|
Puños y ancianos: relatos de migración |

Nos acercamos al final de nuestra serie de relatos de migración. Hoy, un trabajador hastiado que encontró su destino cuando dijo "No más", y un par de ancianos que recibieron el mejor regalo de sus vidas después de un encuentro entre dos inmigrantes.
Por David Roll, profesor de la Universidad Nacional
Incluidos en el libro 'Iberoamérica soy yo: relatos de migración'
Publicado por la Universidad Sergio Arboleda y la Universdad de Salamanca
Mayo 29 de 2009
El camorrista
A Marco Antonio nunca se la había ocurrido la idea de viajar fuera de su país. Ni siquiera en los tiempos difíciles de su adolescencia cuando en un barrio de Cali fue perseguido por una pandilla enemiga. Nunca hirió a nadie por arma de fuego o arma blanca, pero era diestro con los puños y se hizo algo célebre por ese motivo.
Algunos de sus amigos, sin embargo, sí entraron en negocios ilícitos y se dedicaron a atacar con armas establecimientos privados o buses de transporte público. La madre, creyendo que esto podía ocurrirle a él, le prohibió a partir de cierto momento participar de estos grupos. No fue fácil, pero la insistencia y la constancia de su madre soltera, que lo había criado sin más ayuda que la de sus propias manos, lograron que estudiara un curso en metalurgia en el SENA.
Aprendió rápidamente los cuatro elementos clave del oficio y llegó a tener un buen empleo fijo durante un par de años, aunque lo tuvo que dejar por diferencias con su empleador. Se dedicó entonces a hacer trabajos ocasionales, y llegó a tener unos buenos ingresos. Desde que dejó el ambiente del barrio, él nunca volvió a utilizar sus manos en una disputa y trataba de evitar las riñas a toda costa. Sin embargo, mantuvo siempre su buen estado físico: iba al gimnasio, jugaba fútbol y participaba en otro tipo de deportes cuando se lo proponían.
Lo que le ofrecieron para viajar a España era prácticamente cuatro veces su salario, que no era malo por lo menos en términos del barrio en el que había nacido y crecido. Pero de los 1.800 euros que le prometieron, Marco Antonio sólo recibió el primer mes 800, porque la contratación se había hecho directamente con los empresarios sin ninguna entidad pública o no gubernamental que los supervisara. Cuando fue a protestar por el incumplimiento de la palabra de quienes lo habían contratado en Cali, le dijeron que ese salario era al principio y que un par de meses le actualizarían la paga de modo que el ganaría lo mismo que un experto metalúrgico de su nivel en España.
Infortunadamente, las habilidades que tenía Marco Antonio servían sobre todo en Colombia, donde no existía una maquinaria muy sofisticada y casi todo el trabajo había que hacerlo manualmente. En España pronto se adaptó a la maquinaria que se utilizaba, pero sus particulares destrezas no fueron valoradas, salvo el día en el que la máquina tuvo que ser mandada a reparación y la fábrica no se paralizó debido a que él continuó trabajando manualmente. Prácticamente fue el único obrero que logró hacerlo.
Pero en lugar de traerle beneficios con sus jefes, le significó una persecución de uno de los capataces, quien, después de que arreglaron la máquina, en lugar de ponerlo a trabajar en ella, le pedía que barriera el piso o hiciera otras cosas, para las cuales él no estaba acostumbrado o que le parecían una pérdida de tiempo, dadas sus capacidades.
Con el tiempo Marco Antonio fue acumulando una rabia frente al país que lo había acogido, pero no la expresaba en ningún momento, ni siquiera en las reuniones de sus colegas y coterráneos, como muchos lo hacían. Había aprendido en el barrio que decir las cosas no conduce a nada, que se debe actuar en el momento oportuno.
Sin embargo, la amargura se fue apoderando de él cuando empezó a recibir información sobre sus colegas en Colombia. Las empresas estaban despidiendo a las personas de su edad y contratando jóvenes que acababan de recibir la capacitación. Por supuesto que los que tenían trabajo temporal como él estaban en la peor de las situaciones.
