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Mi cocina queda en Hyeres
Yo lo dejé todo por amor. Con seis meses de embarazo cogí un avión para reunirme con mi esposo que en adelante será llamado “El Francés”. Una maleta de ropa de embarazo. Una maleta de ropa para bebé. Lo dejaba todo: familia, amigos, trabajo, secretaria, mensajero, carro, secador de pelo, colección de cajas, álbum de fotos… todo era todo. El malestar del embarazo, la felicidad de tener un bebé, estar por fin con mi esposo después de una relación a distancia de casi 4 años, no me dejaban ver lo que mi decisión implicaba. Yo debía empezar de nuevo. Reinventarme. Como cuando Madonna cambia de look Ella tiene a su favor cincuenta personas que le ayudan en esa tarea. Yo debía hacerlo sola. Sola. Y con una variable auto impuesta: ser feliz, aprender a ser feliz para enseñarle a mi hijo a serlo.
Meses después de que el niño naciera, desperté a una nueva realidad: era mamá, extranjera, inmigrante, esposa, ama de casa. Estaba lejos de dominar el idioma. El trabajo de mi esposo implicaba misiones fuera de la ciudad de días o de meses. Debía integrarme a una nueva familia que incluía suegra, dos hijastros, la ex-esposa y su nuevo marido. Y como si esto no bastara, tenía que dominar un país tan complejo como Francia. Su cultura. Aprender a vivir en un pueblito después de vivir toda mi vida en Bogotá. Enfrentarme a la discriminación. A mis prejuicios y a los de los demás. Pasar del tercer mundo al primero.
Por eso empecé a escribir. Primero hice un pequeño blog que compartí con mis amigos: http://instantaneasinmigrantes.blogspot.com/ y ahora pruebo suerte en Conexión Colombia con:”Mi cocina queda en Hyeres”, un blog que compila las conversaciones inútiles con una tía a la que trato de explicarle, sin éxito, como vive una mamá, ama de casa, inmigrante y colombiana en el sur de Francia.
Uno se va. Cambia. Se adapta. Se hace una armadura. Escoge que olvidar y que recordar. No piensa en muchas cosas. Adquiere hábitos. Nuevas manías, vicios y costumbres. Se da permiso de seguir haciendo algunas cosas a la colombiana. A veces pone a Carlos Vives. A veces lee los periódicos por Internet. Pero uno sabe que para que la tristeza no gane, esas cosas no deben ser el centro. Entonces arma en el corazón un compartimento, donde guarda todo eso que uno era. No deja de ser, pero deja de estar.
Pero un día vuelve y todo lo que ama, lo que odia, lo que adora, lo que no sabía que extrañaba lo atropella. Lo acosa. Lo abraza. El viaje se vuelve un revuelto de emociones que van de desde el dolor de muela hasta el éxtasis pasando por la alegría, la nostalgia, la pena. Maldita sea. ¿Cómo es que puedo vivir sin el jugo de curuba? ¿Cómo es que puedo pasar meses sin conversar contigo? ¿A qué horas se crecieron estos niños? ¿Por qué diablos no pasan por la cebra? ¡No, no me pongas noticieros colombianos! ¿Se acabó La Piazzeta? ¿Te acuerdas de ese almacén que quedaba en la esquina? Lástima, cambiaron el menú. ¿Ya no viven ahí? ¿En serio? ¡No, qué injusticia!
Percibe el cariño firme a pesar del tiempo y la distancia. El peso de sentirse abandonado. La carga del que se queda. La incertidumbre del que queriéndose ir no lo ha hecho. La envidia de los que están convencidos de que afuera todo es mejor. La pereza de volver a quererse para tener que despedirse. Otra vez. No me acordaba que te quería tanto.
Uno vuelve y narra su cuento. Donde vive. Cómo. Qué hace. Repite anécdotas. Trata de explicar eso que aún no ha entendido. Que es lo mismo pero diferente. Que no es mucho más feliz. Que allá, en el nuevo hogar que trata de construir, también le da gripa, también hay que subir el mercado, también se aburre, también se cansa. Compra artesanías que nunca habría volteado a mirar si viviera en Colombia. Arma su maleta y se va. Otra vez. No me acordaba que te extrañaba tanto.
