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Relatos de migración: destinos inesperados |

Foto: Mónica Zuluaga
Hoy en nuestros relatos de migración, la historia de un grupo de inmigrantes que abandonaron los estudios y encontraron mundos muy distintos.
Por David Roll, profesor de la Universidad Nacional
Incluidos en el libro 'Iberoamérica soy yo: relatos de migración'
Publicado por la Universidad Sergio Arboleda y la Universdad de Salamanca
Junio 5 de 2009
Estudio y Prosperidad
Ángela es una argentina que fue educada en su Rosario natal con una idea muy precisa de la relación entre esfuerzo, estudio y riqueza. Pero un día mandó al carajo sus estudios universitarios para irse a España tras de su novio y dedicó su vida a vender joyitas baratas en los mercaditos públicos.
En Madrid se reencontró con algunos amigos de la universidad que también habían emigrado, pero tras graduarse y con la excusa de hacer estudios de posgrado. Le encantaba reunirse con ellos porque el mundo de Carlos no terminaba de satisfacerla, y ella necesitaba alguien con quien hablar de arte contemporáneo, cine francés, literatura erótica y viajes exóticos, sus aficiones favoritas durante los tres años que estuvo en la facultad de Artes.
Ahora su arte era vestirse con cueros por todo el cuerpo, engastar piedritas baratas en las pulseras, regatear con personas de muy baja cultura, y disimular su insatisfacción ante amigos y parientes. Carlos se sacrificaba en esas reuniones de universitarios que organizaban los amigos de su mujer en Madrid, porque aunque se sentía fuera de lugar, y lo estaba, esos momentos le daban a Ángela unos ánimos de vivir que duraban casi dos semanas y revitalizaban en todos los aspectos su relación, un tanto deteriorada por su afición al hachís y por la diferencia de mundos mentales en los que ambos habitaban.
A esos amigos de Ángela, que vivían quejándose de lo mal que los trataban los supuestamente rudos locales (a Carlos le parecían encantadores y sinceros), también les gustaba lamentarse entre copa y copa de la precariedad de sus economías, aunque no por ello se privaban de hacer viajes dentro y fuera de España sin mayor propósito que el de contárselo luego a los demás. La mayoría vivía de becas o subvenciones familiares, pero para Carlos un viaje se justificaba solo si había una feria para vender algo; lo demás lo consideraba derroche. En ese punto particular las distancias con Ángela eran irreconciliables, dado lo cual había colaborado para que su novia se fuera a algunos de esos periplos inútiles con sus amigas con tal del no tener que hacer maletas.
Una vez lograron ponerse de acuerdo para ir a Marruecos, donde Carlos pensaba comprar mercancía para su mercadito callejero de bisutería, pero solo con pisar Tánger se olvidó de todo y se dedicó durante toda la excursión a consumir hachís, y por poco acaba la relación al final del viaje.
Ángela estaba tan enamorada de Carlos que resistió dos años esta situación, pero un día cualquiera, luego de un espectáculo de ópera en el teatro de la Zarzuela del que se retiró Carlos antes del intermedio, le anunció que se separaría de él y que regresaría a Rosario el siguiente mes.
Raúl, uno de los pocos amigos comunes que tenían, era un odontólogo gay de Puerto Rico que trató de mediar entre ambos pero no tuvo éxito. Una tarde, sin embargo, tras una terrible disputa con su propio compañero de vida, un detestable francés parásito y bastante infiel, decidió que si sus amigos se separaban él se quedaría muy desamparado si finalmente Jean lo dejaba, lo que parecía inminente. Los había conocido en el El Rastro, el popular mercado de pulgas madrileño al que iba cada domingo temprano sin falta, “a la cacería”, como solía decir él. Pero en la cacería de un domingo no logró ninguna pieza, sino que terminó adoptando a los dos vendedores de joyas baratas como si fuesen sus hijos. Esa adopción salvó a la pareja de ser expulsados del apartamento en varias ocasiones por falta de pago.
