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Relatos de migración: yagé y misioneras |

Hoy en nuestros relatos de migración usted encontrará las historias de dos migrantes muy diferentes: Un campesino y una misionera. Otra prueba de que los migrantes tienen orígenes y objetivos muy diferentes.
Por David Roll, profesor de la Universidad Nacional
Incluidos en el libro 'Iberoamérica soy yo: relatos de migración'
Publicado por la Universidad Sergio Arboleda y la Universdad de Salamanca
El viaje del yagé
Argemiro vive en los alrededores de un pueblo montañoso del sur de Colombia, muy cerca de la frontera con Ecuador en el que hace unos años llegó a ser peligroso andar solo de noche por las calles. Cuando se enfermó, él ya había escapado ileso de dos riñas y un atentando, pero la muerte parecía no darle tregua. Su cuerpo se debilitaba progresivamente, como si un ser maligno en su interior lo estuviera consumiendo. Algunos decían que estaba consumiendo drogas aunque sus más cercanos sabían que él ni las había probado. Los médicos le hicieron muchos exámenes, pero no llegaron a ninguna conclusión.
Cuando comenzó el cultivo de la amapola en el corregimiento, constituido por una veintena de casas a dos horas de camino a pie desde el pueblo, los más jóvenes dejaron los estudios y descuidaron las parcelas de sus padres. Argemiro no fue la excepción. Prefería el fácil trabajo de extraer la vena de oro de la amapola a las pesadas labores de agricultor. Sobre todo odiaba el oficio que le habían asignado desde niño: levantarse antes del alba a perseguir vacas y terneros por las empinadas laderas, y dejarlos amarrados para que sus padres bajaran a ordeñar mientras él hacia el café para todos.
Luego pasó la época de la amapola, porque bajó el precio de la heroína y todos volvieron a estar sin dinero, dedicados a vivir de sus cultivos tradicionales. Entonces le llegó la enfermedad. Cuando los médicos no le daban ni una semana de vida, Argemiro decidió ponerse en manos de un curandero indígena, que le recomendó hacer un viaje de yagé para encontrar la raíz de sus males. No es extraño en esa región, aun entre los citadinos de la capital del departamento, hacer sesiones con este alucinógeno extraído de una enredadera llamada Ayahuasca, y dejarse guiar en un viaje paranormal por algún indígena real o disfrazado. A unos el chamán les decía cosas terribles, como que la muerte estaba acechándolos; y resultaba que luego se moría algún familiar cercano de modo inexplicable. También se supo de una abogada en la capital del país que murió después de una sesión. Unos se volvieron adictos, pero otros, al parecer, sí se curaban de sus males, sobre todo de la infidelidad y del alcoholismo.
Con Argemiro fue similar, pero como ya estaba muy débil por la enfermedad, después de la purga causada por la droga ritual pensó que ya se iba a morir. En su alucinación vio una imagen que le hizo recuperar la conciencia cuando ya casi se desmayaba: se vio a sí mismo fumando un tabaco del campo, que le ofrecía uno de sus amigos más cercanos. El cigarro era fuego puro y él veía cómo ese rojo intenso entraba en su cuerpo para intentar matarlo. El guía le explicó a Argemiro que ese amigo lo había hechizado y procedió a aplicarle una especie de exorcismo, luego de lo cual Argemiro se vio en la alucinación caminando por unas calles llenas de edificios enormes que no conocía y visitando una extraña iglesia de ocho torres parecidas a los adornos de un pastel. A la salida vio una motocicleta roja en la que él mismo se montó para volar por un inmenso lago sin fin.
Por la razón que fuera, Argemiro se curó de todos sus males en las dos semanas siguientes y antes de terminar el mes le ofrecieron convertirse en agricultor temporero en España por medio año. Pasó todas las entrevistas, hizo los cursos que le correspondían, y no mucho tiempo después de su experiencia con el yagé estaba aterrizando en Barcelona, observando aterrado el mar Mediterráneo, al que reconoció como el lago sin fin de su alucinación psicotrópica. De todos modos se incorporó a las tareas sin dar mucha importancia a la coincidencia, aunque por las noches tenía extraños sueños. Pero cuando pasado un tiempo el sacerdote del pueblo organizó un viaje a Barcelona con todos los emigrantes que iban a su iglesia, Argemiro por poco se desmaya al ir reconociendo uno a uno los edificios de su ensoñación. Luego llegaron al destino final de la pequeña peregrinación y al descender del autobús, dejó de respirar casi medio minuto por el asombro de lo que veía. Allí estaba la iglesia que él había visitado, con sus ocho torres como adornos de un pastel. Bienvenidos a la Sagrada Familia, les dijo el cura emocionado.
