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Blog Conexion Colombia

Tags >> Burdeos
oct 30
2009

Monsieur Bricolage

Posted by María Inés McCormick in Burdeos

En una de las clases de francés que tomé en Bogotá antes del viaje para no llegar tan perdida a mi nuevo hogar, se abordó el tema de la vida cotidiana en Francia. Entonces la profesora contó que a un gran porcentaje de franceses le gusta hacer caminatas, montar en bicicleta, la jardinería y hacer bricolage. Este último hobbie hace referencia al gusto que tienen los franchutes por trabajar la madera. Los más habilidosos pueden hacer sillas, mesas, juguetes, repisas y arreglar puertas. En ese momento otra estudiante, una profesora de una universidad reconocida en Bogotá, levantó la mano y dijo que si en Francia la gente construía su propia repisa era porque era pobre y no podía comprarla. Este mismo argumento lo usó para explicar que esa “pobreza” era la que obligaba a los franceses a podar ellos mismos su jardín, lavar ellos mismos su ropa, limpiar ellos mismos su casa y cocinarse su propia comida. En su visión de mundo no cabía la posibilidad de que una persona –con capacidad de pago por ingresos o subsidios- fuera capaz de ocuparse de sí misma.
Cuando yo conté que me venía a Francia la reacción de muchos fue: “¿Te vas a ir a un sitio donde no vas a tener muchacha? ¿Dónde la gente es puerca y no se baña?” (De eso hablaremos en otro blog).

En ocho meses me he dado cuenta de que lo que se ve en algunos hogares de Francia es una repartición de las tareas de la casa más equitativa. No voy a decir que es en todas las casas, pero al menos eso es lo que he visto en las familias que he conocido. Quizás lo más sorprendente es que no se recargan todas las tareas del hogar en la mujer bien sea esposa, madre o hija. Los hombres aquí lavan platos, ponen y recogen la mesa, algunos saben cocinar, sacan la basura, saben usar la lavadora, extienden la ropa, hay unos que hasta aspiran y la gran mayoría juega con sus hijos, les dan de comer y les cambian el pañal. No serán los siete días de la semana pero por lo menos repiten esta rutina en cuatro jornadas y si uno les dice que “se muevan”, lo hacen.

En Colombia los hombres también podrían hacer eso pero nuestro machismo (promovido en parte por nosotras las mujeres tan pronto nos volvemos madres) los termina volviendo unos entes que no son capaces de fritarse un huevo ni echar a lavar un pantalón. Esta entrega abnegada de nuestras madres colombianas, también afecta a las hijas mujeres. La liberación femenina quiso que nuestras madres buscaran un mejor futuro para nosotras: garantizarnos el acceso a la educación para ingresar al mundo laboral y no quedarnos como esclavas de la cocina. Entonces, muchas crecimos bien, fuera con la mamá que nos hacía todo o, cuando la mama trabajaba, su rol era reemplazado por la abuelita, la tía, la vecina, la madrina y -si había plata con que pagar-pues una muchacha que se encargaba de todas las cosas operativas.
Recién llegada a Francia fue mi marido el que me reveló los secretos de la temperatura para lavar la ropa, el que me explicó los trucos para planchar y el que  me compartió un par de recetas fáciles de preparar en segundos. Es lógico, él vive solo desde los 20 años y le tocó aprender a hacerse cargo de sí mismo. Su madre vivía lejos y él no se iba a quedar sin comer ni vestirse porque no había una persona en casa para prepararle el almuerzo y tenerle lista la camisa.

Si visitamos el apartamento de unos estudiantes franceses, ciertamente no será una tacita de plata pero al menos estoy segura de que en su proceso de maduración estos jóvenes están aprendiendo unas habilidades mínimas para sobrevivir. No se trata de oficios de mujer ni de hombre ni de ricos ni de pobres sino de simples normas de convivencia y de vida comunitaria. Si en la casa viven todos, deben ayudar todos. El servicio doméstico es una ayuda pero no debe ser la excusa para que hombres y mujeres se vuelvan inútiles.

oct 16
2009

¿En tu país no hay subsidios?

Posted by María Inés McCormick in Burdeos

Desde que tengo memoria he escuchado una frase que bien podría hacer parte del Himno Nacional porque la repiten a cada rato: “En Colombia, debido al abandono del Estado…”.
 
La frase puede completarse con cualquier ejemplo. Sirve para explicar por qué en ciertas regiones y para ciertas personas no hay escuelas, ni hospitales, ni vacunas, ni medicamentos, ni educación gratuita, ni carreteras, ni vivienda digna, ni puentes, ni agua potable, ni acueducto, ni luz eléctrica, ni ferrocarriles, ni servicios de transporte, ni acceso a la tierra, etc.
 
Al momento de analizar los males que atacan al país, el abandono del Estado siempre aparece encabezando la lista de responsables. Nosotros no tenemos un Estado paternalista sino que somos hijos de una Nación que es más una madre soltera abandonada a su suerte que debe ocuparse por sacar adelante a sus hijos.
 
En este rebusque nacional, el colombiano –sin importar la clase social- aprendió a las malas que su bienestar dependía de sí mismo y de las oportunidades que el azar le hubiera otorgado. “Es mejor ser rico que pobre”, dijo Pambelé y su filosofía de vida no estaba errada. En Colombia nada es gratis. El que tiene plata, compra; el que no tiene plata, se endeuda; y el que no tiene nada, mendiga y si está de buenas le dan.
 