Raúl tomó una decisión, en medio de su desespero por perderlos. Jean lo había amenazado con irse a París ese verano y dejarlo solo en el viaje que ambos estaban planeando a la India, y como un acto de revancha por un lado y de amor a sus protegidos por otro, llamó a la agencia y negoció que le cambiaran los dos tiquetes en primera clase por tres en clase turística.
A Carlos lo convenció pintándole oportunidades de negocio con la importación de oro en pequeñas cantidades desde Goa, uno de los destinos del viaje. A Ángela no tuvo que persuadirla, porque conocer la India no solo era uno de sus sueños de viajes exóticos, sino el tope de sus aspiraciones de viajera. Sólo puso como condición que Raúl administrara las drogas que consumiera Carlos para que no sucediera lo mismo de Marruecos.
Carlos no tenía mucho dinero para comprar pequeñas joyas en el viaje, pero hizo algunos préstamos y se llevó todo lo que pudo. Convenció a los tres además para que no llevaran ropa, pues todos sabían que era baratísima en Calcuta, y llenó las maletas de los tres con un único producto, latas de coca-cola. Aunque sus compañeros de viaje se burlaron de él, Carlos les aseguró que obtendría una gran ganancia con esa “exportación”. Él les explicó que una ley de la India prohibía que se fabricaran productos en ese país sin que se revelara a las autoridades los secretos de la misma, por lo cual se cotizaba muy cara, ya que la importación masiva también estaba prohibida.
Y en efecto, sin salir siquiera del aeropuerto de Nueva Delhi vendió todas las existencias, a la asombrosa tarifa de 20 dólares por unidad. Como buen mercader que era se situó en una de las esquinas de la zona internacional a la que sólo tienen acceso los viajeros, e hizo una montaña con las latas. Inmediatamente llamó la atención de varias excursiones de norteamericanos, que lo rodearon pensando que era una publicidad para anunciar la llegada de la marca a la India. Las parejas mayores se retiraron indignadas cuando Carlos les dijo el precio, pero los adolescentes que iban en grupo, con un montón de dinero que no habían podido gastar en un país donde todo es tan barato, casi se disputaron el producto que añoraban tanto como a sus familias.
Raúl y Ángela disfrutaron enormemente juntos, compartiendo el placer de comprar ropa y dejándose fascinar por cada detalle cultural del país más exótico del mundo. Carlos, en cambio, se dedicaba solo a hacer cuentas de los precios de las joyas y a probar diferentes drogas alucinógenas, desconocidas en Europa, pero medido en sus dosis por Raúl. El odontólogo estaba encantado con el porte de los hombres hindúes y su piel canela, lo cual los metió en problemas a los tres en varias oportunidades.
En una parte del sur de la India que ninguno de los tres ha querido revelar, Raby, una joven conquista de Raúl, los llevó en un tren de cuatro horas de recorrido, y luego de otras tantas horas a pie, llegaron a una aldea remota de la que era originario Raby. Carlos fue a disgusto, pero Ángela estaba encantada de sumergirse en la India profunda a pesar de las incomodidades.
Sin embargo, fue a Carlos a quien primero le llamó la atención que en un pueblo tan pobre hasta los niños tuvieran adornos de oro en alguna parte del cuerpo. No terminaron de entender bien el motivo religioso o supersticioso de tal costumbre, pero sí supieron que en esa zona se explotaba aún la minería de oro a pequeña escala pero que casi no vendían lo obtenido para usarlos ellos mismos. Carlos le dejó la mitad del dinero llevado para inversión a Raby, quien le prometió poner en marcha una pequeña empresa para la explotación sistemática del sistema de aluvión tradicional en el pueblo, y se marcharon todos luego para seguir conociendo el país.
