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Llegamos al final de nuestros relatos de migración. Disfrute hoy de nuestro último relato, sobre un inmigrante libanés que se hizo colombiano por amor a una mujer. Por David Roll, profesor de la Universidad Nacional Incluidos en el libro 'Iberoamérica soy yo: relatos de migración' Publicado por la Universidad Sergio Arboleda y la Universdad de Salamanca El viaje en barco desde Líbano hizo de Haim un hombre nuevo. Solo tenía 17 años, pero se sentía liberado de una pesada carga al abandonar a su autoritario padre y a sus hermanas dominantes. No tardó en hacer amistades entre los demás emigrantes, de modo que cuando descendió en Buenos Aires ya había consolidado un grupo de amigos. A pesar de ser pobre, se le permitía, como a muchos muchachos de su mismo origen y condición, visitar el club sirio-libanés de Buenos Aires, fundado por los primeros inmigrantes de esa colonia francesa, tanto cristianos como judíos y musulmanes. Los jóvenes aventureros de aquellos parajes, que habían dejado atrás sus hogares con poco pesar y menos conciencia, se reunían cada domingo en la sala de fumadores del club para armar sus cigarrillos con tabaco comprado colectivamente, tomar el café gratuito que se facilitaba ese día, leer la prensa nacional y extranjera, y estar al acecho de alguna extraordinaria oportunidad de cambiar de estatus social sin complicaciones. En 1923, 10.000 dólares no eran poca cosa, y pronto se difundió la noticia entre todos los bebedores de café gratuito: el Touring International Club ofrecía tal cantidad al primer andarín que lograra llegar a Nueva York desde Buenos Aires por tierra. El trópico no perdona y la selva menos. Todos los ambiciosos andarines murieron en el viaje, y Haim por poco perece de fiebre. Pero ¿cómo llegó este libanés de Buenos Aires a Medellín, si todos murieron en el viaje? No se sabe. Se conoce que Haim conoció a una “otra”, como le dicen los judíos a las que no son de su religión, en un tren de largo recorrido. Ella pertenecía a una familia acomodada de Medellín que a cada fin de año pasaba las vacaciones en el mar Caribe. Lo hacían sistemáticamente, como un símbolo de estatus social, a pesar de la molestia que les significaba tener que exponer a las jovencitas a las miradas de los demás pasajeros del tren. Y sucedió que el judío se enamoró perdidamente de la joven antioqueña, con solo verla, y tras intercambiar unas pocas palabras con ella logró obtener sus datos en Medellín. El judío había llegado a Colombia pobre y seguía siendo pobre entonces. Las colonias sirio-libanesas eran escasas y estaban casi todas concentradas en el Caribe. Por eso él se dirigía a Barranquilla con el doble objetivo de encontrar trabajo e investigar la posibilidad de continuar hasta Panamá. El concurso ya había expirado, pero él mantenía la ilusión de llegar y comunicárselo a la prensa. Imaginaba el recorte de The New York Times guardado en un sobre plástico, viajando de generación en generación. Muy pronto Berta volvió a tener noticia del judío del tren. Apareció una tarde cualquiera, y decidió cortejarla como vio que entonces se hacía en Medellín, con zalamerías y miradas audaces, enviadas unas y otras a través de una ventana con rejas que daba a la calle. Nueva York como meta quedó atrás. De Barranquilla solo se había traído una recomendación de un sirio cristiano, que le permitió un trabajo de contable en un negocio de electrodomésticos en Medellín. Muy poco para empezar una familia, pero la decisión estaba tomada. Haim no quería renunciar a su religión para poder casarse, y aunque sabía que en estricto sentido el judaísmo se transmite de madres a hijos, confiaba en mantener la tradición a pesar de que su futura esposa fuera gentil y sabiendo que ella no deseaba hacerse judía. El código canónico católico permitía, y permite aún, el matrimonio mixto, esto es entre un cristiano y un miembro de otra religión “del libro”, pero había ciertos trámites, nada menos que una autorización del Papa. Y esta tardó mucho en llegar. Semana tras semana Haim preguntaba por la dispensa y aprovechaba para visitar al obispo, del que había logrado hacerse amigo, con la promesa de enseñarle hebreo y desaburriéndolo de su monotonía con las increíbles historias de su vida de andarín. Pero la dispensa no llegaba y el deseo lo consumía. Un día Haim llegó hecho una furia al despacho obispal, con los ojos inyectados en sangre, por el alcohol, la abstinencia y cierta sospecha de que la familia de ella había urdido una conspiración con el obispo para alejarlo de su amor. Con toda solemnidad se dirigió a su amigo, al que desde hacía varias tertulias lo llamaba familiarmente por su nombre, y le dijo: “su excelencia, si en dos semanas no llega la dispensa, me voy a vivir con Berta”. Milagrosamente, porque el correo intercontinental en esa época no tardaba menos de tres meses, la dispensa llegó 15 días después, el último día del plazo señalado. Muchos