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Hoy en nuestros relatos de migración, dos historias: El emigrante VIP que descubrió que no hay nada como su país, y una familia pobre que emigró a pedazos pero para siempre. Por David Roll, profesor de la Universidad Nacional Incluidos en el libro 'Iberoamérica soy yo: relatos de migración' Publicado por la Universidad Sergio Arboleda y la Universdad de Salamanca El emigrante VIP En España hay emigrantes de emigrantes. Unos llegan para ser monarcas, pero otros alcanzan las costas en endebles barcas, atravesando el Mediterráneo con riesgo de sus vidas, y son discriminados por ser pobres. Algunos dicen que se debe a su color y su religión, pero en el sur de España viven otros emigrantes, que llegaron en yates privados, y que tienen el mismo color y la misma religión de los de las pateras, y no sufren discriminación alguna. Es más, todos son solícitos con ellos, empezando por algunos alcaldes locales, expertos en administrar el jet set. Joel es un científico de São Paulo que en algún momento fue uno de esos emigrantes que están a medio camino entre los emigrantes queridos, como la Reina Sofía, y los emigrantes discriminados, como la dominicana que fue asesinada por un policía en su tiempo libre. Joel había ido con un par de becas, la brasileña y la española, a hacer su doctorado, y logró pasar sus cuatro años como ciudadano de segunda clase sin llegar a ofenderse por algunos desaires, sino más bien agradecido por los muchos gestos de ayuda de que fue objeto por compañeros, profesores y amigos españoles. De todos modos volvió encantado a su país cuando acabó los estudios. A muy pocos contó que el profesor Uerba, apellido muy común en Brasil por cierto, lo había insultado en clase cuando le entregó un trabajo del doctorado, diciéndole que los latinoamericanos de mierda como él que se pensaban yendo a España a dar clases de física a los españoles. A pesar de esa y otras historias similares para Joel el balance había sido positivo y se olvidó del carechivo, como le decían todos al xenófobo profesor que había hecho su doctorado en Alemania por sus simpatías nazis. Por eso, cuando le ofrecieron volver a España por un año, como investigador invitado, no dudó en aceptarlo y se llevó con él a su esposa y a sus cuatro hijos. Una década atrás, ambos se habían trasladado juntos y recién casados a España, por lo que su esposa no estaba muy segura de querer volver a vivir las limitaciones que habían tenido que sufrir cuando eran estudiantes. Ella pertenecía a un nivel social más alto que el de Joel y, por tanto, el haberse ido a vivir a Madrid como una extranjera más había supuesto para ella un desclasamiento del que no se pudo olvidar nunca. Mientras que Joel había salido de un barrio casi popular y se había convertido en científico bien pagado con muchos años de esfuerzo y dedicación, ella había nacido y se había criado en el elegante barrio de Morumbi, donde algunos compañeros de clase llegaban al colegio en helicóptero. Cada día que vivió en Madrid, Flavia se sintió humillada por los locales, quienes no se hacen venias entre sí nunca y mucho menos a una emigrante latinoamericana por encumbrado que sea su origen. Joel, en cambio, en su ascenso social lento había sufrido en su propio país muchos agravios, sobre todo de la familia de Flavia. Por eso no le había dolido tanto que le dijeran “sudaca” o que le hablaran más fuerte de lo normal y con cierto desprecio, como en efecto les sucedía en los noventa a veces a los latinoamericanos, antes de que llegaran las oleadas de emigrantes y fuera imposible discriminar a tanta gente. Por todo eso, Flavia no se resignaba con la idea de volver a España, por más que Joel le insistía en que la situación no era la misma, porque ahora serían emigrantes VIP. Y así era al parecer. Había sido invitado por el Consejo Superior de Ciencia y Tecnología porque era experto en un tema específico que nadie en el laboratorio dominaba y pensaba que eso le daría cierto respeto entre los colegas. Además, sumando salarios y viáticos, sus ingresos sumarían tres o cuatro veces más dinero del que tenían cuando fueron estudiantes, con lo cual esperaban