Los amigos intelectuales de Ángela nunca supieron qué había pasado para que sus amigos se volvieran ricos. La verdad fue algo imperceptible. Los dos novios decidieron darse un año de plazo más para la relación al volver de la India, luego de lo cual se casaban o se separaban. Al principio se limitaron a vender las pequeñas piezas de adorno compradas a los amigos de Raby, con una ganancia del 300 por ciento. Cuando se acabó toda la mercancía, Carlos y Raúl volvieron a la India, con el temor muy entendible de que Raby se hubiera perdido en el inmenso país con el pequeño capital que le habían dejado, pero al hindú ni se le había pasado tal cosa por la cabeza. No tenía mucho oro todavía, pero sí lo suficiente para recuperar la inversión y seguir extrayendo más. Y así, sin cambiar su estilo de vida para nada, con su mismo vestuario de cuero gastado y su pequeño puesto de ventas en El Rastro, los domingos, y en un paso peatonal los demás días de la semana, Carlos y Ángela siguieron vendiendo pequeños aretes de oro, cuyo origen a nadie contaron, pero que se hizo evidente de dónde eran cuando todos conocieron con el tiempo a Raby.
Cuando el negocio fue creciendo, la gran dificultad era que las autoridades de ambos países permitieran la exportación del oro sin pagar impuestos. A Ángela se le ocurrió ofrecer un viaje a la India a un precio muy barato para jóvenes recién graduadas de la secundaria en un periódico gratuito. Los viajes salieron muy bien, porque a todas se les pidió que llevaran joyas de souvenir en sus cuerpos, lo cual es permitido, y que las devolvieran en Madrid a cambio de una excursión adicional para todos a las islas Baleares, donde ellos alquilaban un hotel completo y desocupado en temporada baja para ese propósito.
Al final terminaron comprando el hotel y también una casa enorme en las afueras de Madrid, aunque siguieron viviendo un tiempo en el apartamento derruido en el barrio de Lavapiés, el cual también compraron por nostalgia al que había sido siempre su paciente arrendador.
Los amigos de Ángela empezaron a ver los cambios de la pareja cuando los invitaban a fiestas de cumpleaños de alguno de los dos, en las que todo era por cuenta de los anfitriones, en buenos y caros restaurantes. Cuando finalmente se pasaron a la casa en las afueras, los estudiantes de doctorado ya estaban terminando sus tesis y planeando regresar a sus países de origen en Latinoamérica, pero estaban casi arruinados. Las becas se habían acabado, y los fondos llevados también. Además, los familiares se cansaron de ayudarlos año tras año, recibiendo a cambio sólo postales de los más variados lugares de Europa y del mundo.
La casa de Carlos y Ángela se había amoblado con el perfecto y muy caro estilo de Raúl, pues aunque este ahora vivía en Estados Unidos con Raby, viajaba mucho a Madrid. Sus invitados de honor eran usualmente esos futuros profesores de las universidades públicas y privadas de toda latinoamérica, que habían despreciado tanto a Carlos por simple pero que, como señaló Raúl, parecían más bien refugiados de una catástrofe en ese decorado fastuoso de la casa.
Ángela y Carlos seguían vistiendo un tanto hippies, pero con cueros y adornos de primera calidad aunque no hacían ostentación de eso. Los amigos de Ángela en cambio daban pena en su vestuario, pues en cinco años prácticamente no habían renovado ni una pieza por dedicarse a viajar y comprar libros. Raúl no soportaba el cuadro. Verlos con las mismas chaquetas desgastadas en todas las reuniones le daba náuseas, y cuando comprobaba que tenían solo un par de zapatos y casi los mismos pantalones de oferta todos del hipermercado más barato de la ciudad, le era imposible disimular su desprecio. Había uno incluso que tenía uno de los vidrios de las gafas quebrado en una de sus esquinas y disimulado con cinta transparente.
Al año siguiente de haber comprado la casa, Ángela y Carlos decidieron dejar de trabajar porque los controles se estaban haciendo muy estrictos y ya tenían suficiente dinero, que habían invertido en Mallorca en turismo y producía sin ningún esfuerzo.