Sacar una foto de Bogotá. Una muy buena. Una que la describa, que la represente, que la merezca. Una foto que no caiga en el cliché, ni en la porno miseria, ni en el falso lujo de los yupies del tercer mundo, ni en el facilismo de los edificios de ladrillos anaranjados sobre las montañas, “más cerca del cielo”. Una foto que le haga justicia, ciudad grande, absurda, infinita, siempre en obra, siempre en movimiento. Ahora que vuelvo te entiendo más, te quiero más, te temo más. Yo no te quiero perfecta, ni inmaculada, ni virgen. Yo te amo así: con historia, con pasado, con mancha. Y sigo pensando en la foto. Pasan frente a mí los niños de algún jardín, agarrados unos a otros de sus delantales de cuadritos para atravesar la calle, mientras una volqueta pita enfurecida, esperando agilizar su paso. Un payaso promociona algún almorzadero y se acerca para saludar a mi hijo. Hordas de mujeres que usan pantalones una talla inferior a la de sus caderas. Yo busco y busco. El chontaduro para el amor. 100 gafas oscuras para la venta sobre un plástico amarrado a un poste. Un millón de personas que sale de las oficinas para almorzar a medio día. Otro millón que calienta lo que trajo de la casa. Edificios coloniales, republicanos, constructivistas. Casas que crecen un piso cada vez que hay con qué. Antiguos cinemas que hoy son centros de culto. Perros callejeros. Parques. Grafitis. Vallas políticas. Bibliotecas. Parques. Domingo de bicicleta, pincho de caballo y mazorca negra. Pasto verde. Copetón. Paloma. Tomo y tomo fotos. Nada. Parecen pedacitos de un espejo roto. Tal vez deba desistir. Ingenua yo reducirte a una foto.
Plaza de mercado generosa llena de olores y colores. Comer mandarina mientras escojo las frutas. Regatear. Conversar. Comentar. Buenas vecina. Lleve la docenita. Sólo con entrar siento hambre, ganar de cocinar, de comer. Mundo imperfecto y mágico. Regalo de la tierra. Alverjas desgranadas que nunca estarán en una lata. Arepas, harinas, almojábanas, panelitas, bocadillos. Hierbas para la tos. Remedios para el mal de amor. Quereme. El encime. La ñapa. Córtemela en filetes pero déjeme el gordito. Tiempo sin verla sumercé. Papitas criollas, de las chiquiticas, de las que cocino y luego frito y me como con un aguacate. Huevos de doble yema y cáscara dura. Cilantro, calditos que curan la gripa y las penas. Jugos de curuba, de guanábana, de mango. Ensaladas de fruta monumentales. Longaniza en canasto. Si pudiera te llevaría conmigo.
Las personas mas buenas y generosas se transforman en bestias furiosas atrás de un volante. Podrían compartir el pan de su mesa, pero no ceder el paso. Los taxistas son guerreros salvajes que se abalanzan sobre la vía, la dominan, la marcan. Los camiones, los buses, lo automóviles, todos son tanques de una guerra contra todo y contra todos. Si bien la ciudad crece y las obras en cualquier otro lugar serían sinónimo de progreso, acá son un castigo y el motivo de la ira. Un obstáculo a vencer. Las señales de tránsito son objetos decorativos, inertes, sin función alguna. Los peatones son acróbatas que saltan entre los tanques. ¿La vida? Qué importa la vida. El papá más dedicado no tendrá reparo en dejar sus hijos huérfanos saltándose un semáforo o atravesando la calle burlando las cebras. Cuánta de esta gente irá al médico, hará dieta, leerá, irá a misa, pedirá perdón por sus pecados, amará a sus hijos, hará deporte, intentará tener su propia casa… tal vez todos, pero también todos estarán dispuestos a perder la vida si eso implica dejar que el otro pase primero.