que su nivel de vida fuera similar al que tenían en Brasil. Finalmente Flavia aceptó viajar porque quería aprovechar su estancia para intentar hacer unos contactos para el negocio de moda que tenía en São Paulo. La primera decepción de Flavia fue que no llegaron a Madrid o a Barcelona, sino a una pequeña ciudad donde estaba el importante Centro de Investigaciones Físicas que lo había invitado y a un apartamento muy viejo y estrecho que le habían adjudicado. Ella había decidido dejar su enorme apartamento bien cerrado con tres llaves para regresar en cualquier momento, aunque Joel quería dejárselo a un profesor americano a cambio de no pagar nada en España, en un programa de intercambio de viviendas, pero ella se negó en redondo. Por eso debieron aceptar lo que el laboratorio les dio y todo comenzó entonces con dificultades. En el apartamento había pocos muebles y la calefacción funcionaba muy mal por lo que cuando empezó el invierno tenían que dormir con abrigos. Pronto se enfermaron todos y el seguro médico que les correspondía resultó sistemáticamente evasivo. Intentaron pagar medicina privada, pero no encontraron los especialistas en esa pequeña ciudad. Para complicar las cosas el ambiente en el laboratorio resultó el peor porque recientemente habían abierto unas plazas para profesores extranjeros y pensaron que él quería estudiar el terreno para disputarse una de ellas. Los españoles estaban alerta, pero mucho más un peruano y un argentino, que le hicieron la vida imposible, pero sin dejar rastros. Joel y Flavia intentaron que los niños no sufrieran, pero la adaptación al colegio fue muy difícil. Los tenían acostumbrados a grandes espacios y modernos edificios, y había un par de colegios así en el lugar, pero los cupos para estos ya estaban adjudicados y debieron ubicarlos en varios establecimientos viejos y sin jardines, en partes extremas de la ciudad, por lo que las mañanas y parte de las tardes se perdían en repartirlos y recogerlos. Los fines de semana trataban de entretener a los niños un poco, pero como no tenían automóvil la única opción eran los parques públicos, en los que soportaban muy poco tiempo por el viento helado y porque había más perros que niños y muchos excrementos. Los seis recordaban con nostalgia las comodidades que tenían en São Paulo y las mil posibilidades de entretenimiento: cientos de teatros, varios parques temáticos para niños y por supuesto la playa, no muy lejos de la ciudad. La pequeña, por ejemplo, quería ir al parque de Mónica, una mini-ciudad para niños, pero no había nada parecido donde ellos estaban. Durante los primeros meses esperaron a ser invitados a la casa de algún colega el fin de semana, pero nunca sucedió. Especialmente Joel confiaba en que sus compañeros de la época de doctorado, que ahora eran parte importante del laboratorio, tuvieran algún gesto con él, pero no fue así. Sabía que Miguel, con quien trabajó siendo estudiante en un importante proyecto en el que habían recibido un premio internacional, tenía una espaciosa casa con un enorme jardín, y pensaba cómo se divertirían sus hijos si los invitaran una tarde allí, pero nunca pasó tal cosa. En las cercanías de la ciudad en la que estaban vivía un joven político que había sido enviado a Brasil años atrás para ponerlo a salvo de las amenazas de un grupo terrorista. Joel lo había tratado como a un familiar, pues se lo había presentado una de sus mejores amigas, y le mostró en las dos semanas que estuvo en su casa de visita los rincones más interesantes de São Paulo e incluso lo llevó a la ciudad colonial de Paraty, a muchas horas de distancia, para que espantara sus temores. El agradecido ex concejal le envió varios e-mails al recién llegado Joel y una vez lo llevó a comer en el self-service de la alcaldía donde trabajaba, pero jamás lo invitó a su casa, a 45 minutos de distancia, ni le presentó a su familia, de la que le había hablado mucho. El emigrante VIP decidió alquilar un automóvil por dos meses para viajar los fines de semana y lo hizo en la agencia del familiar de una amiga española suya que trabajaba en São Paulo en el consulado. No pudo disfrutarlo porque tenía un problema serio en el motor, que