Después de ese día algo se transformó en la mente de Argemiro y los seis meses siguientes que pasó arrancando los frutos que inexplicablemente regalaba con generosidad esa llanura semiárida de Lérida, su infancia esforzada en los trabajos del campo adquirió otro color, sobre todo en esas tardes eternas del verano europeo en las que el fin de la jornada no es premiado con el descanso de la noche, sino con el rutinario y casi sepulcral silencio de los campos deshabitados.
En esos momentos Argemiro cerraba los ojos y escapaba hacia sus Andes natales, a esa colcha de retazos verdes en todas las gamas posibles que era su vereda de la infancia. Veía con nitidez de espectador presente al niño Argemiro enfundado en sus viejos pantalones de faena, curtidos y remendados a más no poder, observando enfurruñado la salida del sol, mientras su madre lidiaba más abajo de la colina con un ternero que no quería permitir el ordeño por seguir succionando con avidez las ubres.
Como quien tiene el control remoto de un reproductor de video, Argemiro repetía una y otra vez en su mente la escena entonces chocante y que ahora le causaba un placer inexplicable: una vaca, amarrada con un corto lazo a una estaca pequeña, se mueve inquieta a la espera de la comida que le dan para mantenerla serena durante el ordeño. Pero debe esperar la llegada del ternero, atado con otro lazo, que al succionar las ubres abre las compuertas del líquido blanco del que vivieron muchos años Argemiro, sus padres y su hermana mayor.
Argemiro se ve a sí mismo en la escena como un fantasma que observa a los vivos y no puede entender cómo se acostumbró a tanta belleza hasta el punto de haberla despreciado. Ahora le parece escuchar el torrente del río y sentir el frío refrescante de sus aguas. Ve montañas a lado y lado de esa espada irregular y cristalina que corta en dos el valle de su infancia. Suspira hondo y siente que por sus fosas nasales penetra el oxígeno purificante que tanto añora en su exilio temporal y voluntario.
Como buen pastuso (que es como le dicen a todos los habitantes de Nariño, aunque no sean de Pasto, la capital del departamento) Argemiro fue un trabajador metódico, hábil y discreto. Pudo ahorrar más de lo que esperaba y se sintió bien tratado. Pero añoraba persistentemente la parcela de sus padres, y se la pasaba meditando en la coincidencia de su sueño del yagé con la realidad vivida. Mientras otros hablaban de la manera en que gastarían lo ganado, él no pronunció palabra alguna al respecto. Tenía claro que invertiría todo en mejorar los pastos del predio familiar para aumentar la producción de leche. Incluso decidió ir enviando el dinero cada vez que le hacían un pago, para encontrar cuando volviera los prados recuperados y las vacas más productivas.
A su regreso a Colombia, su padre orgulloso lo llevó al corregimiento donde queda la finca familiar, en un Jeep alquilado especialmente para la ocasión. Pero antes de descender por la trocha que comunica el camino veredal con la casa, le pidió que viera desde arriba los cambios generados por la inversión en su propiedad, y le hizo las cuentas del aumento de los ingresos, advirtiéndole que no había sido necesario gastar todo el dinero enviado. Con el restante, le dijo que habían decidido comprar algo solo para él.