Iban a El Rastro de vez en cuando por pura nostalgia pero terminaron regalando el puesto a quien les había abierto el espacio allí en los tiempos difíciles. Además, la especulación inmobiliaria había hecho que su casa valiera una fortuna, así como el hotelito de las islas. Los estudiantes de doctorado amigos de Ángela se fueron marchando casi todos a sus países y ellos a veces los visitaban, tratando de disimular su asombro ante los pocos ingresos que tenían luego de tantos años de estudio en el extranjero.
Como no tenían más amigos pues los de Carlos eran totalmente itinerantes, de repente se sintieron solos y extraños sin el elegante Raúl y los intelectuales mal vestidos, y vendieron la casa y el hotel en el mejor momento de la economía, para marcharse de regreso a Argentina. Vivieron en una enorme hacienda varios años, donde Carlos descubrió que la ganadería era su pasión escondida, pero con el tiempo Ángela se aburrió de una vida tan carente de emociones y se trasladó a Buenos Aires con sus hijos, usando la excusa de darles una mejor educación, pero la verdad era que ella quería retomar sus estudios de arte.
Ángela y Carlos ahora son esposos del fin de semana, navidades y semana santa, pero no parece que el matrimonio se haya terminado. Continúan visitando a sus viejos amigos de Madrid que ya viven en sus países de origen. Los escuchan con paciencia cuando se quejan de cómo llegan difícilmente a fin de mes con los ingresos salariales en monedas devaluadas de sus vidas de profesores, pero no saben qué opinar cuando les hablan de ese mundo de intrigas por tonterías en que tienen que padecer en sus vidas universitarias.
Algunos de ellos han insinuado entre sí que la riqueza de Ángela y Carlos provino de la importación no de joyas, sino de drogas desde el Oriente Lejano, y continúan internamente despreciando la falta de cultura de Carlos. Él lo sabe pero no se molesta y los sigue tratando bien. Nunca ha entendido a los intelectuales, ni cuando era un pobre vendedor callejero ni ahora que es un rico hacendado, pero en cierta forma los estima sin admiración ni compasión, como a sus reses.
¡Estudiar para qué!
Ariel nunca quiso estudiar. Desde muy joven su padre había justificado su fracaso en la universidad con el argumento de que aquello era una tontería. Al principio Ariel quiso convertirse en el ingeniero que su padre no había podido ser y tanto su novia como su madre lo alentaron.
Pero terminó siendo más fuerte la admiración por el generador de su vida que el ejemplo de casi todos sus amigos y vecinos de clase media, para quienes la universidad no era una opción, sino una obligación y un privilegio imposible de despreciar. Para no sentirse solo, Ariel se rodeó de los pocos muchachos del barrio dedicados a la vagancia o el consumo de drogas y él mismo fumaba mariguana de cuando en cuando, y aunque la adicción no lo atrapó, sí le dio ese comportamiento cadencioso típico de los habituales a la hierba.
El nacimiento de su hijo, cuando Ariel tenía 17 años y su novia 16, fue la excusa perfecta para justificar un año más su negativa a cursar estudios universitarios. Su abuelo había tenido toda la vida un negocio de reparación de retroexcavadoras, el cual heredó su padre, lo que les permitía una vida holgada aunque sin grandes lujos, debido a que todas las ganancias posibles se invertían en las piezas de repuesto de las máquinas.
Ese era el patrimonio familiar que tranquilizaba a la joven madre y a su suegra, y el que permitía al padre de Ariel mantener a una amante sin que nadie le sacara en cara el no haber sido ingeniero, aunque habría podido serlo. Por fortuna, tanto él como su hijo heredaron la habilidad con las máquinas del abuelo y así Ariel pudo trabajar en la bodega familiar para ayudar a los gastos del bebé.
