
Hoy nuestros relatos de migración cuentan la historia de un fantasma que anuncia las dificultades y un abogado decidido a curar con viajes su corazón roto.
Por David Roll, profesor de la Universidad Nacional
Incluidos en el libro 'Iberoamérica soy yo: relatos de migración'
Publicado por la Universidad Sergio Arboleda y la Universdad de Salamanca
Mayo 15 de 2009
Trabajo de campo
Durante muchos años el experto en migraciones tuvo una extraña sensación de que su objeto de estudio no existía en la realidad. Pero tenía en el archivo de su computador miles de fotos de hombres y mujeres a quienes el destino los obligó a vivir lejos de las tierras en las que habían nacido y en las que seguramente morirán décadas más tarde, pues es bien sabido que el emigrante añora siempre regresar a la tierra natal, aunque sea en la vejez.
Él era un investigador de escritorio y el trabajo de campo le pareció siempre una ocupación de arqueólogos o topógrafos. Pero ahí estaba, sin saber por qué, en medio de la nada oscura de una montaña lejana de cualquier ciudad, pueblo o villa. Apoyándose en el hombro del campesino que lo guiaba por una trocha invisible, evitaba con dificultad caer, mientras se tranquilizaba a sí mismo sobre las condiciones de seguridad de esas tierras en otro tiempo tan violentas como las del lejano oeste norteamericano de sus películas de infancia.
Cuando por fin llegaron a la rústica vivienda sintió un gran alivio, pues la casa era una isla de luz en un mar de oscuridad. Y al sentarse en frente del fuego de la cocina pensó que sus temores habían sido una estupidez. Pero a los pocos minutos la conversación desembocó en historias nada tranquilizadoras. El campesino se recreaba en los detalles siniestros de los tres atentados que sufrió, con un aire de quien poco le importa la muerte, pero que se enorgullece de haberla burlado tantas veces. Y para disipar cualquier duda ante su interlocutor se descubría el torso y la espalda cada cierto tiempo, enseñándole los orificios de entrada y salida de las balas que milagrosamente no habían tocado ningún órgano vital.
Más tarde se fueron todos a dormir al único cuarto con camas en la vivienda. El experto siguió haciendo preguntas sobre los campesinos migrantes de la región, quienes eran trasladados a España para trabajar dos meses en las cosechas y regresaban a sus casas con el equivalente a cinco años de salario. Pero el anfitrión no era uno de los afortunados temporeros elegidos y prefirió seguir hablando de la banda de sicarios que lo acecha desde hace cinco años. Su esposa, su hija de veinte años y el joven adolescente que vivía con ellos desde que su padre fuera asesinado guardaban silencio o estaban dormidos ya.
El cuarto estaba totalmente a oscuras, y solo se escuchaba el sonido de los grillos que venía desde afuera cuando había una pausa en el interminable relato del dueño de la casa.
–Fue en ese bosque por el que llegamos donde esos desgraciados intentaron matarme la última vez. Se escondieron en los árboles de la parte alta y yo desde abajo no podía verlos para defenderme; además tenía el brazo jodido por los tres balazos que recibí por la espalda y no pude usar el fierro.
Luego hubo un silencio total. O todos se habían dormido o no querían interrumpir al patriarca. Así que el experto se sintió obligado a decir algo.
–Afortunadamente esos tiempos ya pasaron. Porque usted mismo me contó que cogieron al jefe de la cuadrilla...
Hubo otro silencio largo y pesado, luego de lo cual el narrador contestó, bostezando como ya a punto de dormirse:
–No se crea patrón. Por ahí anda el resto todavía y yo siempre estoy preparado porque en cualquier momento aparecen esos…
Pareció que se había dormido, como todos los demás, pero el investigador, aplastado por las pesadas mantas que le habían puesto para combatir el frío del páramo, sacó aire de sus pulmones como pudo para interrogar a la familia en conjunto, con la esperanza de que alguien le contestara:
–Pero habían dicho que esta región ya estaba pacificada y que el ejército desplazó totalmente a todos los grupos armados ilegales.
Se oyeron risitas provenientes de casi todas las camas, y luego otra vez silencio… Hasta que habló el ama de casa, adormilada pero risueña:
–No se preocupe doctor. Cada vez que a mi marido le van a hacer un atentado, viene mi suegro antes y le avisa.
Se escuchó un suspiro de alivio que venía de la cama del visi¬tante, quien dijo, como para ya cerrar la conversación y descansar en paz:
–¡Qué bien! Me lo tienen que presentar mañana. Debe saber muchas historias sobre los emigrantes.
No hubo respuesta, al parecer todos estaban ya dormidos porque, como le habían explicado, la jornada de trabajo comienza cada día a las cuatro de la mañana, porque hay que ir a ordeñar las vacas temprano.