Con este mandamiento crecimos en Colombia. Los subsidios son para los más pobres de los pobres y tampoco es que clasifiquen todos porque hay muchos que viven en el limbo. Para colmo, el subsidio tampoco los saca de la pobreza sino que les permite sobrellevar sus necesidades en medio de la resignación del ‘Dios proveerá’ porque en el Tercer Mundo el Creador ‘aprieta pero no ahorca’.
 
Toda esta explicación para ambientar otra de las charlas recurrentes con los franceses. No importa si uno está hablando de comprar carro, tener un hijo, tomarse unas vacaciones, estudiar, montar en bus, alquilar un apartamento, volverse agricultor ecológico o poner un negocio, en algún momento de la charla con el francés en cuestión dirá que ese proyecto podrá realizarlo gracias a que el gobierno tiene un subsidio o una ayuda económica que le ayudará a hacer su sueño realidad.
 
En este caso no estamos hablando de subsidios para los más pobres de los pobres sino de beneficios que recibe la gente en general para aliviar las cargas en diferentes etapas de la vida que son más vulnerables como la infancia, la maternidad, la vejez, etc., lo cual es una acción muy loable.
 
Y es aquí donde aparecen los efectos perversos de los que hablan los economistas cuando promueven la focalización. Es maravilloso tener un “Papá Estado” que le eche una mano a uno cuando se está atravesando por una mala racha como el desempleo o cuando la plata no alcanza para llegar a fin de mes. Es una maravilla tener educación pública, salud, servicios públicos e infraestructura. Es lo mínimo que todas las personas deberían tener para garantizar una vida digna.
 
Lo irónico es que aquí en Francia la protección del Estado ha generado que muchos de sus hijos se vuelvan unos recostados que lo único que les gusta es recibir la ayuda sin mover un dedo. Puros derechos y nada de deberes.
 
He conocido familias –no sólo de inmigrantes- que promueven los hogares numerosos y que hablan abiertamente de sus planes de tener 3 o 4 hijos. Cuando les pregunto que si no es muy caro, ellos responden que para eso está el subsidio y las ayudas del Estado. Jóvenes, que teniendo la ventaja de la educación gratuita, deciden no terminar el bachillerato ni acceder a la educación superior porque para qué esforzarse si al final pueden ordeñarle unos cuantos euros al sistema.
 
Si en la época de nuestras abuelas se decía que cada niño nacía con el pan debajo del brazo, en Francia cada niño nace con su subsidio debajo del brazo.
 
Los que más me indignan son los que se lamentan por la crisis económica pero en realidad lo que les gusta es trabajar por temporadas, sólo para cotizar lo suficiente para clasificar al subsidio de desempleo, y luego negocian una “echada” ficticia con su empleador para quedar cesantes y poder dedicarse a viajar por el mundo con la plata del gobierno. Lo más irónico es que estas personas son las que más critican al sistema francés y se quejan de que no les ayuda lo suficiente.
sep 29
2009

“Deje así” o “laisse tomber”

Posted by María Inés McCormick in Burdeos

 

Aprender un nuevo idioma es un proceso arduo y algunas veces tortuoso, sobretodo, cuando uno decide aprenderlo después de los treinta. Las cosas cotidianas que antes se hacían sin pensar, de repente, se vuelven una odisea. Ir al banco, hacer mercado, adelantar un trámite en una dependencia oficial, ir al médico, asistir a una cena con más de tres personas, hacer una hoja de vida, mandar un email, hacer un reclamo en una oficina de servicio al cliente o simplemente hacer y recibir llamadas telefónicas se vuelven proyectos trascendentales.

La Alianza Francesa de Bordeaux queda a cinco cuadras de mi casa, así que durante los primeros cinco meses mi rutina consistió en ir todos los días de 9 a 12 a aprender esta hermosa lengua que se oye tan bonita y tan musical pero que es muy complicada de pronunciar por sus sonidos nasales, sus vocales que no se dicen y su gramática un tanto enredada.

Un amigo argentino que lleva ocho años en Francia me dijo que al comienzo lo más duro era no poder ser él mismo. Su "maravillosa" personalidad argentina no podía brillar en todo su esplendor porque él no tenía el vocabulario ni la fluidez para hacerse entender. Recién llegado se sentía como un niño de tres años balbuceando palabras, armando frases cortas tipo telegrama y sonriendo como un idiota cada vez que no entendía lo que le decían mientras respondía a todo con un ‘oui oui'.

Después de varios meses de desembolsar muchos euros en clases de idiomas para que al final me pusieran a ver el noticiero y escuchar la radio (lo que puedo hacer gratis en la casa), la recomendación de la profesora fue que me lanzara al mundo y que con la práctica iría soltando la lengua.

Con el tiempo los progresos han ido llegando pero, irónicamente, como la gente cree que uno entiende mucho más de lo que en realidad sabe la conversación se complejiza y en la mitad de la charla uno ya se volvió a perder. Lo mejor es cuando los niños de cinco años lo corrigen a uno y lo hacen caer en cuenta de sus errores gramaticales y de ese curioso acento que tenemos a la hora de hablar.

Hay meseros, cajeros, funcionarios, conductores y vendedores que son amables, me hablan despacio y en muchos casos interpretan lo que yo digo y no arman drama. Pero luego hay otras personas que se impacientan y comienzan a mirarme con desespero y se hacen los que no comprenden nada así uno les esté señalando el paquete de arroz que quiere comprar.

Entonces, reconozco, los maldigo en silencio. Al menos yo estoy haciendo el esfuerzo de aprender su idioma cuando la mayoría de ellos ni siquiera habla una segunda lengua.
Hace dos meses, luego de una deducción a partir de varias conversaciones con algunas personas, comprendí que la expresión ‘laisse tomber', que literalmente significa ‘déjalo caer' y que se usa en varios contextos, también se acomodaba a la entrañable expresión colombiana ‘Deje así'.