pensaron que el cura Barrientos, como le decían en Medellín al buen hombre, aun después de su ascenso al obispado, tenía guardada la dispensa mientras a Berta se le pasaba el embeleco por el judío. Pero hay otra teoría según la cual él ya tenía la famosa dispensa en su poder, o tenía el poder de darla por delegación. Se decía que la estaba guardando para prolongar sus charlas con Haim cuanto podía, porque el cura había vivido en Roma muchos años y se moría de aburrimiento intelectual, al no poder departir con los bohemios de la época. La imparable lengua de Haim le generaba un placer consolador porque le hablaba de lugares fascinantes y llenos de peligros que le recordaban sus lecturas juveniles de Salgari. Además, la enseñanza del hebreo le había abierto las puertas a una nueva concepción de su religión, que si bien lo había hecho un poco menos católico-romano había intensificado en él sus creencias y su vocación. Haim se volvió colombiano, aunque no por mucho tiempo. Cuando estalló la segunda guerra mundial se las arregló para llegar a Estados Unidos y trató de vincularse sin éxito en el ejército francés de resistencia, ya que era portador de un pasaporte francés. Pero en ese año se impidió zarpar de ese país a los barcos franceses que combatirían a Hitler, porque Estados Unidos no estaba en la guerra aún. Haim pasó varios meses en Nueva York sin encontrar ni huella del Touring International Club del concurso de andarines, y rumiando los días con impaciencia, esperando un hecho que le permitiera seguir el romance con la muerte que había iniciado al lanzarse al mar a los 17 años y que había continuado al retar las selvas suramericanas. Pearl Harbor se lo dio, pues pocos días después del ataque japonés se les permitió embarcarse a los ciudadanos franceses de Europa y a los franceses de colonias se les invitó a alistarse en el ejército estadounidense. Haim se convirtió así en un ciudadano de los Estados Unidos de América. Al parecer Haim fue rápidamente vinculado al servicio de contraespionaje, debido a que dominaba varios idiomas y dialectos e imitaba muy bien los acentos regionales. Al terminar la guerra, como era libanés y dominaba el español, el árabe y el francés, resultó ser el espía perfecto para una misión peligrosa en Panamá: salvar el canal de ser destruido por una célula comunista, creada para tal fin después de la guerra. Dice el relato familiar, que en alguna medida puede ser leyenda, que los encargados del atentado terrorista eran en su mayoría libaneses y sirios, por lo cual no resultó difícil infiltrarse en la red. Un día, alguien descubrió que se habían perdido unos documentos de la organización y decidieron por unanimidad que una vez detectado el espía, sería ejecutado de inmediato. Para evitar la huida, porque sabían que era necesariamente uno de ellos, acordaron todos ir juntos a una zona selvática, lejos de la base militar norteamericana. A las cuatro de la tarde llegaría un mensaje con la información de cuál de las familias de ellos había sido desalojada por el ejército estadounidense y esa sería la señal indiscutible. En efecto Berta y sus niños fueron rescatados en una operación rápida y precisa, pero eso no fue lo que delató a Haim. Poco antes de las cuatro de la tarde Haim comenzó a sudar mucho por el excesivo nerviosismo en que se encontraba y se hizo evidente quién era el espía. Fue apresado entonces por los de la célula y llevado al campo para ser ejecutado. Al parecer, cuando iba a ser empujado por un abismo, alcanzó a agarrar a uno de ellos por la solapa, cayendo los dos al vacío, pero amortiguando el uno la caída del otro. Así, de forma milagrosa Haim se salvó de la muerte nuevamente y logró internarse en la selva, herido en una pierna, pero sin ser alcanzado por sus perseguidores. Valiéndose de los conocimientos que había desarrollado en su juventud en la selva venezolana, Haim logró sobrevivir durante tres días con sus noches, hasta que los indios cunas de la región lo rescataron y logró llegar a salvo a Nueva Orleáns. En esta ciudad, con una humilde pensión de veterano del ejército, porque sus nervios quedaron destrozados tras el incidente, vivió con dificultades varios años con su familia, que creció hasta completar nueve miembros. Cuando los hijos mayores decidieron ir a vivir al país de su madre, él también regresó con Berta y los más pequeños. Haim murió con poco más de cincuenta años por culpa del tabaco, sin haber regresado al Líbano y sintiéndose profundamente colombiano, a pesar de que sus pasaportes francés y estadounidense decían otra cosa. ARTÍCULOS RELACIONADOS
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Quiero que me informe si mi texto en donde relato varios personajes, Usted
conoce de ellos, pues asumo que Usted es hermano de Charles, quien fue mi gran
amigo en el Colegio Calasanz. Por tanto que bueno que Usted me diera su
direccion para contactarme con el.
Em Medellin, estoy a la orden para todos Ustedes.