El adolescente al parecer estaba dormido desde el principio del relato y ahora el matrimonio roncaba casi en coro. La joven, sin embargo, se compadeció del ingenuo citadino y no quiso dejarlo dormir preocupado. Antes de quedarse dormida, dijo unas últimas palabras casi inaudibles entre bostezos:
–Mi mamá tiene razón: el abuelo siempre le avisa de los asaltos a mi papá. Duérmase tranquilo…
De pronto se escuchó la voz del adolescente, que al parecer no estaba dormido sino escuchando toda la conversación en silencio:
–Sí, pero se le olvidó contar que el abuelo está muerto hace 10 años.
Silencio total. Todos duermen ahora. Menos uno.
La fantasía del eterno emigrante
Jorge Eliécer es un abogado de Medellín, abandonado por su prometida a menos de una semana del matrimonio. Ella venía de un barrio popular de la ciudad, pero a base de matrimonios clave había mejorado su nivel de vida y adquirido un toque de distinción, debajo del cual era mejor no raspar para no encontrar sorpresas.
Para casarse, Ana había exigido a Jorge Eliécer que comprara el apartamento más costoso de la ciudad. En efecto, el inmueble elegido tenía gimnasio con jacuzzi y piscina privada, pero era de un terrible mal gusto porque había sido diseñado para una persona que había enriquecido muy rápidamente y que tenía ese tipo de gustos del dinero fácil.
A ella sin embargo le encantó, y se empeñó en que lo comprara de inmediato.
Jorge Eliécer había trabajado y ahorrado desde su graduación con el objetivo de retirarse siendo aún joven y dedicarse exclusivamente a leer y viajar, que eran sus grandes pasiones. El plazo era 10 años. Muchos se burlaban de él, pero Jorge Eliécer se hizo muy conocido por evitar juicios costosos con acuerdos oportunos, en los que además renunciaba a gran parte de sus honorarios. A los siete años de egresado ya era rico, y se podía retirar y vivir sin lujos y sin preocupaciones.
Fue justo entonces cuando apareció Anita. Ella consiguió los datos del costoso condominio. De paso conoció al afectado vendedor, con quien se acostó el día que subieron al segundo piso del apartamento, aún sin amoblar. Y con él huyó a Panamá. Ana más bien lo acompañó en su huida, porque ella sencillamente decidió no casarse, mientras que el vendedor estaba escapando de acreedores no muy dados a las formas judiciales de cobro.
Para resumir la historia hay que decir que Jorge Eliécer intentó suicidarse, pero no lo logró. Durante su convalecencia, de vez en cuando despertaba y la enfermera le leía un libro de Julio Verne que el terapista le había dejado. Era la historia de un suicida, claro. Un chino que siendo muy rico se sintió tan deprimido que contrató a dos sicarios para que lo asesinaran. Luego se arrepintió y huyendo de ellos recorrió toda China, descubriendo en ese proceso el secreto sabor de la vida.
Al recuperarse y darse cuenta de que estaba solo y rico, Jorge Eliécer decidió que dedicaría el resto de su vida a leer novelas y a viajar por todo el mundo, como en un principio pensaba hacer. Pero ya no se trataba de viajar con Medellín como cuartel general fijo, sino de convertirse en un eterno emigrante. En el fondo no había renunciado a su idea suicida, sino que la había literalizado; por eso decidió al principio viajar por Colombia en una de las épocas más difíciles del enfrentamiento del Estado con la guerrilla. La primera etapa del viaje fue de Medellín a Pasto, lo cual era muy riesgoso en ese momento. Sin duda esperaba encontrar la muerte en esa primera etapa, pero no le pasó absolutamente nada. Ni un retén guerrillero o paramilitar ni asaltantes ni accidentes. Para él, que no deseaba la vida, el país más peligroso del mundo se había convertido en el más seguro.
En el morbo de la pasión suicida que remplazó a Anita en su cerebro, visitó el cementerio de Tulcán y se regodeó hablando con los muertos. Tuvo un rapto de histeria. Se desnudó de la cintura para arriba e intentó cavar con las manos su propia tumba.
En Tulcán sus demonios despertaron y su obsesión suicida lo dominó. Por una extraña casualidad esa misma tarde hubo un asalto en el cementerio y Jorge Eliécer pensó que un Dios compasivo le había enviado la muerte.
En efecto, una banda irrumpió en el camposanto y comenzaron a despojar a los dolientes de sus pertenencias.
Él los enfrentó con violencia, desaforadamente, esperando recibir su pasaje a la otra vida, convencido de ello. Pero los asaltantes, al verlo sin camisa, retándolos como un energúmeno, la cara llena de barro y las manos enrojecidas de sangre al haber intentado hacer un hoyo en la dura tierra, creyeron que era un demonio. Y es que era la viva imagen del diablo que les habían descrito cuando niños.