Todo cambia. No. No todo, algunas cosas siguen iguales. Pero volver es un extraño ejercicio de inventarios de lo que sigue igual, de lo que varió, de lo que se movió, incluso de lo que desapareció. Solo hace dos años que me fui de esta ciudad y ya soy extranjera. Efecto perverso. También soy extranjera allá. De ambos lugares se muchas cosas, pero de ninguno lo se todo y en los dos soy una especie de bicho raro.
Los días de sol en Bogotá son tan lindos, tan brillantes. Me acuerdo que cuando era niña nos acostábamos en el pasto y si no había una sola nube en el cielo, pedíamos un deseo. En mi vida todos mis deseos se han cumplido de formas extrañas, así que desde hace años cuando tengo la oportunidad de pedir uno, solo repito: “Que todo salga bien”.
Los amaneceres en Bogotá son helados. Estamos resfriados y dormimos con saco y medias. Este frío lo recuerdo, sigue igual.
Los atardeceres siguen siendo tristes. Pero la tristeza se acaba al llegar la noche.
Déjame deambular en Bogotá. Déjame perderme. Que un atardecer anaranjado me exprima el alma y que una noche fría me reúna con mis amigos a repetir las mismas historias de siempre.
Déjame perder el tiempo entre trancones infinitos. Comprar un cigarrillo en el semáforo y fumármelo camino a la casa. Regatear con el vendedor de los aguacates, preguntar cuál es el pan que está más fresco, quedar pegajosa de azúcar de roscón.
Quiero estar entre el ruido, el todo a mil, pague dos y lleve 3, vallenato ventiao, repuesto para la olla exprés, botella, papel, donde el regalaron el pase, pilas pirobo, chao mamita, quien pidió pollo.
Andenes en donde nunca pisé la línea. Plazas de mercado multicolores. La pobreza. El lujo. La miseria. La belleza. La tragedia. El desorden. Déjame comprar todo lo que no necesito en una miscelánea. Drogarme con el olor a pegante de una remontadora. Hacer mercado en la plaza y almorzar en algún restaurante snob. Ropa interior del Only y chaqueta del Centro Andino.
Déjame disfrutar de los niños que ganan el premio de montaña de la ciclovía. Familias que comen oblea después de misa. Chicharrones colgados de un gancho. Dosis personales de lechona en tenedores blancos. Mujeres que educan familias haciendo empanadas.
Deja que Bogotá me rompa el corazón como lo ha hecho tantas veces. Que llore mis muertos y mis ausentes. Déjame vociferar, maldecir, gritar, reírme a carcajadas. Tener fe en el futuro. Déjame volver.

Patacones con queso Boursan a las finas hierbas. Aunque los plátanos verdes me cuesten 7 euros el kilo. Integrarse no es comerse el queso con el vino que toca según el código francés - que no está escrito en ninguna parte -. Es conocer el quesito y comérselo como a uno le dé la gana. Es hacer guiso con queso Emmental. Es armar las empanadas con pâte feuilletée. Integrarse no es cambiar: es aprender. Nunca he sido tan colombiana como desde que vivo en Francia. Nunca antes me fue tan útil el sentido común, la simpatía y la capacidad de “hacer la vuelta” como ahora. Y no es que yo fuera la persona más simpática y la verdad siempre fui bastante inútil y eran otros los que hacían la vuelta por mí. Pero hoy la es misión aprender. Todo. Lo inútil. Lo simple. Lo importante. Aunque muchas veces lo inútil, lo simple y lo importante sea todo lo contrario a lo que yo pienso. Los europeos no son más sofisticados, son sólo más aburridos. Como niño rico que se respete nada es suficiente y todo está mal. Aunque tengan en exceso y las cosas estén bien. Por eso para ser feliz, yo aprendo, escucho, tomo nota. Mientras ellos se quejan yo disfruto. Mientras a ellos les parece poco, yo aprovecho. Colombia no es pasión como dijo el publicista gringo que cobró millones por una falsa obviedad. Y no es que se me haya ocurrido un slogan mejor. Yo solo sé que esa colombiana que habita en mí, que aprende todo y que no cambia, ha sido la mejor compañía desde que vivo lejos.