Será una tontería pero eso me alegró el día. Ahora cada vez que un francés o una francesa me hace una remarca sobre mi forma de hablar, ya no me molesto ni me deprimo. Sé que es sólo cuestión de paciencia, mucha práctica y que todo vendrá con el tiempo. No me voy a hacer líos...simplemente...laisse tomber.

ago 24
2009

Personajes Famosos

Posted by María Inés McCormick in Burdeos

Hace poco una amiga colombiana me contó una historia que me conmovió. Ella, también inmigrante pero en Italia, tiene un hijo de nueve años. Un día el niño llegó a la casa y le contó a su madre que él se sentía muy orgulloso de ser colombiano pero que en el colegio cuando los demás niños le preguntaban qué personajes colombianos eran famosos él sólo podía nombrar a los de siempre: García Márquez, Botero, Ingrid Betancourt, Juanes, Juan Pablo Montoya y Shakira, evitando mencionar a los ya tristemente célebres Pablo Escobar y las Farc.

Luego el turno era para sus compañeros de clase italianos, quienes en segundos despachaban un listado impresionante que incluía todas las artes y disciplinas. De sus bocas salían Leornardo Da Vinci, Miguel Angel, Galileo, Cristóbal Colon, Luciano Pavarotti, Julio Cesar, Sofía Loren, Roberto Baggio y hasta el mismísimo Pinocho.
Es verdad que si comparamos a nuestros países en vías de desarrollo con las grandes potencias nos vamos a quedar siempre cortos en materia de científicos, artistas, emperadores, exploradores, reyes e inventores. Sin embargo, hay un terreno que es común en todos los pueblos y en eso ni los italianos, ni los franceses, ni los ingleses, ni los norteamericanos, ni los colombianos nos podemos diferenciar: el gusto por lo popular.

Pues si señores, esa es la verdad. Llegó el momento de desmitificar a nuestros referentes del primer mundo. En Europa hay gente brillante y muy culta pero no toda la población se la pasa en debates académicos sobre el origen del universo ni desarrollando nuevas vacunas ni diseñando la estación espacial internacional.

En el imaginario colectivo del colombiano, Francia es París, la Torre Eiffel, Víctor Hugo, Voltaire, Edith Piaf, Coco Chanel, Napoleón, María Antonieta, Sartre, Simone de Beauvoir, Rousseau, Montesquieu, Jaques Cousteau, Amelie, El Principito...todo muy elegante, muy refinado, muy inteligente, muy intelectual, muy moderno, muy desarrollado, muy culto, muy bonito, muy chic, muy francés.

Pero Francia también tiene su cultura popular, una que se vive de manera paralela y que no transciende las fronteras. Francia también es Johnny Hallyday y Claude François. El primero es la versión francesa de Elvis Presley pero con un mejor desenlace pues ha logrado reinventarse y mantenerse en los escenarios durante más de cuarenta años al tiempo que ha forjado una interesante carrera en el cine. Ahora el rockero Johnny anda en su tour de despedida con el que pretende recorrer todo el hexagone (como se le dice al país por su semejanza con la figura geométrica) para despedirse de sus millones de fans, los mismos que en 1998 llenaron el Stade de France para verlo descender al escenario desde un helicóptero.

Y es que Johnny es tan francés como la Torre Eiffel. Johnny es la estrella más grande de Francia y mucha gente lo adora. Sobretodo, la gente que no se las da de intelectual ni que se complica la vida con grandes interrogantes existenciales sino que simplemente se dedica a vivir. En varias reuniones donde se habla de política, de religión, de medio ambiente, de la crisis económica, de arte, etc., me he topado con personas, de izquierda y de derecha, que cuando les hablo de Johnny esbozan una sonrisa y niegan públicamente su gusto por el sexagenario rockero. Es como un placer popular que todos disfrutan -de lo contrario no se llenarían los estadios - pero que ocultan con cierta culpa como si eso no fuera una parte de su ‘ser' francés. Es una especie de gusto vergonzante. Le reconocen su éxito pero mantienen cierta distancia. Como si los que fueran a sus conciertos y compraran sus discos no fueran ellos sino los ‘otros franceses'.

El segundo personaje es Claude François, mejor conocido como Clo Clo, quien me parece una delicia. Como un merengón de arequipe con leche condesada y salsa de chocolate. Una mescolanza dulce y empalagosa que me llegó de regalo desde los años setenta para demostrarme que si en Colombia las mamas bailaban con Oscar Golden, Sandro, Rafael y Nino Bravo- sentando las bases de nuestra futura música de plancha- las mamás francesas suspiraban, lloraban y perdían la cabeza por Claude François.
Aunque Clo Clo murió hace ya varias décadas, su presencia sigue presente en la cultura popular francesa ya que a cada rato le hacen homenajes, sus discos se siguen vendiendo y hasta hay concurso de imitadores.

A Claude François lo descubrí gracias a una emisión de televisión y me topé con un señor bajito, delgado y con una cabellera rubia como peluca de muñeco de ventrílocuo. Clo Clo habría hecho las delicias de los hogares colombianos si hubiera llegado al show de las estrellas con Jorge Barón. No sólo por sus canciones sino por su particular forma de bailar, acompañado de sus claudettes, una especie de supernotas como las Jimmy Salcedo en los ochenta que lo acompañaban en sus originales coreografías. Como gran artista del mundo popular, Claude François murió de una manera trágica e inusual que ayudó a acrecentar su leyenda. Falleció electrocutado mientras intentaba cambiar un bombillo en su bañera.

