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Relatos de migración: madres dedicadas |

Porque son muchas las mamás que migran para darle un mejor futuro a sus hijos, y muchas más las que esperan el regreso de los que se fueron, publicamos relatos de migración donde ellas son las protagonistas. Un homenaje del día de la madre.
Por David Roll, profesor de la Universidad Nacional
Incluidos en el libro 'Iberoamérica soy yo: relatos de migración'
Publicado por la Universidad Sergio Arboleda y la Universdad de Salamanca
Mayo 8 de 2009
Los huesitos de doña Marta
En una carnicería de un municipio llamado Bello, que hoy es casi un barrio de Medellín, se encuentran tres vecinas, cuyas hijas han estudiado juntas en el mismo colegio toda la vida.
–Deme los huesitos para el caldo don Gerardo, pero no se pase. De lo de siempre, ya sabe.
Don Gerardo pesa los huesitos y recibe el dinero con una sonrisa entre compasiva y molesta. No le gusta que se justifiquen cuando compran poco pues le hacen perder tiempo por nada. Pero de repente su cara se ensancha, se inflan sus pómulos y el bigote se estira. Asoma una sonrisa perfecta con excepción del diente de oro que brilla.
–Ddoña Ligia, ¿cómo me le va?
Ese Doña Ligia es con D mayúscula y doble, diferente del doña Marta con el que despide a la de los huesitos. Pero doña Marta no se va, quiere ver qué compra Ligia, su vecina, con lo que está mandando su hija de España. Para disimular pregunta por ella:
–¿Y cómo va Julianita, Ligia?
–Lo más de bien Marta. Si vieras. Deme más solomillo don Gerardo, para no estar viniendo, y esta tirita de chorizos, que tengo visitas el domingo y ya sabe usted cómo tragan esos primos.
Entra Alicia y saluda a las dos mientras observa la gran diferencia en la compra que cada una lleva en la mano.
–¿Y Julianita? –pregunta sin quitar la vista de las viandas.
–Pues de lo más acomodada. Trabajando en una tienda. ¡Como es tan avispada!
–Pero es que ella ni terminó el colegio –se le salta a Marta.
Hay un silencio que rompe Alicia.
– Pues si a Julianita le va tan bien así, ¿cómo será a mi Berta que tuvo el diploma a la mejor estudiante? Decile a Juliana que le consiga algo. Es que no tiene “coloca” y acordate cómo mi niña ayudó a la tuya tantos años con las tareas. Ahora estamos necesitando plata para Adolfo, que ya va creciendo. Pensá en algo, ¿sí?
Marta se va con cara de escéptica, apretando los huesitos bajo el brazo. Sí tiene hijas para mandar, pero no va a estar humillándose con doña Ligia, que hasta el año anterior era otra doña con “d” minúscula y casi le quitan hasta eso, cuando cuatro meses la Juliana no había mandado nada y los que le habían prestado para el pasaje hasta amenazaban con quitarle la casa o algo peor.
Ligia aprovecha la salida de Marta para pagar y salir con ella, dejando a la pobre Alicia consolada con un sencillo: “Sí, claro, yo le digo”.
Pero Alicia no se desanima. Sabe que la insistencia es casi tan fuerte como las oraciones y entre una y otra logra que Berta también se vaya para Madrid con los diplomas de bachiller y de honor en un tubito protector.
Así, dos años después, las dos amigas de infancia se encuentran en el aeropuerto de Barajas y luego de abrazarse se sientan en una silla a conversar sin importarles el estorbo que hacen con las maletas.
Estoy feliz Julianita –dice Berta, con la pintura de los ojos esparcida por casi todo el rostro tras la noche de travesía.
Yo también Berta –dice Juliana con menos entusiasmo, pero con su cara perfectamente pintada como una muñequita china. Y se queda mirando a su profesora salvadora de otros tiempos con un gesto a la vez compasivo, tierno y culpable.
–¿Tienes novio Julianita?
–No mija, para eso no hay tiempo.
–Pero si vos siempre fuiste noviera. ¿Qué tal que te casés y hasta te saquen de trabajar?
–Mire Berta –le dice impaciente–. Usted es mayor que yo y lo que quiera, pero déjese de pendejadas que ya no somos unas culicagadas soñando con príncipes.
Berta calla y mira al piso. De repente le cae todo el peso del viaje y se siente agotada. Observa con asombro el terminal aéreo y se siente desamparada. La abraza y se ríen las dos como en los viejos tiempos cuando se contaban sus aventuras amorosas sin pudor alguno.
–¿Por qué será que Juliana no quiere hablar de hombres? –se pregunta Berta–. Era nuestro tema favorito.
Juliana interrumpe.