----- En la foto crispetas hechas con panela traida de Colombia. ----- Tomado del blog: http://instantaneasinmigrantes.blogspot.com/ .

A mí me gustaban los yupies. En mi juventud, allá a lo lejos. Cuando todavía creía que había una relación directa entre el éxito y la felicidad. Siempre oliendo rico, con sus camisas planchadas. Preferiblemente blancas. Planchadas y almidonadas. Corredores de bolsa, ejecutivos, abogados, economistas, tecnócratas… qué se yo. La pinta les ayudaba - o lo era todo - y esas camisas blancas, planchaditas, impecables… Alguna vez un amigo me dijo: Imagínese al man atendiendo una tienda. Y vino a mí la imagen: Forrado en una camiseta de Pintuco, con un palillo entre la boca, chupándose un lápiz para sacarme el precio sumando detrás de un cartón. Favor que me hizo. Después de eso, les perdí el respeto a los yupies, metrosexuales y a todos esos que eran lo que eran por lo que tenían y no por lo que eran. Luego conocí al que hoy es mi esposo, me lo imaginé atendiendo una tienda y me dieron ganas de comprar una y atenderla con él. Prueba superada. Pero toda la carreta tiene que ver con las camisas blancas planchadas. Yo no plancho, o al menos eso procuro. No me gusta, me da dolor de espalda, no sé hacerlo. En 6 años le he planchado a mi esposo 6 camisas: las que se pone para Navidad. Y yo la verdad compro la ropa dependiendo de si toca plancharla o no. Pero lo que en el pasado fue una prueba de mi pereza y de mi limitada habilidad como ama de casa, se volvió hoy un gesto de solidaridad con el planeta. Planchar la ropa, y sobre todo ser de esas señoras maniáticas que planchan sábanas, toallas, calzoncillos, carpetas, carpeticas, limpiones, trapos del piso… y que antes de ponerse la ropa vuelven y la planchan… es uno de los gestos más agresivos que se hace desde los hogares, hacia el ecosistema. Socialmente, si uno está arrugadito, es un dejado, desordenado, que no tiene cuidado de su presentación personal… Claro, no se pensará que es un ecologista. Nadie le daría su dinero a un corredor de bolsa arrugado: Si uno va a perder su plata, que al menos él que se la invierte esté de punta en blanco.
Y qué decir de las bolsas del mercado. Cuántas personas que se consideran civilizadas, educadas y gente divinamente de toda la vida, piden que en Carulla les empaquen la carne en una bolsita, que luego meten en otra bolsa, separada de la bolsa en la que llevan el jabón. Como si fuera el equipaje con el que van a subir al Himalaya. Como si vivieran a 4 días de sus casas. Algunos al menos usan estas bolsas una segunda vez. Otros las botan y compran otras bolsas para la basura. Viviendo en Francia aprendí a usar bolsas de mercado de “larga duración”, llevo mis bolsas, empaco mi mercado y lo subo y lo guardo y lo cocino y me lo como. Y si bien de solo pensarlo me agoto, es evidente que el pequeño gesto de no usar 10 bolsas plásticas semanales, representa 520 bolsitas de menos en el mar al año.
Y la gente me dirá, qué hago yo pensando en ecología con medio mundo muriéndose de hambre, habiendo tanto tema chusco y controversial como la guerra, los desplazados, la desigualdad, la corrupción… etc. Tal vez yo siga creyendo en poner un granito de arena.

Todo iba bien. Las viejitas de la casa de recuperación venían felices a sus clases de trabajo manual. Pero los “creativos” tenemos un problema: nos las damos de creativos. Y dada la cercanía del Halloween me inventé la idea fantástica de enseñarles a hacer máscaras y antifaces para sus nietos. No vino nadie. Las enfermeras que cuidan a mis alumnas me dijeron que era posible que estuvieran cansadas. No desistí. Y volvieron a faltar. Mientras recogía los materiales dada la falta de público, apareció una señora que había venido las primeras veces.