Argemiro observó desde la carretera el terruño familiar, enmarcado en la colcha de retazos de sus nostalgias catalanas. Vio las vacas en el pasto, el río cortando los campos en su serpenteante camino, las montañas a lo lejos y el azul intenso del cielo con sus manchas de nubes blancas y grises. Se sintió de nuevo niño, pero ya sin la rabia de entonces, como si el yagé lo hubiera liberado más de sí mismo que de ningún maleficio. De repente vio que su padre le señalaba con el dedo algo pequeño en la distancia, al lado de la casa. Al principio no supo distinguir de qué se trataba, pero cuando aguzó la vista se dio perfecta cuenta de qué se refería su padre. Era la única imagen de su alucinación del yagé que no se había convertido en realidad todavía. Junto a la jaula de los cuyes, justo en la parte en la cual el pequeño Argemiro se sentaba a esperar a sus padres mientras ellos ordeñaban y el café que él había preparado se calentaba, vio una enorme moto roja, que por supuesto no le era en absoluto desconocida.
Pobre entre los pobres
Anita pertenecía a una familia religiosa y ella misma lo era, a pesar de que sus amigas del barrio la criticaran. Como hija única tenía el deber de cuidar a sus padres en la ancianidad, pero fue más fuerte su vocación religiosa y decidió unirse a una orden femenina de laicas, dedicada a la lucha por los pobres, que estaba fundando nuevas misiones en África y Suramérica. Ella pidió ser enviada a Etiopía, pero la destinaron a Colombia, donde apenas había un pequeño grupo de voluntarias en Bogotá, y ninguna en otras ciudades. Anita escogió la región que le pareció la más pobre de Colombia, el departamento del Chocó, y se entregó de lleno a su labor de ayudar a los más necesitados, lo cual hizo por varios años. Vivía rodeada de afroamericanos con serios problemas de desnutrición, para quienes ella a veces era su ángel blanco, la última esperanza o el último consuelo. Nadie sabe de dónde sacaba fuerzas para enfrentar tantos problemas, pero ella siempre estaba sonriente y alegre.
Los domingos, durante los servicios religiosos, su estilizada voz dejaba a todos los asistentes mudos de admiración en los cantos por lo que al final ella terminó cantando sola algunas canciones. En otras permanecía callada para que los demás participaran. A uno de estos servicios asistió un Senador quien por cuenta de cambios en las reglas electorales tuvo que ir a buscar votos a una región con la cual no compartía ni la raza ni la cultura, lo que lo hacía sentir muy incómodo.
El senador intentó por todos los medios seducir a Anita, de quien se enamoró al oírla cantar en la iglesia, pero lo más que logró fue que ella lo llamara todos los días a pedirle ayuda para sus pobres. En una de esas llamadas el senador se negó de plano a seguirle ayudando sin que ella le diera nada a cambio, y le hizo prometer a Anita que si él mandaba las vacunas que le pedía, ella iría a Bogotá para hacer una audición en un programa de jóvenes artistas.
Por no jurar en vano Anita terminó en Bogotá cantando en el concurso, pero se las arregló para no quedar seleccionada.
Su encanto ante las cámaras, sin embargo, hizo que la contrataran para un programa religioso, en el cual trabajó
unos meses, y así se fue quedando en Bogotá sin darse cuenta.
El programa se sostenía con aportes particulares y ella fue convirtiéndose en la encargada de conseguirlos por la práctica que tenía en obtener dinero para los necesitados. Pero uno de los donantes, al verla tan convincente, decidió contratarla como vendedora de locales en los centros comerciales que construía por todo el país. Así, Anita, tenía bastante dinero propio, ganado por las comisiones, cuando se casó con el hijo del constructor.
A partir de entonces su nivel de vida se transformó totalmente. Pasó de vivir con los más pobres entre los pobres a estar siempre rodeada de los más ricos entre los ricos. Casi todos los viernes debe asistir a reuniones con personalidades, que van desde presidentes hasta cantantes de fama internacional, mientras sus dos hijos se quedan en la enorme mansión que tiene la paraje en las afueras, con helipuerto incluido, en la que los niños son cuidados por un equipo de mujeres que ha traído desde el Chocó para ayudarla. Nadie sabe si continúa o no socorriendo a los menos necesitados, pero la mayoría piensa que sí lo hace, aunque de manera discreta. Se le ve siempre muy alegre, pero quienes la conocieron cuando estaba entregada a sus pobres dicen que de todos modos no es la misma sonrisa.
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nesesito antes de las 12 del mediodia
bueno besos cuidense