Marco Antonio sintió que, debido a su edad, no podía regresar a su país. Siempre había tenido esa carta bajo la manga como una esperanza y casi como un arma de defensa. A pesar de todos los esfuerzos realizados para que su salario fuera aumentado, ello no fue posible; entonces decidió romper el contrato que tenía y buscar trabajo por su cuenta en España, con la dificultad de que ya en esa circunstancia quedaba a merced del mercado y no tenía una entrada fija por el tiempo de duración del contrato que le habían prometido de dos años.
La gota que rebosó el vaso no fue una cuestión profesional. Como muchos colombianos, acostumbraba ir al locutorio donde podía llamar a su casa de forma económica y desahogarse un poco de su soledad y de sus penas. No hacía muchos amigos en estos sitios, pero al propietario de uno de estos le gustaba hacer bromas con él. Le hacía comentarios xenófobos, como alusiones a su color de piel y al hecho de provenir de una ciudad famosa por el narcotráfico. Además, tenía la fea costumbre de, cada vez que Marco Antonio estaba descuidado, darle una palmada en la nunca, como si eso fuera una broma entre amigos, aunque sabía que ello le molestaba mucho.
Marco Antonio siempre le dijo que no le gustaban ese tipo de cosas y que evitara hacerlas. Pero el joven catalán se reía mucho de él. Muchos decían que parecía como si él pensara que tenía derecho a hacer eso con todos los inmigrantes que llegaban a su negocio, porque ellos eran extranjeros y él era oriundo del lugar. Con el tiempo, el propietario del locutorio se relacionó con una chica venezolana que iba mucho allí y la convirtió en su mujer. Por un tiempo, se olvidó de estar molestando a los inmigrantes, y a Marco Antonio en particular con sus bromas pesadas.
Pasados unos meses, sin embargo, el joven tarragonés volvió por las mismas y, a pesar de que su novia le explicaba por qué no debía hacer estas bromas, él se mantenía muy dispuesto a continuar con esta dinámica. Una tarde, después de que repitió su manía de darle un golpe en la nunca a Marco Antonio, este lo miró con una rabia de los tiempos del barrio y le dijo: “La próxima vez que hagas eso, te arrepentirás, y estoy hablando en serio”.
La novia del propietario comprendió que esa frase de una persona latinoamericana de pocas palabras era cosa seria y no un simple farol. Pero se quedó callada porque pensó que su novio ya merecía una corrección y que quizá con eso dejaría de ser tan patán. Ella misma había sido víctima de esas bromas de su novio y sólo había podido controlarlas, aunque no del todo, después de haberse ido a vivir con él.
Marco Antonio siguió yendo al locutorio que quedaba al lado de su trabajo porque en su adolescencia había aprendido que evitar a los enemigos era cobardía. Por desgracia para el propietario del locutorio, el día en que le gastó la última broma a Marco Antonio este había renunciado a su último trabajo. Ya no le importaba si le quitaban su permiso temporal o si lo expulsaban del país. Estaba harto de todos y de todo. Había logrado que le subieran el sueldo a mil euros, pero ya tenía claro que los 1.800 que le habían prometido nunca llegarían.
Estaba seguro de que, a pesar de la situación en Colombia, el sueldo que tenía trabajando por contratos habría podido mantenerlo por mucho tiempo, aun en la crisis en Colombia. Ya no tenía que aguantarse al novio de la venezolana por miedo a ser deportado después de una riña. Lo esperó con cierta impaciencia, dándole la espalda el mayor tiempo posible.
No tardó en sentir el sopapo en el cuello y la carcajada detrás de su oído. Con el infinito placer de quien sabe que obra con justicia, se dio la vuelta y le asestó un golpe tan certero en la cara que lo hizo volar al otro lado del locutorio. El hombre se levantó bravuconeando y se lanzó contra Marco Antonio con la inexperiencia en el rostro. Ante todos los clientes, que seguramente atestiguarían en contra suya, Marco Antonio dejó salir al camorrista de su infancia y le dio una tunda de película a su contrincante. Su experiencia le dijo también cuándo parar y le hizo una seña a la venezolana, también acostumbrada a esas lides, para que lo recogiera y lo llevara al dispensario.