el dueño de la agencia le ocultó e intentó cobrárselo a él. Joel llamó a la amiga, pero ella dijo que su pariente era incapaz de tal cosa. Él solo le pedía que llamara al agente para que lo dejara en paz, pero ella se negó y no volvió a pasar al teléfono. Joel pidió ayuda al jefe de bienestar del instituto, quien le había ayudado a obtener la invitación. Era el único de sus conocidos que se había preocupado por él, por lo que evitaba pedirle muchas cosas, pero estaba desesperado porque no le querían recibir el automóvil y cada día que pasaba la indemnización que le cobrarían podía ser mayor. Este lo envió a la oficina de un abogado cercano al laboratorio, pero este resultó un patán que solo deambulaba en el laboratorio para seducir a las pasantes extranjeras. Le dio malos consejos, lo trató como a un delincuente y se alió con la contraparte para darle información. Con esa acumulación de problemas y la vida social reducida a cero, Joel decidió enviar a toda la familia a Portugal, donde tenían algunos parientes, pues su abuelo también había sido emigrante, y logró que los acogieran mientras se acababa su contrato. Era en Coimbra y los niños podían ir con frecuencia a la Ciudad de los Pequeninos, algo parecido a su mini-ciudad de São Paulo. Además, hablaban portugués todo el tiempo y eso les daba mucha alegría, aunque el acento fuera diferente. A partir de entonces, Joel pasaba noches enteras en el laboratorio con tanta frecuencia que terminó mudándose a un pequeño cuarto con una cama que había en el sótano para los vigilantes en los veranos. Intentó devolver el apartamento para ahorrar el alquiler pero no quisieron dejarle cancelar el contrato. De todos modos, con tanta dedicación acabó muy pronto la investigación que le habían encomendado y escondió los resultados para entregarlos al final del periodo. En adelante se dedicó a haraganear todo el tiempo. Su principal placer eran las comidas que hacía en las barras de los bares, consistente en tapas de todas las variedades remojadas con vinos de diferente marca cada día. Comenzó a fumar para que no le molestara tanto el humo de los bares y hasta consumía hachís de cuando en cuando, pero no llegó a hacerse adicto. Entre comida y comida pasaba el tiempo en los locutorios, en los que Joel descubrió un mundo fascinante que le era hasta entonces desconocido: el de los emigrantes que no eran VIP. Encontró que en estos lugares estrechos y mal decorados, donde los extranjeros pobres acuden para llamar a sus parientes o consultar sus correos electrónicos, los latinoamericanos reproducen en rompecabezas incompletos la vida que dejaron atrás por motivos sobre todo económicos. Como varios de ellos son fundados por los propios emigrantes, algunos tienen pequeñas salas de espera donde los clientes pasan largos periodos conversando y tomando bebidas y alimentos importados de sus países, servidos normalmente por la esposa del propietario. Hay quienes solo acuden para hacer envíos de dineros por vía electrónica o para comprar tarjetas telefónicas y llamar desde sus casas, pero unos y otros terminan también refugiándose del frío y de la aburrición en ese lugar con cualquier excusa. Los hay también que solamente van allí para tener con quién conversar y lamentarse. Joel era uno de ellos porque, como otros emigrantes VIP, tenía comunicación permanente desde su oficina con cualquier parte del mundo y su esposa había traído tal cantidad de farinha, cachaça y guaraná que él mismo tendría con qué surtir un locutorio para brasileños. Lo que más llamó la atención a Joel fue el ambiente festivo que se vive en esos lugares en las tardes. Sean argentinos o mexicanos, guatemaltecos o colombianos, la regla general es que siempre están haciendo bromas y saludándose con efusividad, hasta el punto de que en general hay un bullicio tremendo que les hace difícil la comunicación con sus parientes a quienes están en las cabinas telefónicas hablando de sus pesares. Pesares sí, porque al principio Joel pensó que su vida de migrante era más afortunada que la suya por tanta alegría, pero luego comprendió que esa era la forma en la que exorcizan una de las experiencias más difíciles del ser humano: