Azucena y su hijo. Ester continuó martirizando a Miguel con peticiones injustas e insultos, y trataba a sus hijos casi tan mal como a su ex
marido. Ellos siempre se refugiaban llorando en casa de su padre hasta que la madre iba por ellos acusando a Azucena de secuestro y amenazándolos a todos con hacerlos expulsar del país. Miguel no tenía las agallas para enfrentarla, pero Roberto sí, y la esposa de su patrón, que era abogada, los llevó a todos donde un juez de familia, quien le dio la patria potestad a Miguel después de escuchar lo que contaban los hijos de su madre.

Miguel descubrió, al no tener que dar dinero a Ester para sus hijos, que estos gastos eran menos de los que ella le cobraba, y así logró ahorrar suficiente para regresar a Managua y comenzar una empresa. Le vendió a Roberto su parte de la vivienda y se fueron todos para Nicaragua, para unas supuestas vacaciones, pero con la idea de no regresar.

Ninguno de los chicos se adaptó a un país con tantas dificultades y tan tremendamente diferente a su Cataluña natal, pero el del medio decidió quedarse con él para ayudarle a explotar plenamente el taxi que habían comprado y a administrar una pequeña tienda de repuestos. La mayor decidió vivir con Ester de nuevo, porque criada a su lado y ya mayor, aprendió cómo mantenerla a raya.

Casi logró domesticar su carácter antes de casarse con un ucraniano con quien actualmente vive en Londres. Ella fue la que obligó a su madre a permitir que la hermanita menor viviera con Azucena, quien solo había tenido hijos varones y que la quería como a una auténtica hija. El tío Roberto siguió siendo el tío Roberto, pero Azucena se convirtió en la madre de la niña.

Ester vive sola, y lo poco que reúne con su trabajo, en el mismo hostal de siempre, apenas le alcanza para sus gastos, porque no sabe manejar su dinero, y su hija mayor debe ayudarla a veces con algún giro. Pero ya su yerno le ha dicho que piensa viajar a Crimea para vivir del turismo y que no le podrán enviar nada de allí porque la moneda es débil y necesitan dinero para invertir en el restaurante que van a abrir en un balneario del mar Negro. La han invitado a vivir con ellos, pero ella se niega de plano. También su hijo le ha ofrecido recibirla en Managua, pero ella siempre contesta lo mismo:

–¡yo extranjera nunca, primero muerta!



Milite hoy y viaje mañana

Medina era fanático de Víctor Hugo. Pero lo que nadie sabía era que su fascinación no era tanto por sus obras, sino por su habilidad para mudar de actitud política por propia conveniencia. El autor de El Jorobado de Notre Dame usaba su título de nobleza en ocasiones, pero en otras era republicano convencido. Por momentos hacía odas a Napoleón, pero se arrepentía a los pocos días si hacía falta. Eran tantas sus contradicciones que nadie sabía cómo había logrado sobrevivir su prestigio a esos cambios bruscos y oportunistas. El pueblo, menos propenso a esas retóricas acomodaticias, no entendió sus ambigüedades lingüísticas y mientras el escritor animaba a una muchedumbre en una parte de la ciudad a rebelarse, otros insurrectos saquearon su casa porque él era un miembro del Senado y, por tanto, un representante del establecimiento.

Medina era hijo de un hacendado mediano en una zona cercana al lago Titicaca, y a pesar de que evidentemente era mestizo, se sentía de una raza superior al común de la población de su país, y se comportaba con los campesinos al servicio de su padre como un noble feudal con sus siervos. Bien acicalado, paseaba con gran dificultad en su caballo por los cultivos, a pesar de que todos le aconsejaban usar la mula para ese efecto, lo cual le parecía indigno de su rango. Si no abusó de ninguna muchacha inocente sometida a su poder como un noble de la edad media no fue porque no quiso, sino porque en el fondo era un cobarde y temía mucho a los arrendatarios.

Las relaciones con su padre eran terribles, y aunque nunca se supieron los detalles de sus distancias, lo cierto es que antes de terminar el bachillerato fue enviado a Lima a vivir con unos tíos. El castigo no podía ser peor, pues sus parientes eran miembros del lado pobre de la familia y el barrio en el que vivían no era ni mucho menos el que creía merecer. Medina, como se hacía llamar siempre, porque su nombre era más propio de un campesino que de un señor (no se dice para no ofender a los que lo tienen), se concentró en sus lecturas de las obras completas del autor de Los miserables y en idear la manera de acoplarse a la nueva situación.

Como obtuvo muy buenas notas en el área de letras en el bachillerato, por sus aficiones literarias, intentó por todos los medios ser beneficiado con una beca en una universidad privada cuando acabó los estudios, pero no lo logró. Él sabía que en su área de interés, la lingüística, le sería más fácil ascender socialmente en una universidad privada, aunque en la pública, donde finalmente estudió, estaban los mejores profesores. Estaba obsesionado con las distinciones de clase porque en su pueblo era considerado un señor y en Lima, un provinciano. Haber descendido socialmente lo amargaba tanto que llegó a identificarse con los movimientos políticos de sus compañeros más radicales, que abogaban por eliminar las clases sociales. Militó incluso en las juventudes oficiales de varios partidos de izquierda, pero no fue muy conocido porque se contradecía en sus opiniones según iban cambiando las conveniencias. Su cobardía le impidió entrar de lleno en un grupo subversivo de los que en teoría defendía, pero cuando hubo una amnistía, declaró pertenecer a uno de ellos para darse importancia y obtener algún beneficio. Veía que varios de los más comprometidos habían tenido que viajar al exterior por persecuciones reales y serias, pero como no era nadie en los movimientos no tenía excusa alguna para pedir asilo en otro país o casa parecida.