Marco Antonio se quedó pacientemente en la puerta del locutorio a esperar la policía, pero esta nunca llegó. Luego se supo que la muchacha estaba ilegal en el país y que no podía arriesgarse a una investigación policial. Al día siguiente, Marco Antonio fue contratado como gorila a la entrada de una discoteca y con eso y las propinas y sobornos por fin se está haciendo los 1.800 euros que le prometieron. Pero no descarta volver a Colombia en pocos años y montar su propio taller de soldadura con lo que ahorre.
El hijo del contingente
María pertenecía a esa generación de la España de fin de siglo que había vivido la pobreza de los setenta, la abundancia de los ochenta y la crisis de los noventa. Por tanto, su esposo fue un campesino pobre primero, un propietario próspero luego y finalmente un ciudadano pensionado, pero sin recursos ni energías para cultivar la tierra.
En el pueblo, la mayoría de los hijos se habían ido a las ciudades grandes, dejando a sus padres con sus pensiones y sus campos inexplorados. Pero María ni siquiera tenía ese consuelo de un hijo que la visitara en los veranos con sus nietos. Eran infértiles. Ella y su marido, habían dicho los médicos; aunque de todos modos a él le advirtieron en secreto que no se confiara.
Juan Antonio no tenía de qué cuidarse, pues era casi fiel e incapaz de todos modos de generar descendencia. Por eso no tuvo hijos ni con su esposa ni con la polaca que llegó en uno de los contingentes de trabajadores importados y transformó la vida de ambos. Nunca se supo quién tuvo la idea de traer trabajadores de otra parte de Andalucía para sembrar los campos y recoger las cosechas, pero quien haya sido les dio grandes ganancias a los habitantes del pequeño pueblo de María.
Los primeros en llegar fueron temporeros clásicos, que recorrían el país trabajando por jornadas, y cuando dejaron de aparecer fue necesario ir a buscarlos en la árida Castilla. Estos tampoco duraron mucho, pues encontraron trabajos más fáciles en las ciudades y se olvidaron del campo. El siguiente contingente fue de marroquíes, que resultaron buenos trabajadores, pero al cabo del tiempo las diferencias culturales se hicieron irreconciliables.
Alguien dijo que preferían emigrantes de países católicos, fueran o no practicantes, pero que entendieran ciertas cosas básicas de los locales.
En el nuevo contingente llegaron las polacas. Nadie pidió mujeres, pero en el acuerdo con Polonia no se especificó el género. Cuando menos se pensó había quinientas mujeres jóvenes y atractivas en un pueblo de tres mil personas, la mayoría mayores de sesenta años. Los hombres del pueblo quedaron trastornados porque casi pensaban que esas rubias de enorme pecho y grandes caderas solo existían en las revistas de desnudos que llegaban al kiosco cada mes y se agotaban rápidamente.
Para empeorar las cosas, las jóvenes venían de tierras frías y soportaban con dificultad los calores de verano mediterráneo, de modo que cuando una se quitaba la camisa para seguir trabajando en el campo todas las demás hacían lo mismo. Los rudos campesinos no podían creer que aquello fuera cierto y miraban el espectáculo con lágrimas en los ojos al contemplar tanta belleza junta, expuesta al viento, al sol y a sus ojos vírgenes de esas proezas de la naturaleza.
Ellas no se sabían tan bonitas, pero una vez que lo descubrieron dejaron de trabajar tanto y se dedicaron a haraganear por el pueblo con más frecuencia a ver qué pasaba. Y pasó lo inevitable: los viejos jubilados las invitaron a una copa o a un paseo en coche, les compraron regalos, les dieron dinero para mandar a sus hijos y esposos; y ellas resultaron bien agradecidas. Se dañaron tantos matrimonios del pueblo que las esposas organizaron un mitin contra el alcalde y le exigieron que el siguiente contingente fuera de hombres y de otros países.
Al llegar el contingente de Malí, procedente del continente africano, la calma regresó al pueblo. Todo el mundo estaba encantado con el cambio porque el sol ardiente les era indiferente a estos nuevos visitantes, y porque eran hombres que ni hablaban español ni parecían dispuestos a perder un segundo de su tiempo en cosa diferente de ahorrar dinero.