La familia de Ariel pudo haber sido más precavida, como hicieron otras familias de su nivel social, que dedicaron las ganancias de sus negocios en educar a sus hijos, evitando la dependencia económica de todos de una sola fuente de ingresos. Y sucedió lo que nadie esperaba: la bodega ardió como una antorcha durante tres días y fundió la herencia familiar de las piezas de recambio, dejando solo el terreno para comenzar de nuevo y algún otro pequeño negocio paralelo del que ir viviendo.
Ariel era muy consciente de que para esa época él ya debía haber avanzado en la carrera y veía cómo sus amigos de infancia tenían trabajos parciales calificados a pesar de no haberse graduado. La presión económica se hizo tan fuerte que se agriaron las relaciones de él y su familia con su joven esposa, y de no ser por el pequeño Santiago, ella habría sido expulsada de la casa del padre de Ariel sin contemplaciones. La única defensa de la muchacha contra los ataques familiares fue ir espaciando las relaciones sexuales con su esposo por venganza y por ausencia de verdadero deseo, lo que desembocó en agresividad de él contra todos, menos contra su hijo. No pasó mucho tiempo antes de que Ariel se convirtiera en un marido infiel, bebedor como su padre y consumidor de droga más habitual que antes.
Si su vida personal se derrumbaba, su mundo laboral fue incluso peor. Al principio debió trabajar con los competidores de su padre, quienes lo trataban bien, pero los demás operarios eran conscientes de la diferencia social con el hijo del patrón y se sentían incómodos. Pronto afloraron los resentimientos sociales que no podían exteriorizar ante su jefe o ante los hijos de éste, profesionales y distantes. Así Ariel se convirtió en el cabeza de turco de sus burlas y ataques: por su ropa bien cuidada, por el exceso de limpieza al abandonar los talleres y, sobre todo, porque era al único que lo recogía su padre cada tarde.
Ariel era simpático y trató de ganarse a los obreros. Dejó de entrar a la oficina del gerente y hasta descuidó la limpieza de sus uñas, lo cual le supuso un mayor rechazo de su esposa. Pero todo fue inútil y debió dejar el trabajo a las pocas semanas. Se quedaba en su barrio bebiendo cerveza o haciendo algunos arreglos a domicilio que le conseguía su padre muy de vez en cuando. Sin embargo era feliz en las tardes, cuando debía recoger al niño en la guardería y llevarlo de la manita hasta la casa, escuchando su perorata, en la que se mezclaban sin distinción fantasías y acontecimientos. Para su hijo, él era un ídolo y al tenerlo tanto tiempo para él poco le importó el que dejaran de llevarlo a restaurantes y a parques de atracciones.
El pequeño Santiago no sabía que en la casa todos estaban fraguando lo peor que él podía imaginar: separarlo de su padre por un largo tiempo. La hermana de Ariel se había casado con un europeo y todos habían tramitado la visa para ir a visitarla antes de que sucediera el incendio. Aunque se había vencido no fue difícil obtener una nueva, porque además tenía visa para Estados Unidos, porque en los buenos tiempos sus padres lo habían llevado a él y a su hermana de vacaciones a Florida. Como es de esperarse, tenía la imagen irreal del turista sobre la realidad del primer mundo; por ello, cuando su padre le sugirió que se fuera a trabajar a España, nunca imaginó las angustias que viviría por cinco largos años. Tampoco pensaron las autoridades de fronteras de los aeropuertos que aquel joven alegre, vestido a la moda con ropa de marca, tuviera intención de quedarse más allá del tiempo reglamentario.
Hay que reconocer que el dinero sí llegó en buenas cantidades desde el principio, porque Ariel era un migrante calificado que podía ayudar en el arreglo de máquinas de construcción. Él decía que era ingeniero y le creían porque dominaba la parte manual, pero nunca le pagaron como tal. Su dinero lo gastaba en algo de droga, vivienda, comida, y mujeres a veces, pero alcanzaba a enviar suficiente para tener a su hijo en un colegio de alta categoría y para que su esposa no fuera tratada como una intrusa inútil en la casa de sus padres, porque ni estudiaba ni trabajaba.