tener que vivir en un mundo ajeno al propio por necesidad o por error. Por error casi todos, porque ninguno sabía lo que le esperaba en ese viaje de autoexilio que es la emigración, como le había sucedido al propio Joel, a pesar de que su estadía fuera temporal y él se creyera un emigrante VIP. Los fines de semana que no iba a visitar a su familia a Coimbra, o que viajaba con ellos por el país de sus ancestros, Joel lo pasaba en las fiestas que organizaban las asociaciones de emigrantes, a las que terminó aportando todos los víveres nativos que le había dejado su esposa. Una tarde, mientras Joel preparaba caipirinha para una treintena de personas en una casa campesina en las afueras de la ciudad, comprendió que esa experiencia lo había devuelto a sus orígenes. Él nunca perteneció al mundo en el que se movía ahora en São Paulo y por más que se hubiera casado con Flavia y habitara en un barrio elegante seguía siendo un muchacho de barrio. Sabía que si su esposa estuviera con él nunca habría aceptado ir allí a celebrar el cumpleaños de la niña de una prostituta con personas como aquellas, dedicadas al servicio doméstico al igual que su tía Lorena, o a la construcción como su propio padre. La universidad pública gratuita le había permitido ascender socialmente y luego su matrimonio, pero siempre se sintió incómodo en ese mundo donde las personas se consideraban más importantes que otras por tener más ingresos, por hablar de cierta forma, por tener ciertos trabajos o estudios por ser hijos de alguien. Ese día se dio cuenta de que ser un ciudadano VIP era una tontería, aunque todo el mundo lo deseara. También descubrió que había perdido su capacidad para solucionar problemas prácticos. En su juventud había aliviado el calor de su familia sacando una línea clandestina de la torre pública para alimentar un aire acondicionado; así la abuela había prolongado su vejez muchos años más en medio de esos tremendos calores. Él mismo había enfrentado a los golpes a una pandilla que lo estaba extorsionando, mandando a dos al hospital y quitándoselos de encima para siempre. Ahora, en cambio, tenía que tragase su rabia frente a las injusticias del dueño del apartamento, del propietario de la agencia de carros, y de sus colegas del laboratorio. Se había vuelto legalista y pacífico, perdiendo su habilidad para dominar el mundo como cuando era un ciudadano no importante. Pensando en todo esto y luego de ocho caipirinhas, decidió que ya era hora de solucionar sus problemas al viejo estilo. En esa misma fiesta consiguió un plomero que le dañara el sistema de gas del apartamento y luego fue a denunciar al dueño al ayuntamiento, diciendo que la familia se había tenido que ir por problemas de salud. Para evitar una demanda, aceptaron que rescindiera el contrato y así se desquitó de los muebles que nunca compró el dueño aprovechándose de que él era extranjero. Con el de la agencia de automóviles resulto más fácil. Fue a su oficina, lo levantó por la solapa y le dio dos puños en el estómago de modo que no quedaran lesiones, y le dijo que si no le recibía el automóvil en ese momento y con la fecha del primer día en que lo devolvió, se daría cuenta de como se ajustan las cuentas en São Paulo. El hombre hasta le ofreció dinero, pero él solo quería lo justo, que no lo estafara. En el laboratorio estuvo más sutil. Envió la investigación que había concluido en secreto al concurso para el que aspiraban el peruano y el argentino y ganó la plaza. Los hizo rabiar hasta el último día, pero finalmente la rechazó porque de ninguna manera pensaba quedarse en ese país por mucho emigrante VIP que fuera. Regresó a Brasil con su familia al acabar el contrato y dejó de frecuentar a sus suegros para recuperar la amistad con los amigos de su barrio. Se volvió alérgico a las preferencias de todo tipo y a los restaurantes caros. Nunca volvió a ir al estadio a silla numerada y retiró a sus hijos del colegio bilingüe en el que se había educado Flavia. Con el dinero que ahorraba en ello los enviaba cada verano de intercambio a Estados Unidos, donde aprendieron más rápido que sus ex compañeros el idioma y donde tuvieron la experiencia de vivir en varias clases