- Nadie va a venir. - ¿Y sabe usted porque? - Porque el Halloween es una costumbre americana, no es francesa. - ¿En serio? - Si.
No entré en discusiones y fui a hablar con la directora. Me dijo que no me preocupara. Que si me parecía volviéramos al collage.
En el almuerzo del domingo comento lo sucedido. Mi suegra se molesta.
- ¿Pero es que a quién se le ocurre hacer cosas para el Halloween? En mi pueblo hicimos un grupo que pasó una carta a la Alcaldía para que se prohibiera el Halloween. - ¿No fue el mismo grupo que hizo la carta para que no dejaran montar un Ikea? – pregunta mi esposo picándole la lengua. - Claro, los mismos. - Pero Ikea es sueca. - Pues de donde sea, pero no es francesa. Mi esposo se ríe y sin que su mamá se dé cuenta alza el plato y me muestra la marca: “Ikea”. - ¿Y no han hecho una carta para que acaben los restaurantes chinos? - No porque a los nietos del presidente del grupo les gusta mucho el arroz cantonés. Yo si no como de esa comida jamás. Ni la he probado.
Yo sigo en silencio y pienso que afortunadamente Louis Pasteur era francés, porque o si no la industria láctea francesa no hubiera llegado a ser lo que es. Yo por el momento mantendré en secreto que los números naturales fueron inventados por lo árabes, para no poner en riesgo el sistema financiero europeo y que se sospecha que la rueda se inventó en Mesopotamia. Por si acaso. Lo único que me falta es tener que hacer mercado a caballo.
Tomado de: http://instantaneasinmigrantes.blogspot.com/ de un post del mismo nombre.

El último estudio sobre la expectativa de vida en Francia, dice que los niños que nacieron en el país durante el 2008, incluido el mío, vivirán 100 años. Con la ayuda de una página de internet sobre el tema pude calcular que por el hecho de haber inmigrado a Francia, mi expectativa de vida aumento en 10 años. Yo me pregunto si esos 10 años de más me tocará vivirlos en este pueblito tan aburrido. Espero que no.
Saber que este niño va a vivir 100 años me produjo una crisis ecologista.
Llevo dos días calculando. Primero su relación con el agua: cuántas veces va a ducharse, cuántas va a soltar el agua del inodoro, cuántas veces nadará en el mar, cuántas en una piscina, cuánta loza se lava en 100 años, cuánta ropa… Y he seguido y seguido pensando: cuántos galones de gasolina, cuánto consumo de energía eléctrica, cuántas toneladas de basura…
Luego vino la crisis existencial: cuántas veces puede enamorarse uno en 100 años, cuántos comerciales de televisión puede ver, cuántos mails mandará, cuántas preguntas le hará a Google, cuántas veces va a llorar, a reírse, a maldecir, a gritar… Cuántas cosas puede aprender, cuántas cosas debe olvidar, cuánta gente va a conocer, cuánto y que tan lejos viajará, a cuántas personas va a querer y a cuántas va a detestar…
Más tarde la crisis de identidad, cuántas personas distintas es uno en 100 años: el bebe, el niño, el alumno, el adolescente, el universitario, el empleado, el sindicalista, el turista, el enamorado, el divorciado, el inmigrante, el malo de la película, el bueno, el que se las sabe todas, el que no da una, el arrancado, el despechado, el desilusionado, el pesimista, el optimista, el vecino, el observador, el protagonista…
Yo sólo espero poder enseñarle cosas simples. Respetar la naturaleza.
Tener la fuerza de voluntad para salir y reducir las horas frente a la televisión y el computador. Hacerle sentir que por más oscuros que sean los escenarios, todo pasa. Enseñarle a creer en el amor. Darle siempre una segunda oportunidad a las personas y a las cosas. Reparar antes de cambiar.
Saludar. Sonreír. Saber el nombre de la gente, conocer sus gustos y ser solidario con sus problemas. Decir la verdad por principio y mentiras cuando haga falta. No ser el más bueno, ni el más malo… También tengo que enseñarle a que no me oiga, ni me tome tan en serio, para que los próximos 99 años sean los mejores de su vida.
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