Al igual que con Johnny, cuando yo menciono a Clo Clo en las reuniones, la gente vuelve a sonreír y me preguntan que yo qué hago viendo eso. Que no pierda el tiempo con esos artistas populares y que centre mi atención en los verdaderos artistas de calidad. Yo les respondo que si estoy en Francia es para conocerlo todo, no sólo la Francia perfecta sino la Francia popular, la de barriada.

Lo popular es parte de la cultura, sólo que su empaque muchas veces molesta a la gente. Para la muestra un botón. En 1967 Claude Francois escribió junto a Jacques Reveaux la cancion Comme d´habitude. La canción gustó en Francia y también le gustó mucho a un cantante norteamericano. Como el señor en cuestión tenía voz de infarto, ojos azules y un porte de galán, le hizo arreglos, la tradujo al inglés y la convirtió en un éxito. El gringo era Frank Sinatra y la cancion My way.

Para ver a Claude Fracois
Para ver a Johnny Hallyday
 

ago 13
2009

¿Estudias o trabajas?

Posted by María Inés McCormick in Burdeos

Mi diploma de comunicación y periodismo no es reconocido en Francia. Así me lo explicó una funcionaria francesa durante el ‘bilan de competences', una especie de asesoría que ofrece el gobierno para ayudarle a los inmigrantes legales a vincularse al mercado de trabajo. Luego de mirar mi hoja de vida, la mujer me dijo que tenía mucha experiencia y que no debía echarla en saco roto sino que debía meterle muchas ganas para abrirme un camino en la escena laboral francesa. Hasta ahí todo pintaba bien...luego llegaron los peros.

El primero vino de la mano de mi profesión. Me dijo que sí quería podía mandar hojas de vida a las ofertas que aparecieran en el periódico y que en una de esas encontraba a un empleador que no le importara que fuera colombiana y me contrataba. El mundo laboral es igual en todas partes y toca hacer parte de una rosca. Tener un círculo de contactos que en el caso de un inmigrante se construyen desde cero pues uno no conoce a nadie cuando llega. Para irlo haciendo me han aconsejado que empiece como practicante o trabajando gratis en algún medio comunitario, ONG o como voluntaria en una asociación de solidaridad para ir haciendo contactos.

El problema es que el periodismo está centralizado en París y como yo vivo en provincia pues el mercado es bien reducido y la oferta casi inexistente. Luego vino lo del bendito diploma que como no es francés me puede complicar las cosas. Francia sólo reconoce los títulos de la Unión Europea, USA y Canadá. La funcionaria me dio los datos de un organismo en París en donde me cobran alrededor de 100 euros por hacerme una atestación en la que dicen a qué equivalen mis años de estudio. Como nuestros sistemas educativos son diferentes los cinco años que hice de comunicación en Bogotá vienen a ser tres de los del programa de aquí así que tendría que entrar a la universidad y hacer los dos años que me hacen falta para la equivalencia. En teoría eso es posible... pero ahora la que pone los peros soy yo. ¿Volver a estudiar periodismo después de doce años de trabajo profesional?

En la lista de peros de la funcionaria de la oficina de empleo aparecía, obviamente, la barrera del idioma. En ocho meses he mejorado el nivel de francés y la señora incluso me felicitó por mi capacidad de escucha y comprensión pero de ahí a redactar un artículo en la lengua de Voltaire hay un largo trecho por recorrer. Ya no se trata de tener un vocabulario más amplio, hay que conocer la gramática a fondo y aprenderse una bendita conjugación en pasado, el passe simple que viene a ser como el pretérito indefinido, que en la Alianza Francesa jamás lo enseñan porque: "para qué si eso jamás lo usas. Es sólo para la literatura y para escribir crónicas"...curioso...lo que yo sé hacer.

Ser periodista en Francia es lo mismo que en cualquier lugar del mundo: la mitad de la población nos mira con recelo por culpa de aquellos periodistas que son amarillistas, escandalosos y que hacen un mal manejo de la información. Sólo basta leer los comentarios de los usuarios en la página en Internet del periódico Le Monde, para saber que la mala fama de los periodistas no conoce fronteras.

El periodismo (como oficio y modo de sustento) entró en crisis con el desarrollo de las nuevas tecnologías. Gracias a la inmediatez y a las inmensas ventajas de internet, el email, los celulares, las cámaras digitales, Facebook y hasta Twitter, la información fluye de un lado a otro sin necesidad de intermediarios y los medios no andan interesados en contratar periodistas, reporteros, fotógrafos y mucho menos corresponsales.

En Francia, como en otros países, se vive el reinado del ‘pigiste', o lo que en nuestra jerga profesional llamamos el ‘freelance', o sea, una persona que escribe artículos por encargo y pasa una cuenta de cobro. No hay un contrato laboral de por medio y se tiene una existencia un tanto vertiginosa pues durante el mes en que hubo cosecha de artículos se garantizó una entrada de plata pero si al siguiente mes no salió ningún texto la cuenta de ahorros se quedó en ceros. En los foros de periodistas que he consultado, los pigistes franceses (que están la mayoría en París, donde se mueve el negocio) se quejan de la precariedad de su situación ya que muchos no alcanzan al smic, que es el salario mínimo francés, y deben completar sus ingresos con los subsidios del Estado. El smic equivale 1.337 euros al mes pero recuerden que aquí no sólo se gana en euros sino que se gasta en euros y un arriendo puede costar entre 700 y 900 euros y un menú del día ronda los 12 euros...eso en provincia porque París es mucho más caro.