sociales como emigrantes temporales. El regreso de todos modos no resultó tan dorado. São Paulo es una ciudad muy difícil y peligrosa y la competencia entre profesionales es muy agresiva. Durante su ausencia sus compañeros lograron quitarle el cargo directivo que tenía, lo que bajó su salario pero le dio más tiempo para investigar y para dedicar a sus hijos. No por entender que los privilegios sociales son algo accidental de lo que no se puede abusar dejó de disfrutarlos. Es más, se dedicó a recorrer con entusiasmo de nuevo rico los lugares de esparcimiento de la ciudad y sus alrededores, como si nunca en la vida hubiera tenido automóvil para ir o dinero para visitarlos. Una tarde sin embargo, regresando de su viejo barrio, él y todos sus hijos fueron secuestrados por 24 horas, mientras vaciaban sus cuentas de ahorro y su apartamento. Joel sabía que con el seguro recuperaría todo pero se prometió a sí mismo dejar el país a la primera oportunidad. Ya su esposa había sido víctima de varios hurtos y a un primo suyo lo habían asesinado en un asalto, pero esto era la gota que rebasó la copa, porque temió todo el tiempo por la vida de sus hijos. Se maldijo a sí mismo por haber dejado España teniendo una buena oferta de trabajo y hasta se arrepintió de haberse dejado sugestionar por los emigrantes del locutorio, quienes le habían asegurado que si ellos tuvieran el nivel de vida de él en sus propios países por nada del mundo habrían emigrado. Recuperada la libertad y pasado el susto, Joel se mantuvo firme en su decisión de irse del país en cuanto pudiera. No podía arriesgar a su familia por la idea romántica de que no ser extranjero era uno de los mayores lujos que puede darse un hombre en el mundo contemporáneo. Envió solicitudes a varios institutos europeos y americanos, sin avisar nada en su trabajo ni a su esposa. De hecho puso como remitente la dirección de su casa para no levantar sospechas si recibía alguna respuesta favorable y evitó mandar por vía electrónica ninguna petición porque en su instituto había un hacker que los vigilaba a todos, auque nadie sabía cómo. A pesar de su decisión, Joel comenzó a sentirse menos seguro de ella pasados los meses y más apegado al bienestar que disfrutaba en su caótica ciudad. Le venían recuerdos de cuando había sido un emigrante VIP y le aterraba la sola idea de regresar a vivir en una tierra ajena a la suya, con costumbres y formas de relacionarse tan diferentes, y donde siempre iba a ser uno que vino a quedarse.Un día su esposa le dio un sobre que venía a su nombre y cuyo remitente le había llamado la atención porque parecía alemán. En efecto, era una carta en la que le anunciaban su selección como nuevo integrante del tercer laboratorio más famoso del mundo en su especialidad, en Hamburgo. A él le extrañó porque no sabía alemán, pero al parecer su currículo pesó más y lo invitaban a desplazarse ese mismo mes para firmar un contrato por diez años, prorrogables por otros diez, luego de lo cual prácticamente estaría jubilado con una pensión en euros, con la cual viviría como un pachá en Brasil el resto de su vida. Su esposa lo notó tan pensativo mirando la carta que le preguntó –O que é isso, algum convite? Joel permaneció en silencio. Mientras miraba la carta se imaginó a sí mismo esperando con paciencia esos 20 años para regresar a su país a disfrutar de todo lo que en ese momento tenía a sus disposición y extrañaría todo el tiempo: su viejo barrio, el grupo de amigos de fútbol, el carnaval, los rodizios, el teatro en portugués y los bailes en la playa con queso minero al carbón y pescado frito. Se estaba consolando un poco pensando en que en Hamburgo también habría locutorios de latinoamericanos donde desahogar las nostalgias, cuando Flavia volvió a hablar: –Joel, é alguma má noticia? Joel siguió en silencio, pero luego dobló la carta y el sobre, y los rompió. –Não, só publicidade, como sempre. Y tiró los papeles rasgados en un cenicero. El nombre artístico La primera que vino fue Natalia, más conocida como Jennifer, su nombre artístico, claro. Había nacido en Cúcuta, una ciudad colombiana fronteriza con Venezuela y de hecho su madre era venezolana y su padre colombiano.