Su novia le dio la idea de hacerse pasar por amenazado, aunque no se sabe si ella era o no militante de algún grupo. Lo máximo que había hecho Medina era corregir los comunicados que se repartían en la universidad y dar algunas clases de ortografía a los que pintaban las paredes con consignas, quienes en su nerviosismo a veces olvidaban una h o ponían una v donde era b, y cosas así. Eso le dio más fama de nerd burgués que popularidad, pero lo usó para pedir asilo en Francia por persecución política. Todos decían que era mejor Canadá, donde también podía hablar el francés, que ya dominaba, pero él quería vivir en la tierra de Víctor Hugo.

Con la misma facilidad que se envió a sí mismo un mensaje amenazante, hizo lo propio con un miembro de una organización humanitaria católica que le había recibido su pedido de ayuda. Con ello logró que la comunidad del falsamente amenazado gestionara con más insistencia los asilos hacia Francia en esos momentos. Así Medina terminó viviendo en París. Su padre le envió algún dinero al principio, pero luego tuvo que vivir de ayudas públicas y de organizaciones internacionales, y también robaba alimentos y bebidas en los mercados, como se supo luego. Se la pasaba en medio de exiliados políticos de todas las corrientes, dándose unos aires de líder que no tenía, y así fue consiguiendo hasta la nacionalidad pasados los años.

Medina logró terminar su doctorado, con una tesis laureada en la que justificaba con sólidos argumentos los cambios políticos de Víctor Hugo, e incluso concursó varias veces para tener un puesto fijo en alguna universidad pública, pero no fue seleccionado. Esto lo amargó mucho porque no soportaba estar en el último escalafón social de la sociedad: los emigrantes rasos, según él. Con un cargo pensaba ascender, por lo menos, al nivel de los emigrantes exitosos, que tenían cargos públicos o eran ricos.

Finalmente, él y su novia se casaron para tener ambos la nacionalidad europea y se trasladaron a España, donde fundaron una falsa agencia de ayuda humanitaria a exiliados políticos. Las otras ONG dedicadas a esos temas con seriedad, que eran la mayoría, sabían bien las intenciones de Medina, pero no tenían como controlarlo.

Esas organizaciones, aunque son privadas, trabajan con fondos públicos casi siempre, y Medina se daba la maña de conseguir recursos de vez en cuando para ir sobreviviendo, porque el control era mínimo en esos tiempos. De todos modos, en los círculos de exiliados se fue difundiendo el rumor de que la agencia de los Medina no era de ayuda humanitaria sino de viajes, y que su lema era “Milite hoy y viaje mañana”.

Nunca se pudo comprobar, pero los rumores apuntaban a que él mismo fabricaba supuestas persecuciones para llevar emigrantes asilados a España por jugosas cifras.

Cuando finalmente Medina se cansó de vivir como un ciudadano invitado, porque además ya lo tenían bajo vigilancia varias autoridades de migración, regresó a Perú. Como su admirado Víctor Hugo, cambió nuevamente de ideología política por conveniencia, pues dijo ser un convencido desde siempre de los postulados más conservadores y nunca más mencionó su pasado de supuesto “subversivo”.

Por fin logró ocupar el puesto que siempre había deseado en la sociedad peruana, pues se convirtió en un miembro importante de la academia en universidades de corte católico o conservador, y hasta llegó a ser vicerrector en una de ellas, de mediano peso nacional, pero con bastante prestancia en el ámbito local.

Todo iba bien hasta que uno de sus antiguos clientes, en venganza por no obtener una plaza de profesor, le arruinó su segundo período en el cargo al publicar un artículo en una revista titulado justamente “Milite hoy y viaje mañana”, donde lo describía con pelos y señales, aunque sin decir el nombre. Medina sencillamente regresó a la capital y se matriculó en un partido de izquierda democrática, como si nada hubiera pasado.

Algunos de sus copartidarios que sufrieron atentados reales y no tuvieron exilios dorados como el suyo, saben que es un oportunista y que no cree verdaderamente en la causa. Pero sus escritos son tan bien redactados y fundamentados en la estricta doctrina que orienta a su partido que ni los más coherentes militantes se atreven a exteriorizar sus sospechas por la tardía reconversión de Medina.

Sobre todo sus discursos son tan impactantes, tan llenos de pueblo, como los de Víctor Hugo, que hasta quienes lo critican tienen dudas cuando lo escuchan, y no saben si está asistiendo a la llegada de un nuevo líder nacional que transformará la política peruana, o si más bien el astuto de Medina sencillamente está preparando una segunda versión de su original versión del “Milite hoy y viaje mañana”.


ARTÍCULOS RELACIONADOS

- 'Contando billetes' y 'La boda'
- 'La espalda torcida' y 'Gracias al fútbol'
- Relatos de migración en Semana Santa: 'El Papá Noel', 'Nostalgias conyugales' y 'Los católicos en Salamanca' - El Experto
- Las karatecas de Ávila
- Conversaciones en el locutorio
- 'Iberoamérica soy yo' y somos todos
Comentarios (0)
Escribir comentario
Detalle de contacto:
Comentarios:
Seguridad
Por favor introduce el código anti-spam que puedes leer en la imagen.
 

 
 
Sospecha
En el tiempo que llevo lejos aprendí que todos somos iguales. Para bien y para mal.
  Colombiana        Mis 40 y tantos
  emigrante
  Salpicón desde    Maestro Fernando Salazar W.      las Ramblas
  Soy migrante       Votar en el exterior
 
 
 
Espacio disponible para publicidad
 
 
Bookmark and Share