–Camine, mija, que donde vivo no saben que usted llega y entre más temprano sea la bronca, mejor para nosotras.
–¿Qué es bronca?
–Ya lo sabrá mijita. Y otras putadas que no te cuento porque te cagas.
Berta abre los ojos pero calla. Juliana no era palabrosa. Se dice: “qué raro, debe ser la plata”.
Y salen las dos empujando las maletas ante la mirada burlona de un guardia jurado.
“¿Y éste por qué me mira así?”, se dice Berta, pero no se atreve a comentar nada.
Dos meses después vuelven a encontrarse Marta, Alicia y Ligia en la verdulería. Marta solo oye como quien no quiere interrumpir.
–Ligia, Berta no ha mandado nada todavía. Dice que está bien, pero como que no le sale trabajo. Ya le pregunté por los diplomas y se puso a llorar.
–Dejate de bobadas. Eso siempre pasa. Vos sabés que no siempre las más estudiosas son las más avispadas.
Alicia se muerde los labios para no contestar. Finalmente, la mitad de la plata se debe a Juliana y ella dijo que más bien le fuera dando a la mamá de a poquitos allá en Colombia, o sea que las burlas de Ligia son un alivio, como un permiso para no pagar todavía porque Berta no ha mandado nada. Y los otros acreedores no son tan pacientes; sobre todo, no tan pacíficos.
Marta mira desde un rincón a las dos, ¡con una envidia! Qué pesar, ya sabe que en cuestión de meses habrá otra Doña con mayúscula y dos “D”. Pero ya se resignó a no mandar a ninguna de sus hijas. Algo le dice que así están bien las cosas y esos presentimientos nunca le fallan.
En España Berta ya no aguanta más. El primer mes no consiguió nada de trabajo y se endeudó más con Juliana. Finalmente su amiga se sinceró con ella y la llevó al bar donde en realidad trabajaba, pues le había dicho que era una cafetería, a la que nunca la invitaba.
–Solo tenés que servir tragos, te lo juro, y ganás una pequeña comisión por cada bebida servida.
Y era verdad. Los clientes casi no se propasaban con quien le servía. Pero las comisiones eran muy pocas y las cuentas no daban para pagar alquiler del cuarto, comida y transporte. Su mamá no decía nada cuando la llamaban, pero su papá sí era muy claro.
–Vea mijita: o manda plata o nos quitan la casa. Incluso ya amenazaron a su hermano. ¡Usted verá!
En honor a la verdad Juliana nunca le sugirió a Berta que subiera al segundo piso, pero tampoco la desanimó. Fue la propia Berta la que comparó sus magros ingresos con la abundancia de las otras y pidió al propietario le permitiera subir solo para ver. Pasó muchas noches en las que solo sirvió copas en el segundo piso, sin aceptar entrar a los cuartos con algunos clientes. Fue aprendiendo, sin embargo, las reglas: lo que se puede y no se puede dejar de hacer, el tiempo máximo permitido, la forma de obtener propinas, cómo distinguir los que casi nunca se bañan y otros detalles, que al principio le asqueaban pero a los que luego se acostumbró de tanto oírlos. Con el tiempo comenzó a aceptar trago de los clientes y hasta coqueteaba un poco.
La primera vez entró con un joven que le gustaba y salió feliz por el desahogo que sintió después de tantos meses de soledad y porque el muchacho le prometió llevarla a vivir con él. Pero eso les decía a todas, le advirtió Juliana. Y en efecto a los pocos días volvió, la saludó con dos besitos y entró a los cuartos con otra.
–Vive con la mamá –le dijo otra colombiana para consolarla–. Aunque quiera no puede llevarte. Nos paga con dinero de ella. Imagínate el resto.
Berta tenía una idea diferente del aseo personal de la que tenían algunos de sus clientes. Esto la atormentaba porque su olfato era muy delicado y no entendía por qué en un país con tanta abundancia hubiera personas que no usaban desodorante o no se bañaban diariamente. Esto lo comentaba con los más aseados, quienes se ofendían un poco por la generalización y le aseguraban que si ella ejerciera ese mismo oficio en su propio país le sucedería lo mismo. Una compañera de mucha experiencia en el asunto a ambos lados del Atlántico le confirmó que así era. Pero Berta le notó una duda en la cara que la dejó pensando.
Su clientela aumentó pronto porque ella decidió vestirse con el uniforme de su colegio, el cual había llevado por pura nostalgia. Y así pudo darse el lujo de elegir con quién entrar a los cuartos o incluir obligatorio un servicio extra de masaje en la ducha. De ese modo lograba bañarlos de pies a cabeza a esos hombres entrados en años, con sus enormes panzas y sus cuerpos cubiertos hasta el último centímetro de un vello espeso que no le agradaba al tacto. A veces aprovechaba que estaba de espaldas a ellos para dejar escapar unas lágrimas. Sabía que si se hubiera quedado en Colombia a esa hora estaría lavando la piel suave de Adolfito, su propio niño, para enviarlo al colegio.