La verdad es que todos estaban contentos de haber encontrado una forma de solucionar al mismo tiempo, los problemas económicos de la parejita y el conflicto sentimental que había supuesto el fin del enamoramiento para ambos. Estando lejos, al principio ella creía que lo amaba todavía y recordaba con nostalgia sus mejores tiempos de bailes y caricias furtivas en el barrio; él, por su parte, la había idealizado en la soledad. Le gustaba salir alguna noche de juerga y emborracharse. Incluso ocasionalmente tenía alguna aventura sexual. Pero el recuerdo de su esposa lo hacía más dado a la práctica onanista que a la promiscuidad.
Santiago nunca entendió por qué se había ido su padre y era ya solo una voz medio llorosa en el teléfono que le prometía regalos inútiles. Su abuela y su madre le hablaban del papá como si fuera una especie de víctima del destino a quien hay que admirar, compadecer y agradecer por sus sacrificios. Así, Santiago no oía hablar de Ariel sino del pobrecito Ariel. El niño nunca admiró el que su madre comenzara a trabajar para mantenerlo en el nuevo hogar, por supuesto la casa del otro abuelo, y mucho menos era agradecido con tíos y abuelos. Su padre era su héroe incomprendido y los demás, que le daban todos los cariños y atenciones posibles, debían cuidarse de hablar mal de su padre so peligro de perder sus solicitados besos y abrazos o de ver borrada esa magnífica sonrisa que había heredado del padre ausente.
Nunca se supo cuáles fueron los motivos para el regreso de Ariel.
Él decía que no le gustaba estar en forma irregular y correr el riesgo de ser deportado, y que se había cansado de gastar cientos de euros en abogados sin haber conseguido sus papeles como asilado político. Con los años se descubrió que la bodega familiar fue incendiada por grupos al margen de la ley ligados aparentemente con la subversión, pero él no pudo probar la relación entre eso y su autoexilio a España. En verdad, a Ariel le sucedió lo mismo que a muchos emigrantes: se les hizo imposible adaptarse a una nueva forma de vida y a estar lejos de los suyos, sobre todo de Santiago. Todo se fue sumando, pero lo que desencadenó la decisión de regresar fueron los ruegos de Santiago los días de sus cumpleaños. El “qué diablos estoy haciendo aquí”, que acosa persistentemente a quienes han dejado sus tierras de origen, se apoderaba de él en esos días, hasta que no pudo resistir el estar perdiendo el crecimiento de su hijo, y ese mismo día le anunció que volvería.
El emigrante que regresa sin un capital importante para poner en marcha alguna empresa es considerado un fracasado. Pero a Ariel no le importó el “que dirán”, ni enfrentar a su padre, quien no aprobó su regreso. Más que a Santiago o a su esposa, lo que añoraba era esa vida de barrio en la que él se crió. Quería volver a tomar cerveza en la tienda de la esquina con sus amigos y ver agotarse la tarde hasta el momento en el que debía recoger a Santiago.
Sin embargo, las cosas no volvieron a ser como antes de su regreso, pues la ciudad y el barrio habían cambiado mucho en esos años. Sus padres ya no se hablaban y estaban al borde de la separación. Su esposa le confesó que al principio el amor por él había crecido con la distancia, pero que la ausencia había hecho estragos en sus sentimientos, y que ya había dejado de quererlo. Varios de sus amigos de farra habían perdido la vida o la libertad. Sus viejos compañeros del colegio y vecinos ya eran profesionales organizados en sus vidas familiares y laborales, por lo que apenas sí los podía ver y lo trataban con el gesto de conmiseración con el que se saluda a un par caído en desgracia. Era como si el tiempo se hubiera detenido para él solamente, mientras que el mundo entero había cambiado.