María fue una de las manifestantes, porque Juan Antonio, el fiel Juan Antonio, también había sucumbido a la belleza nórdica y por poco se va a Polonia tras su muñequita blanca al fin del verano. Pero no pudo evitar que la rival volviera seis meses más tarde, ya no como parte del contingente, sino como una viajera más de las miles que tomaban un bus en Europa del este y cincuenta horas después llegaban a España como quien visita a sus primos lejanos.
Habló entonces con ella y le hizo prometer que dejaría a Juan Antonio en paz, y así fue. Él de todos modos se sintió aliviado porque no se creía con energías para pasar otro verano demostrando con mucho esfuerzo una energía viril de la que ya carecía.
Cuando la polaca vio por primera vez a Alí, procedente nada menos que de la remota Timbuktú, se asustó mucho pues no había visto un negro en su vida hasta hacía poco y de todos modos nunca tan cerca. Luego lo observó con detenimiento y curiosidad no exenta de admiración femenina, mientras trabajaba en el campo. Se impresionó con la tonicidad de sus músculos abdominales, con la forma como le brillaba el sudor en sus brazos y su rostro, pero sobre todo con sus enormes y gruesos labios, que mordió con violencia a la primera oportunidad que tuvo. Fue tanto el trastorno, que se entregó sin las precauciones de siempre, y cuando regresó en la primavera dio a luz a la más bella criatura que jamás hubiera antes nacido en el pueblo.
Alirio fue el nombre que le pusieron al niño, aunque en el acta oficial aparece Ali. Ahora tiene diecisiete años y recorre el pueblo con aires de dueño, porque sabe que sus ojos azules enmarcados en el azabache de su rostro le abren todas las puertas. Así fue desde que era un bebé, cuando la polaca se lo dejó a María sobre el sillón de la sala, en una visita, aprovechando que la vieja calentaba café para ambas.
Dos años sufrieron María y Juan Antonio con el temor de que la madre regresara algún día y les quitara ese regalo que el cielo les había mandado en su vejez por tan extraños caminos. Pero el día en que se legalizó la adopción, al cumplir Alirio tres años, la pareja espantó sus temores y se dedicaron a verlo crecer y a gozar de su compañía.
Uno de los colombianos temporeros de los contingentes de suramericanos que siguieron a los de los africanos, decidió quedarse del todo en España porque Juan Antonio le ofreció un contrato para que administrara sus tierras. Una de sus tareas es enseñar a Alirio el trabajo del campo y el amor por la agricultura, de modo que él herede la ya próspera propiedad y no la venda para irse a la ciudad, donde Juan Antonio no cree que vaya a ser bien tratado por su color.
Pero el campesino andino habla tanto y con tanta emoción de los verdes campos que dejó atrás, que a Alirio se le ha creado una especie de mito sobre esas tierras lejanas. Fue así que cuando María le preguntó a donde quería ir como regalo de graduación de su bachillerato, si a Polonia o a Malí, él respondió sin dudar un segundo que a Colombia.
Ya ha planeado que cuando sus viejos no estén más en el mundo venderá la propiedad y se comprará una extensa hacienda cerca del mar Pacífico. Quiere emplear a cientos de esos campesinos afrodescendientes que le han contado están prácticamente muriendo de hambre en ese país a pesar de vivir en una de las tierras mas fértiles del mundo.
ARTÍCULOS RELACIONADOS
- 'El viaje del yagé' y 'Pobre entre los pobres'
- 'Trabajo de campo' y 'La fantasía del eterno emigrante'
- 'Los huesitos de Doña Marta' y 'Un barrio muy exclusivo'
- 'Cuando el problema te persigue', 'Extranjera nunca' y 'Milite hoy y viaje mañana'
- 'Contando billetes' y 'La boda'
- 'La espalda torcida' y 'Gracias al fútbol'
- Relatos de migración en Semana Santa: 'El Papá Noel', 'Nostalgias conyugales' y 'Los católicos en Salamanca'
- El Experto
- Las karatecas de Ávila
- Conversaciones en el locutorio
- 'Iberoamérica soy yo' y somos todos
|
|
Espacio disponible para publicidad
|
Autor de Relatos de Migraci