Como ya caía la tarde, el efecto fue sobrecogedor. Así se salvaron del asalto varios visitantes, y Jorge Eliécer de su ansiada muerte. No tuvo más remedio que recorrer los hermosos valles circundantes, con sus lagos y sus halcones, mientras encontraba algún destino peligroso al cual dirigirse, y así fue cogiendo de nuevo lentamente el sabor a la vida. En Otavalo, sospechó que sus deseos sexuales no habían muerto como pensaba, y en Quito pudo comprobarlo fehacientemente. Pero no desistió de su deseo de poner fin a sus días, ni siquiera cuando recorrió las islas Galápagos en un yate para él solo y su amiga israelí, nadando entre pingüinos y morsas en lugares paradisíacos, y descubriendo tantas maravillas de la naturaleza en un solo lugar.
En el Perú, nuevamente solo, exploró las zonas donde le dijeron que aún persistía Sendero Luminoso, pero nunca supo de ellos, y cuando se fue en barco de Iquitos a Manaos, con la esperanza de caer presa del paludismo, terminó más bien sobrecogido por la exuberancia de la selva y la insignificancia del ser humano en medio de esa inmensidad. Eso le dio ánimos para llegar hasta Georgetown, la capital de la Guyana Inglesa, de cuya peligrosidad le habían hablado, pero no obtuvo ningún resultado. Incluso de noche, en las zonas más peligrosas, nadie se atrevió a tocarlo. La sola idea de que un blanco tuviera tan poco temor al peligro como para estar en esos sitios de noche pareció significar que tenía algún poder secreto y letal, y nadie se metió con él.
Al principio Jorge Eliécer comía solo por alimentarse, pero ya en Brasilia empezó a recuperar el apetito y a probar su rica y variopinta comida típica en cada lugar al que llegaba, bien fuera una picanha a la plancha en Oporto o un bacalao relleno en Curitiba. Su depresión decreció un poco con este placer reasumido, pero en todo el mes que viajó por el resto del país no se tomó una sola copa de licor, ni bailó nunca, ni tuvo intercurso sexual con nadie, tres cosas aparentemente imposibles de evitar en ese país en un periodo tan largo.
Desde Río de Janeiro tomó un vuelo a Luanda, pero por más que intentó no lo dejaron pasar a las zonas de conflicto de Angola. Incluso cuando llegó a Sierra Leona y Liberia solo encontró las huellas de los genocidios y a decenas de ONG aliviando las heridas de la guerra. Así recorrió gran parte de África, incluidas Argelia y Somalia, pero salió ileso de todas partes. Así fue haciéndose adicto al miedo y su cuerpo le fue pidiendo dosis de adrenalina cada vez mayores.
Aún no se sabe si fue muerto en Afganistán o en Irak, porque sus últimos mensajes anunciaban estos países como su siguiente destino, o si sigue recorriendo el mundo sin tregua, después de haber sobrevivido también a esas aventuras. Al parecer la fundación a la que dejó todos sus bienes en caso de muerte, destinados específicamente al tratamiento psicológico de hombres abandonados por sus mujeres, no ha cobrado el dinero, lo cual significa que seguramente sigue retirando dinero de sus cuentas. Un año después que deje de hacerlo, la fundación podrá disponer de todos sus fondos, según dejó estipulado.
Un viajero dijo en un chat de mochileros que lo había visto en Madagascar viviendo con una nativa, pero otros han dicho que es un prisionero en Corea del Norte. Se ha vuelto un mito y algunos creen que nunca existió el tal Jorge Eliécer.
La verdad, lo único que a ciencia cierta se sabe de Jorge Eliécer, es que su esposa lo dejó, que intentó suicidarse, que luego se fue hacia Ecuador a buscarla porque no creía que estuviera en Panamá, y que supuestamente nadie volvió a verlo por Medellín.
Lo demás ha aparecido en los relatos de viajeros transmitidos por Internet, con otro nombre, claro, pero nadie sabe qué es cierto y qué no lo es. Incluso puede ser que haya regresado a Colombia luego de dar varias vueltas al mundo con su pena de amor.
Pero la mayor parte de los que escuchan la historia quieren creer que Jorge Eliécer sigue viajando sin tregua, y que compra un libro en una ciudad y lo regala en la siguiente para comprar uno nuevo allí, y así pasarse el resto de la vida leyendo y viajando.
Lo que es evidente es que Jorge Eliécer, exista o no en la realidad, puede pervivir como mito, porque las presiones de la vida sedentaria en el mundo actual crean en muchos la fantasía de que pueden huir por el mundo sin pausa y sin fin, alejándose de sus decepciones y problemas, como unos emigrantes eternos.
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