Lo único que seguía intacto para Ariel era su hijo, a pesar de la separación que sobrevino. Su amor era incondicional. Cuando por fin su padre regresó, él lo siguió mirando como una criatura frágil a la que todos atacan sin misericordia: la abuela, el abuelo, la mamá, los otros abuelos, los vecinos, etc. Incluso cuando dejó de contribuir a sus gastos, después de casarse con una abogada que lo protegía, él siguió defendiéndolo con persistencia y, hasta cierto grado, agresividad. El solo deseaba la compañía de su padre, y como ya no vivía con él, atesoraba los momentos que pasaban juntos en las visitas y los fines de semana como si fueran los últimos.
A pesar de todo, el antiguo emigrante reconstruyó su vida laboral sin grandes éxitos ni fracasos. Al casarse con la abogada pudo acceder a un estándar superior al que habría tenido en España y al fin pudo dejar el hogar paterno. Su nueva compañera de vida lo animó a estudiar ingeniería mecánica, después de lo cual planean tener hijos.
Santiago va camino de la adolescencia y es un buen alumno, a pesar de que escuchó muchas veces a su padre decir que el estudio no servía para nada. Siempre pensó que su padre volvería a irse sin motivo y si bien sus temores no se cumplieron, lo cierto es que fue espaciando sus visitas hasta no volver en días laborales y no lo llamó más para ayudarle con las tareas. Santiago debía pasar los fines de semana más con la familia de Ariel que con éste.
Lo recogía los viernes en la tarde, pero como lo invitaban a fiestas los amigos de su nueva esposa, lo dejaba al cuidado de la abuela hasta el día siguiente y se despertaba a medio día. Pasaba el resto de la tarde con él pero no hacían nada juntos pues él debía estudiar mientras el niño veía televisión. Otras veces se iba de paseo con sus suegros todo el fin de semana y llamaba para avisar que no podía recogerlo o que lo llevaran donde la abuela paterna, si él quería. Llegó un momento en el que a veces pasaban un mes sin verse y ya casi no sabían de qué hablar o qué hacer en los pocos momentos que compartían.
Nadie sabe exactamente que le pasó a Ariel con su hijo, a quien amaba tanto. Algunos dicen que fue un castigo a la ex esposa, pero es imposible imaginarlo tan cruel para eso. Sólo los que han sido padres saben que el temor de ser incapaz de proteger a los hijos, en esa tremenda fragilidad de los primeros años, es una angustia difícil de soportar.
Es probable que Ariel haya tenido que dejar de quererlo un poco para no sucumbir ante el sentimiento de impotencia de no estar a su lado y cuidar de él, y que luego no haya podido frenar el proceso. Ariel no tiene a quien culpar, pero siente que se rompió un lazo entre ambos sin que ninguno pudiera evitarlo. Con los hijos que espera tener en su nuevo matrimonio no quiere repetir la misma historia, pero sabe que nadie le devolverá esos primeros años de la infancia de Santiago que él pasó en España persiguiendo un sueño absurdo. El niño crecerá y quizá algún día le reproche el no haber intentado recuperar el tiempo perdido; por ahora, solo un dejo de tristeza en su mirada es el único acto de protesta.
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Yo deseaba hacer énfasis un poco sobre el contexto de las personas colombianas
que se ven forzadas a salir de Colombia por el conflicto armado que se vive. En
cierta forma estas personas han sido olvidadas por su paÃs de origen pero
acogidas por los paÃses de mayor recepción, que son Venezuela, Ecuador y
Panamá.
Estas personas están siendo atendidas (limitadamente), por organizaciones
humanitarias y bajo un proceso (lento) de formalización de su situación en un
segundo paÃs.
EspecÃficamente las personas colombianas que viajan bajo un estatus de Personas
con Necesidad de Protección Internacional - PNPI hacia Venezuela, parte de
ellas realizan el tramite de solicitud de refugio, otras se han limitando a
mantenerse en un nivel de invisibilidad ante el estado.
En Venezuela son tres estados o departamentos de mayor recepción de
colombia...