Con mejores contactos, la bella Natalia, con su cinturita de avispa y sus bien dimensionados senos, además de un rostro radiante, hubiera podido hacer carrera como modelo o reina de belleza en el país de su madre, donde existe toda una industria dedicada a convertir niñas en miss universo. Pero no fue así y cuando se dañó el comercio en la frontera, ella y muchas de sus amigas tuvieron que emigrar a otros países para lograr su sustento. La mamá de Natalia estaba convencida que cuidando viejitos era que ella le había mandado toda esa plata para pagar las deudas y el pasaje, lo cual en el fondo no era del todo falso. El problema vino cuando un día llamó a su casa. Los que estaban en el locutorio la vimos abrir unos ojos como de sapo toreado.Ella entreabrió la puerta de la cabina y puso el altavoz del teléfono para que todos escucharan: – Mija, como a usted también le está yendo tan bien, le voy a mandar a Ernesto. – Mamá, cómo me va a mandar a Ernesto si Ernesto es un vago y muy recostado. – Ah, no mija. Yo ya no me lo aguanto acá y si a usted le ha ido tan bien por allá ¿cómo será a mi Ernesto? – Mami, no me vaya a mandar a Ernesto que yo no tengo donde recibirlo acá. – Pero si a usted le está yendo muy bien allá y usted conocerá mucha gente. – Ay, mamá. Usted no se imagina la gente que yo conozco. – ¿Cómo así, de qué me está hablando? – No, no. Está bien, mándeme a Ernesto, ¡qué vamos a hacer! – Llega el lunes. –¿Cómo así que el lunes mamá? –Sí, el lunes. – ¿Y los pasajes y la visa, ya la consiguió? – Hace como un mes, pero es que le queríamos dar la sorpresita. – Bueno mamá, voy a colgar ya para ver quién me remplaza para poder ir a recoger a Ernesto. Chao. – Mija, ¿quiere que le mande algo? – No mamá. Ya con lo que me mandó es más que suficiente. Con el tiempo llegó Ernesto. Ernesto no tiene ningún diploma, como su hermana, porque jamás terminó el bachillerato. Pero eso no importó porque a Natalia ni le preguntaban si era bachiller ni mucho menos le iban a mirar los diplomas de honor que le habían dado en el colegio. Ernesto tardó como una o dos semanas para enterarse de que alrededor del locutorio había unos sitios que llamaban whiskerías, dedicados a la prostitución. Y también, al final de dos semanas, por más que se lo intentaron ocultar, descubrió que esos locutorios eran los sitios donde se reunían la mayor parte de las personas que trabajaban en los prostíbulos de la zona. Empezó entonces a seguir a las muchachas hasta que finalmente se dio cuenta de que su propia hermana trabajaba en una de estas whiskerías. Ella entonces le dijo a su hermano: – Ernesto, no le vaya a contar a mi mamá. Que yo no quería hacer esto, pero me tocó. Por favor no le vaya a contar a mi mamá que esto es horrible para ella. Y Ernesto le dijo: – No mija. Tranquila hermanita que yo no le voy a contar a mi mamá. Pero eso sí, no me ponga a trabajar que usted sabe que a mí no me gusta trabajar. – Cómo así Ernesto, ¿usted quiere que yo lo sostenga? – Ah, usted verá. O usted me tiene aquí en su casa bien vestidito, bien alimentadito, o yo me zafo con mi mamá. A ella le pareció muy descarado su hermano, pero no tuvo ninguna opción. Sentía mucha vergüenza por lo que hacia y no quería que su mamá se enterase. Así fue como Ernesto se convirtió en una especie de mantenido de ella. Lo llevó al locutorio y lo relacionó con todo el mundo para que le consiguieran trabajo, pero él lo único que hizo fue conseguirse novias. Bien vestido y con una sonrisa grande que tenía y una piel morena muy llamativa, se volvió rápidamente el favorito de las compañeras de su hermana. La única ventaja para Natalia fue que como ellas le daban regalos, con el tiempo ni siquiera dependió ya de ella, pues se convirtió en una especie de gigoló. Pero cuando por fin su