Después del ‘bilan de competences', salí de la reunión con la funcionaria francesa como si fuera una estudiante recién salida del colegio preguntándome qué quiero hacer cuando sea grande. Sólo que no tengo 18 años sino 34. En el fondo ya sé la respuesta.
Como la mayoría de los inmigrantes, comenzaré la búsqueda de un ‘petit boulot' o un trabajo no calificado mientras mejoro el idioma. Pasaré hojas de vida con mi diploma colombiano por si las moscas y pensaré qué formación académica puedo realizar aquí que no sólo me de conocimiento sino que me ayude a abrir puertas en lugar de cerrármelas. ¿Debería haber estudiado administración o ingeniería?

jul 27
2009

¿Por qué estás en Francia?

Posted by María Inés McCormick in Burdeos

"Je suis colombienne et j´habite ici parce que je me suis mariée avec un français".
En español quiere decir: soy colombiana y vivo aquí por que me casé con un francés. Con esta frase comienzan todas mis conversaciones cada vez que conozco a alguien y me pregunta por qué estoy en Francia. Lo más chistoso es cuando les digo que el matrimonio se hizo hace tres años en Colombia por lo civil y que el motivo no fue porque yo estuviera desesperada por emigrar a Europa sino para que Olivier, mi novio en aquel entonces, tuviera los papeles y pudiera ser legal. Nos conocimos en Buenos Aires donde yo hacía una maestría y él aprendía español. Nos enamoramos y como yo tenía que volver a Colombia luego de terminar mis estudios, Olivier se ánimo a irse conmigo a pesar de la mala fama del país y de los comentarios de algunos porteños, a quienes les parecía absurdo cambiar Argentina por Colombia.

Como Olivier tiene un doctorado y había hecho una carrera docente, rápidamente le ofrecieron trabajo en una universidad pero estaba el lío de los papeles. Si Olivier no estaba legal no podían hacerle un contrato y la universidad no se iba a poner en todo el rollo de sacarle una visa de trabajo. Porque no crean...en Colombia también molestan y le ponen trabas a los extranjeros. No todos los que llegan son diplomáticos, ni trabajadores expatriados de multinacionales extranjeras, ni militares gringos que luchan contra el tráfico de drogas.

A los extranjeros comunes y corrientes que llegan a Colombia a estudiar, a trabajar o porque se enamoraron de un/a colombiano/a (que no serán miles pero que los hay los hay) también les toca hacer filas, sacar miles de papeles y llenar formularios. Así que para hacer el camino más fácil nos casamos. Olivier tuvo su visa de "ama de casa" y ya legal firmó el contrato y cambió su estatus por una visa de trabajo.

Después de vivir varios años en América Latina, a mi esposo le dieron ganas de volver a su país y pensamos que era una buena oportunidad para que yo conociera su cultura y aprendiera su idioma. Así que renuncié a mi trabajo y me vine a descubrir este país que por razones sentimentales se ha convertido en mi segundo hogar.

Una vez resuelta la primera pregunta de por qué estoy aquí, mis interlocutores franceses hacen el siguiente comentario: "pero tú no pareces colombiana...eres blanca, tienes los ojos claros y un apellido raro. Podrías ser europea".

Entonces yo respondo que en Colombia hubo mestizaje y que tenemos gente blanca, india, negra, mestiza, trigueña y morena. Que miramos al mundo con ojos negros, marrones, castaños, verdes, azules, pardos y en ciertas regiones hasta de un color miel que se asemeja al amarillo. Que llevamos el pelo liso, lacio, flechudo, ondulado, ensortijado y que también tenemos nuestros calvos. Hay de todo, como en botica.

Lo que más me causa gracia es que me digan que parezco europea porque mi piel es blanca cuando si hay algo que está cambiando en Europa es el color de su gente. Hay infinidad de africanos, latinos, árabes, polinesios y asiáticos que se reproducen como conejos y pueblan las ciudades y pueblos europeos cambiando la fisionomía del Viejo Continente para darle un rostro más heterogéneo.

Luego de una explicación muy barata de las leyes de la herencia de Mendel, el padre de la genética, para explicar por qué diablos los latinos podemos ser tan variados, la siguiente pregunta obligada es: ¿Te gusta Francia? ¿Estás contenta? La respuesta es clara: me gusta Francia así como también me gusta Colombia.

 

 

may 11
2009

De la droga y otros demonios

Posted by María Inés McCormick in Burdeos

 

Quizás lo más aburrido de ser colombiano en el exterior es el tema de la droga. No se trata solamente de las miradas inquisidoras en los aeropuertos y de los controles especiales de los que somos objeto por el simple hecho de ser originarios del país que ostenta el título del mayor productor de cocaína del mundo. Uno quisiera que el malestar fuera sólo durante el trámite migratorio del aeropuerto pero no, el agobio persiste y se pega a la piel como una sombra. Y, entonces, uno se vuelve un experto en capotear las críticas y los comentarios desagradables producto de la ignorancia. Sin darse cuenta, uno comienza a repetir la retahíla nacionalista y se escucha a sí mismo recitando de memoria las consabidas justificaciones: "En Colombia no todos somos narcos", "La guerrilla y los paras le han hecho mucho daño a Colombia", "Colombia no es tan peligroso, si visitas mi país no te van a matar".

Es cuando viene el gran dilema pues tratar de explicarle a un europeo el conflicto armado colombiano es una tarea monumental y quijotesca. Porque cada explicación genera nuevas preguntas desgarradoras que traen a colación lo absurdo de nuestra realidad. Eso si tenemos la suerte de toparnos con un interlocutor curioso y con mente abierta que esté dispuesto a conocer una cultura diferente. En los seis meses que llevo en Francia he conocido a todo tipo de personajes  y así como hay franceses interesados por conocer más a fondo la realidad de otras regiones del mundo, también hay muchos que no ven más allá de sus fronteras y tienen una visión general de América Latina donde prima la caricatura: sexo, droga, violencia, delincuencia y narcotráfico.