Lo había tenido a los 14 años y desde el principio lo crió su madre como a uno más de sus hermanos, pues ella era la mayor y siendo tan buena estudiante, nadie quiso que dejara el colegio. Solo por el niño decidió seguir en esa vida hasta que encontrara algo mejor. O por lo menos eso era lo que ella se decía. Pero además del niño, como su principal cualidad era la gratitud, en el fondo se sentía muy feliz porque don Gerardo ya saludaba a su madre con dos D, y ella sabía todo lo que eso significaba para ella.
Un barrio muy exclusivo
Elisa cuenta muy seriamente que ella se crió en uno de los sitios más exclusivos de Medellín: “en frente de nosotros estaba la universidad de Antioquia, al lado la terminal de transportes, un poco más allá la fábrica de Coca-Cola y no muy lejos la minorista de alimentos”.
Después de un silencio, como si de un show televisivo se tratase, agrega a carcajadas: “y con esos vecinos tan importantes a uno qué le iba a importar que sus hijos se criaran en el barrio del basurero”. En efecto, ese barrio se sigue llamando el basurero porque nació alrededor del basurero municipal, aunque luego el depósito fue eliminado.
Elisa cuenta que la mayoría de quienes llegaron a vivir al basurero eran desplazados por la violencia de las zonas rurales del departamento de Antioquia, y explica que el rápido crecimiento del barrio se debió a que las jóvenes campesinas quedaban embarazadas a edades muy tempranas.
Ella soportó muchas batallas, que podrían llenar un libro, el cual debe escribir ella misma, pero es importante relatar dos de ellas, que terminaron con su exilio a una famosa ciudad española llamada Toledo.
Su carisma como líder comunitaria siempre la puso en problemas, pues llegó a militar en grupos subversivos por poco tiempo, en los cuales por poco pierde la vida. Cuando los paramilitares de ultraderecha se apropiaron del control del barrio, Elisa hacía tiempos que había dejado la militancia de izquierda y se concentraba en hacer talleres comunitarios y organizar conferencias para los jóvenes.
Sus hijos eran pequeños cuando un jefe paramilitar la visitó en su casa y le entregó una lista de los jóvenes que serían asesinados al día siguiente con la excusa de que eran criminales reconocidos. Elisa debía tachar del papel los que ella supiera que eran muchachos sanos, y aunque se negó varias veces al final supo que si no hacía esa tarea serían más los muertos al día siguiente.
La mayoría eran conocidos, jóvenes hijos de muchachas que los habían tenido en la adolescencia y se habían criado más en el barrio que en la casa. Elisa por eso nunca dejaba salir a sus hijos solos de casa, para protegerlos tanto del peligro como de las malas influencias.
En la lista había sicarios sin remordimientos, atracadores y hasta violadores, pero
algunos de los anotados en ella eran buenos muchachos, estudiosos y trabajadores, que algún enemigo había puesto ahí por envidia o por celos o por pura maldad. Elisa tachó con lágrimas a todos los que creía debían sobrevivir a toda costa, y a varios de los desconocidos por azar, pero le devolvieron la lista por encontrarla excesiva de equis, así que solo pudo encerrar en círculos solo a los que conocía y quería salvar.
Se negó a excluir a nadie más, y esa misma noche abandonó el barrio para siempre. Cuando pidió ayuda a los organismos de derechos humanos para salir del país, no obtuvo respuesta porque su historia parecía increíble. Pero más adelante, cuando se mudó a un barrio menos marginal donde puso en marcha un taller de telares y comenzó a ser extorsionada, otra vez la idea de emigrar vino a su mente.
Una noche los extorsionistas pusieron un petardo en su fábrica, destruyéndola toda pero sin herir a nadie. Elisa logró así las pruebas que necesitaba para pedir refugio en España. Los primeros días en Toledo pasó muy mal porque no podía asimilar tanta paz y armonía. No entendía cómo ella había vivido día tras día con el corazón en la mano, sabiendo que en algunos lugares del mundo las personas pueden salir a la calle sin el temor de no volver.
A sus hijos les costó más la adaptación. Varias veces encontró a su hija llorando en la puerta del edificio, con las monedas que le había dado para comprar el pan, pero ella no podía atravesar el umbral, pues no podía entender cómo la dejaban ir sola a algún lugar cuando durante años su madre no la dejó alejarse sola más allá de unos metros de la casa.
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