hermana ya estaba descansando de habérselo quitado de encima, su mamá la llamó y le dijo: – Hija, yo no me aguanto más a su papá en la casa. Yo se lo voy a mandar. – Mami, por favor, ¿qué me va a mandar a mi papá acá con la edad que tiene? ¿Yo qué voy a hacer con él? – Ah, usted verá. Él es su papá y ya va para allá la otra semana, usted verá qué hace con él porque yo aquí no me lo aguanto más. Finalmente llegó el señor y aunque ella lo instaló en su apartamento, no le dijo nada de su trabajo. Pero era un problema cada vez que llegaba un cliente fijo a recogerla. Del primero que llegó dijo que era su novio, y de los otros que eran amigos, hasta que el papá le dijo un día: – Mija, yo creo que ese novio se le va a poner bravo. Si yo fuera novio suyo yo no dejaba que usted saliera con tantos otros. ¿Cómo así que sale con uno y sale con otro…? Va a perder ese novio por descuidada. Mejor cuídese un poquito. Y cuando oían estas quejas las señoras y los clientes del locutorio, todo el mundo se moría de la risa. Y es que al locutorio la gente va a llamar, pero también van a tomar bebidas de su país natal, y por supuesto a enterarse de la vida ajena, además de desahogarse de las penas que supone la migración y la lejanía de la familia. Por supuesto el padre terminó enterándose, porque su hija se llamaba Natalia Pérez Rodríguez y él muy orgulloso entraba al locutorio a preguntar: – ¿Dónde está Natalia? – ¿Natalia, cuál Natalia? – ¡Pues Natalia! – Nosotros no conocemos a ninguna Natalia. – Sí, una que vino aquí hace media hora y salió no hace ni cinco minutos. – Ah, usted se refiere es a Jennifer. – ¿Cómo así que Jennifer? No, no, ella no se llama Jennifer, se llama Natalia. –Ah, no. Pero aquí se llama Jennifer. Y por ahí se fue dando cuenta de que Jennifer era el nombre artístico de su hija. Al principio la pelea fue muy fuerte y después el señor entendió que su hija no tenía otra opción, o que esa era la más fácil para todos. La última en llegar fue la madre, dos años después. Los regalos que le había mandado durante todo ese tiempo y el nivel de gastos que le permitió su hija fueron suficientes para que ella terminara aceptando la situación. Pero nunca admitió públicamente que su hija se dedicaba al oficio de la prostitución. Con todo el mundo lo disimulaba, y hasta en el mismo locutorio, donde todo el mundo lo sabía.Afortunadamente para su hija, con el tiempo la madre consiguió trabajo fijo y el padre, algunos trabajos ocasionales. Sin hermano ni padres para sostener ella logró comprar una casa en su país de origen y está ahorrando lo suficiente para regresar algún día a Colombia o a Venezuela. Ese día no se sabe cuándo será y tampoco está muy claro que ella pueda cambiar de oficio. Pero la familia en pleno sigue viviendo con la ficción de que es una cuestión temporal. ARTÍCULOS RELACIONADOS
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Hoy por primera vez tuve la oportunidad de leer tres articulos sobre los relatos
de la inmigración. Uno sobre el brasilero cientifico, otro sobre la niña de
Cucuta y el ultimo de un judio que se quedo en Colombia. Quiero darle las
gracias por que los articulos a David Roll, profesor de la Universidad Nacional,
por su limpia redacción, unas historias reales y super interesantes. La
historia del brasilero la conozco muy bien, yo tuve una novia de una cientifica
brasilera y el paralelo es casi identico. La historia de La niña de Cucuta es
muy común y hasta comica.
En fin, lo que quiero dejar saber es que casi todos los emigrantes alcanzamos
siempre una cuota de dolor (por las diferentes clases de infortunios que
encontramos en ese recorrido, unos mas otros menos)
Y lo contrario, no hay nada mas bacano, como poder sentarse en una mesa en su
propio pais y tomarse un café en paz. Pero...