Entonces, una vez más uno se convierte en profesor de historia y geografía impartiendo una improvisada cátedra: "En los países de la zona ecuatorial no hay estaciones", "En América Latina se habla español", "En América Latina hay ciudades con edificios, sabemos que es una pizza y tenemos tarjetas de crédito".

Así transcurren mis conversaciones regulares con los franceses cuando descubren que soy colombiana. Las charlas se tornan más irónicas cuando mi interlocutor está fumando un cigarrillo de marihuana (consumo que, si bien es ilegal, es socialmente aceptado en Francia entre los jóvenes y adultos entre 35 y 45 años) al tiempo que me cuenta cómo lo conmovió la cinta "María llena eres de gracia". Esa es otra cosa curiosa de Europa. Aquí la gente no alcanza a sentirse identificada con el tráfico de drogas. Para ellos la cocaína, heroína, marihuana, éxtasis y demás drogas sólo tienen un valor recreativo ,como el tabaco y el alcohol , y en su cabeza no alcanzan a hacer una relación entre la selva amazónica devastada por los cultivos ilícitos y la cocaína que están inhalando en una fiesta.

Entonces uno siente deseos de volver a explicar las cosas, de  tratar de hacer entender que la realidad es más compleja de lo que ellos piensan  pero al final de cuentas uno también se cansa y a estas alturas de la conversación  uno ya está agotado de dar tanta cátedra y sólo tiene ganas de hablar de temas simples como el clima o el precio de la carne. Uno termina convertido en un profesor Jirafales tratando de atraer la atención de un grupo de gente  a la que poco o nada le interesa lo que pase en Colombia, Sri Lanka, Marruecos o Ghana.


Un amigo francés me dijo que al menos yo venía de un país que era conocido mundialmente así fuera por algo malo. Qué si viniera de Tuvalu o Guinea Ecuatorial sería aún más grave la situación de invisibilidad. A veces me pregunto si será mejor tomar la actitud de las celebridades cuando dicen: "que hablen mal o bien de mi pero que hablen".

 

 

mar 24
2009

La Garonne

Posted by María Inés McCormick in Burdeos

La primavera se acerca. Aunque los árboles aún no tienen hojas y la temperatura acaricia los siete grados, los días han comenzado a robarle minutos a la noche. Al sol se le ven las ganas de fiesta pues cada semana se acuesta un poco más tarde y es esa anticipación, esa dulce espera lo que poco a poco va entibiando los corazones.
Bordeaux se alista para el cambio de estaciones y la transición se nota. Con la complicidad del sol, las terrazas se van tomando las plazas y tímidamente las personas van dejando la pereza encerrada en la casa para salir a disfrutar de la belleza de la ciudad. Pero la ciudad no son sólo sus calles, parques, edificios y monumentos. La ciudad también es ella: La Garonne. Ese hermoso río que atraviesa la ciudad llenándola de vida. Esas aguas cadenciosas que le dan a Bordeaux un aire de postal con atardeceres que estremecen. Al admirar La Garonne siento alegría, amor, paz, satisfacción...

Y también siento envidia y no sé si es de la buena. Porque al ver este río espléndido y señorial, tan burgués como la misma ciudad, no puedo dejar de pensar en el río de mi ciudad natal. Ese río Bogotá muerto en vida por cuyas aguas no fluyen esperanzas ni sueños sino espumarajos tóxicos que arrastran la suciedad de los habitantes de la Sabana y la desidia de las autoridades locales, regionales y nacionales que durante décadas le han dado la espalda al río. Las buenas intenciones de varias asociaciones ecologistas han aportado su granito de arena para mantener limpio el nacimiento del río pero a medida que desciende de la montaña, el río Bogotá se va envenenando.

Cuando era niña, allá en los ochenta, el paseo familiar al Salto del Tequendama se hacia mirando desde la ventana del carro y sin detenerse en el camino por temor a los vapores putrefactos y fermentados emitidos por el río en señal de lamento. Algunos expertos dicen que el daño ya está hecho y que las medidas que se tomen solo retardarán el desenlace inevitable. Pero bueno...si en nuestro país la vida de una persona no vale nada...qué podemos esperar de la vida de un río.

Caminando por el malecón de La Garonne me cruzo con familias que pasean, veo grupos de jóvenes en bicicleta y mujeres paseando sus perros. También observo hombres trotando que se detienen a comprar ostras en los puestos del mercado y veo a una niña de un año dando sus primeros pasos al lado del río. La Garonne es como esa niña, llena de energía y con toda la vida por delante. El recuerdo del río Bogotá, ese río desahuciado, me asalta nuevamente y siento una mezcla de nostalgia y rabia. Nostalgia por aquel río que en época de mis abuelos simbolizaba el vigor de la naturaleza y rabia al reconocer que todos somos culpables de haberlo dejado en el abandono en el que hoy se encuentra.

feb 17
2009

Chèrie, ton régime

Posted by María Inés McCormick in Burdeos

 

Los viajes no serían lo mismo sin las escalas. Aquellas tediosas horas de espera en las que el tiempo se prolonga haciéndonos creer que las agujas del reloj marchan al revés. Para sortear las horas muertas no hay más remedio que recorrer los almacenes del duty free, tomarse un café,  aprovechar la conexión WIFI de algunos aeropuertos y por qué no...entrar a la librería para comprar un par de revistas que nos ayuden a amenizar el resto de trayecto que hace falta. Mi llegada a Francia estuvo antecedida de una escala de dos horas en el aeropuerto de Madrid y tras pasar los controles migratorios, con la consabida mirada maliciosa del funcionario de aduanas al toparse con un pasaporte colombiano, me aventuré por los estantes de una librería. 

Fue entonces cuando me encontré con la versión en español de un libro que causó alboroto hace un par de años en el mercado de la literatura de autoayuda gracias a su sugerente título: ¿Por qué las francesas no engordan?
Su autora, Mireille Giuliano, hizo una fortuna revelándole al mundo los secretos empleados por las féminas francesas para mantenerse delgadas y estilizadas sin privarse de los placeres de su renombrada gastronomía. Secretos que bien vale la pena conocer pues de lo contrario uno no se explica cómo una mujer puede conservar la línea en un país donde, según las estadísticas, una persona consume en promedio 58 kilos de pan, 24 kilos de queso y 55 litros de vino al año. Si bien el trabajo y los afanes del día a día obligan a las personas a recurrir a la comida rápida, cuando el tiempo se los permite los franceses intentan darse gusto y consentirse con una buena comida. En estos casos el día comienza con un tazón de chocolate caliente, pan (baguette o croissante), mantequilla, mermelada, yogurt, jugo de naranja y una fruta. El almuerzo, casero o de restaurante, intentará conservar un estricto orden de platos. Casi siempre habrá entrada, plato fuerte, plato de quesos, ensalada, pan, postre y café. Por la tarde, los niños y algunos adultos toman la merienda que, por lo general, esta compuesta de una bebida caliente y productos de pastelería. Antes de la cena, si se han invitado amigos a la casa, se comienza por el aperitivo. La idea es tomar un par de copas y picar algo antes de pasar "à table". Pero no crean que se trata de un paquete de papas fritas y una bandeja de cubitos de queso. Aquí el aperitivo no pretende llenar a la gente a punta de galletas de sal con queso crema, sino que busca despertar los sentidos para que el comensal se vaya preparando para el festín que viene a continuación. Si los anfitriones no quieren preparar pasabocas, los supermercados y pastelerías ofrecen una amplia gama de "amuse-bouche"  (diversión para la boca, de manera literal) que van desde mini canastas de hojaldre rellenas de jamón y queso, hasta pequeñas copas individuales de mousse de salmón. La cena suele ser más ligera que el almuerzo pero intentará repetir la misma sucesión de platos arriba mencionada.

Aunque  la crisis económica ha afectado el poder de compra de los franceses, quienes ya no pueden gastar tanto dinero en restaurantes, lo cierto es que la cultura culinaria está profundamente arraigada en este país donde una simple comida casera puede dejar boquiabierto a un extranjero.  En Burdeos la palabra "gourmande" (goloso)  está escrita en el 70 por ciento de los establecimientos que venden comida lo que muestra claramente la pasión de los franceses por la buena mesa.

Entonces... ¿cómo hacen para no engordarse? Hay varias explicaciones. Primero, aquí las porciones son más pequeñas y la elección de los alimentos es balanceada. La entrada puede ser una sopa de legumbres, una terrine, una ensalada verde o verduras gratinadas. Aquí jamás le pondrán una rodaja de tomate sobre un hoja marchita de lechuga o sobre un cúmulo de arvejas. La comida es un ritual donde todos los platos juegan un rol importante y por ello los franceses se esmeran cuidando todos los detalles. De ahí que las verduras resulten apetitosas incluso para las personas que antes las rechazaban.

Después de la entrada, viene el plato principal que estará compuesto de dos elementos: una proteína animal (res, pollo, pescado, ternera, cerdo, etc.) y una harina, bien sea papa, arroz, pasta, etc. Este dúo dinámico entre proteína y carbohidrato no permite un "ménage à trois"  con una tercera harina y mucho menos el coqueteo de un frito. Aquí nuestra hipercalórica bandeja paisa es un pecado mortal, una orgía de carbohidrato y grasa.

El plato principal también puede ser una poderosa ensalada compuesta de vegetales y alguna carne o pescado porque... ¡oh sorpresa! en Francia los hombres también comen ensalada y no sienten que las opciones Light sean un capricho de jovencitas anoréxicas.

El desfile de comida continúa con la tabla de quesos, el pan  y la ensalada (lechuga) para rematar con el postre que suele ser una fruta, un yogur o una opción de pastelería. Vale la pena aclarar, que toda esta ingesta ha estado bañada por vino y agua....ésta última de la llave. Aquí los comensales exigen una "carafe d´eau", una jarra o botella de vidrio reciclada donde sirven agua del grifo sin ningún costo, lo que abarata considerablemente la cuenta en caso de ir a un restaurante.

Este régimen nutritivo, apetitoso y balanceado funciona a las mil maravillas para los franceses pero cuando se habla con los extranjeros se evidencia que muchos han aumentado un par de kilos desde su llegada. Lo anterior demuestra que el éxito de los locales no es sólo su dieta, sino la cantidad de actividad física que realizan ya que muchas personas van al trabajo y a la universidad en bicicleta e incluso las madres son unas expertas ciclistas que llevan y recogen a sus hijos de la guardería en bicicleta y los amarran cuidadosamente en unas sillas especiales para este medio de transporte. Otro aspecto relevante es el autocontrol que tienen las francesas a la hora de manejar su apetito.

Una mujer francesa no se priva de un chocolate, un helado, una tarta o una galleta, la diferencia es que sólo se come una en lugar de cinco. Las francesas beben vino o agua durante las comidas en lugar de gaseosa, cuando tienen un antojo en la mañana o en la tarde se comen una fruta o un yogur en lugar de un paquete de papas fritas o un bizcocho. Esto no quiere decir que en Francia no haya personas gordas, porque las hay, pero el peso promedio de una francesa es de 62 kilos para una estatura de 1´64 cm, lo que las sitúa entre las más delgadas del mundo si tenemos en cuenta que en USA el promedio de peso es de 74 kilos para la misma estatura. 

La charla también hace parte del ritual de la comida lo que me ha permitido constatar que un almuerzo o una cena pueden extenderse varias horas. No se trata de comer en quince minutos y pasar a la siguiente actividad sino relajarse y dejar espacio entre plato y plato para conversar. Es entonces cuando la ansiedad se va diluyendo y, aunque las porciones sean pequeñas, el estómago se va acostumbrando a comer poquito pero variado y aprende a disfrutar en lugar de devorar.

Hasta el momento mi peso sigue siendo el mismo pero siguiendo el ejemplo de los franceses he comenzado a hacer más ejercicio del que hacía en Colombia. Al contrario de lo que muchos puedan pensar, esta actividad lúdica no me está costando nada pues la alcaldía tiene un programa para fomentar el uso de la bicicleta y las alquilan gratuitamente. En todo caso, es tal la conciencia que tienen los franceses sobre su peso que si me llego a engordar  de seguro alguno de mis amigos me dirá de frente: "chèrie, ton règime", o sea, "querida, no descuides tu dieta".

ene 26
2009

Cuestión de Fe

Posted by María Inés McCormick in Burdeos

"¿Quieres escribir sobre la experiencia de ser colombiano en el exterior?" Esa fue la pregunta de la editora de Conexión Colombia y debo reconocer que su propuesta me resultó tentadora. Apenas llevo tres meses viviendo en Francia pero ya puedo percibir las diferencias culturales. Algunas evidentes y otras sutiles. Si bien muchos compatriotas se muestran sorprendidos por la nieve, el desarrollo de los medios masivos de transporte y el buen mantenimiento de las vías, a mí me ha causado curiosidad la apatía religiosa de los franceses, apatía que en ciertos casos se manifiesta en un ateísmo declarado.

Si bien la Iglesia Católica ha ido perdiendo fieles entre la población más joven, lo cierto es que Colombia sigue siendo el país consagrado al Sagrado Corazón de Jesús, donde la gente se casa por la Iglesia, donde los niños se bautizan y hacen la primera comunión, donde la gente se persigna al pasar en frente de un templo, donde las personas creen en milagros obrados por Divinos Niños, Señores Caídos y Vírgenes Milagrosas.

En Colombia la religión no sólo está en las Iglesias, sino que hace parte de la vida cotidiana. Está en el Rosario que cuelga de los espejos retrovisores de algunos carros, en las calcomanías de Jesucristo proclamando su "yo reinaré", en las camándulas de diseñador, en la colección de estampitas de santos que más de uno lleva en la billetera, en los pesebres y novenas decembrinas, en los altares particulares que las madres colombianas disponen en alguna repisa de la casa y hasta en Internet, donde abundan las novenas por email e incluso en Facebook, donde alguien creó un grupo de fans de la Virgen María.

Estos rasgos de nuestra colombianidad sorprenden en Francia donde, según las estadísticas, el 43 por ciento de las personas se declaran indiferentes en lo que respecta a la religión. Exceptuando a la gente mayor de sesenta años, que se considera a sí misma practicante, es poco frecuente encontrar jóvenes o adultos menores de cincuenta años que se sientan atraídos por las ideas religiosas.

El año pasado tuve la oportunidad de celebrar aquí la Navidad lo cual me dio la excusa perfecta para indagar sobre las creencias místicas de mis amigos y allegados. Por un lado, están los ateos que niegan radicalmente la existencia de Dios y, por el otro, los laicos que defienden la independencia del hombre, de la sociedad y del Estado de toda influencia eclesiástica y religiosa.

Es tal la convicción laica de los franceses que aquí sería impensable que el presidente Nicolás Sarkozy propusiera en sus alocuciones el rezo del Padrenuestro por la seguridad del país o que invocara al Espíritu Santo para que iluminara a las autoridades económicas.

Incluso muchas de las asociaciones que apoyaron a Ingrid Betancourt durante su secuestro se sintieron defraudadas cuando la ex candidata presidencial le dio gracias a Dios y a la Virgen por su liberación. Para estos militantes, la operación de rescate y liberación de Ingrid Betancourt no tuvo nada que ver con la Divina Providencia sino con el esfuerzo humano.

Sin embargo, la escasa religiosidad de los franceses no quiere decir que sean personas poco comprometidas. En el poco tiempo que llevo aquí me he dado cuenta de que los franceses tienen un gran espíritu solidario, son un pueblo activo y dinámico que se moviliza para defender los derechos civiles y hacer respetar las libertades individuales.

Puede ser que la Navidad francesa no tenga el encanto "mágico, cómico, musical" de la Navidad colombiana, con su sincretismo religioso que permite que haya tigres de plástico cuidando al Niño Dios y novenas bailables donde el rezo se refunde entre litros de aguardiente y ron mientras Jorge Celedón nos reafirma "qué bonita es esta vida".

Francia no es Colombia y me gusta que sean diferentes. Pero reconozco que esta experiencia laica francesa nos sirve para reflexionar hasta qué punto la religiosidad en Colombia es un compromiso ético de fondo o una práctica mecánica a través de la cual muchas personas buscan limpiarse la conciencia.