• Colombia, según el corresponsal de ‘Time’
     
     
    John Otis escribió ‘Ley de la selva’ para explicarles a los norteamericanos la guerra que cubre en este país hace 13 años. Artículo de El Espectador.
  • Colombia para no colombianos
     
     
    Estrenamos una sección dirigida a los amigos de Colombia, con información útil sobre lugares para visitar, trámites migratorios y todo lo necesario para aproximarse al país.
  • Conozca a los candidatos que quieren representarlo en el Congreso
     
    Publicamos otras respuestas de los candidatos. Ahora sí tiene el abanico completo para que este 14 de marzo tome la mejor decisión.
  • “Si la encontramos haríamos una fiesta en Granada Cundinamarca”
    "Si la encontramos haríamos una gran fiesta en granada, cundinamarca"
     
    Dominga Jaimes contactó a Conexión Colombia para encontrar a su sobrina Gladys, quien se fue con una pareja de belgas cuando era niña. Le contamos la historia. 
 
 

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Blog Conexion Colombia

Tags >> Burdeos
ene 26
2010

La vida sobre ruedas

Posted by María Inés McCormick in Burdeos

En 34 años de vida mi relación con la bicicleta ha sido escasa por no decir que nula. Dejando de lado una bicicleta verde oliva que compartí con mi hermano en la década de los ochenta -cuando las mamás todavía se sentían tranquilas al saber que sus hijos montaban en bicicleta por las calles del barrio sin miedo a ser víctimas de un atraco- mi contacto con el popular caballito de acero había sido más bien esporádico.

Para confirmar la creencia popular de que montar en bicicleta es algo que jamás se olvida, durante muchos años yo hice lo propio y con mucho esfuerzo logré dejar mi honra en alto cuando algún amigo deportista organizaba un paseo por los senderos de la finca o se inventaba una salida a la ciclovía, planes que, para ser honestos, ocurrían una vez cada cinco años…y eso.

En mi agitada vida bogotana, acostumbrada a moverme en carro, taxi, bus o a pie, jamás se me ocurrió pensar en la bicicleta como un medio de transporte alternativo. La cicla me parecía excelente para hacer ejercicio pero usarla para ir a estudiar o trabajar me parecía descabellado. La sola idea de llegar acalorada y sudorosa a una entrevista luego de haber pedaleado 3 kilómetros me parecía absurda. Entonces conocí a mi marido y todo cambió. La bicicleta entró a nuestro hogar para ocupar una plaza tan importante como si fuera la nevera, la cama o el televisor. Mi esposo se va al trabajo, hace compras en el supermercado del barrio, va a pagar cuentas, va a visitar a los amigos y hasta sale a rumbear en bicicleta. Pero Olivier no es el único. En las ciudades francesas las mamás amarran a sus niños en una silla especial y los llevan pedaleando a la guardería o al colegio, los estudiantes de bachillerato prefieren ahorrase la plata del bus y se van en cicla hasta el liceo, las señoras de cincuenta años se van de compras en vélo y algunas personas prefieren este método de locomoción para asistir a exposiciones, cenas y fiestas. En Francia la bicicleta está en todas partes y todo el mundo da por hecho que los demás saben montar y lo disfrutan. Incluso hay gente cuyo plan de vacaciones es descubrir una región a punta de pedal.

En Burdeos no es necesario comprar una bicicleta para movilizarse ya que la alcaldía las alquila. Solamente se paga un derecho por un año y cuando uno devuelve la bicicleta le reembolsan el dinero. En otras ciudades como Paris, Nantes o Montpellier, existe la modalidad de Vélib, un servicio donde es posible alquilar una bicicleta por una hora o varios días. Existen varias estaciones regadas por toda la ciudad y el abonado puede coger una cicla en una estación y devolverla en la siguiente.

Mentiría si digo que ahora soy una experta. Es cierto que he mejorado mi capacidad física pero todavía me siento incómoda montando en falda y tacones y dudo mucho que algún día sea capaz de maniobrar la bicicleta con un bebe atrás y tres bolsas de mercado. Estoy lejos de emular a Fabio Parra o a Lucho Herrera pero con práctica y paciencia espero llegar a la meta de este nuevo desafío cultural.

ene 08
2010

Sin tetas hay paraíso

Posted by María Inés McCormick in Burdeos

Las playas francesas son famosas por sus desparpajadas bañistas, quienes aprovechan cada rayito de sol para tostar su anatomía. Lejos del pudor y las críticas que eso significaría en Colombia, las francesas no se andan con tapujos y a la hora de obtener un bronceado parejo y perfecto no tienen reparo en despojarse de la prenda superior del vestido de baño y lucir sus atributos.

Este que pasó, fue mi primer verano francés lo que significó que estuve muchos días en la playa y, por consiguiente, vi muchos senos. No sólo de mujeres hermosas sino de madres lactantes, de jovencitas impúberes, de matronas voluminosas, de gordas, de flacas, de blancas, de negras, de bonitas, de feas y de viejitas… muchas viejitas color zanahoria que desconocen la palabra cáncer y siguen achucharrándose el cuero a pesar de que ya están arrugadas como una ciruela pasa.

Si bien este año los hombres se quejaron del descenso del monokini (al parecer, en años anteriores hubo más desnudos frontales), pude constatar que aquí en Francia el tamaño es lo de menos ya que gran parte de las mujeres que lo practican tienen el busto pequeño y no se sienten acomplejadas por ello. Al contrario, lucen orgullosas sus cualidades y literalmente sacan pecho aunque muchas no tengan.

Cuando uno viene de ese Silicon Valley que es Colombia, donde las adolescentes piden de regalo de quince años un aumento de busto y donde la estética ha tasado el valor de las mujeres según su talla de brassier, resulta curioso ver una sociedad donde esa no es la norma a seguir sino que, por el contrario, es casi un sinónimo del mal gusto.

Ignoro cuál sea la situación económica de un cirujano plástico en Francia, pero exceptuando casos de reconstrucción y uno que otro lifting facial, no deben tener una gran clientela. Aquí las mujeres prefieren el estilo natural y, quizás por su constitución delgada, prefieren volúmenes pequeños en busto y dérriére por lo que se resisten a las figuras voluptuosas que, según ellas, son sinónimo de vulgaridad. Hace un par de meses fui testigo de cómo una mujer de 35 años fue la comidilla de su grupo de amigos luego de que todo el mundo se enterara de que la dama en cuestión se acababa de poner implantes de silicona. La gente la miraba de reojo y negaba con la cabeza como si la señora hubiera cometido una falta gravísima. Al comienzo, creí que las críticas eran de naturaleza femenina -por aquello de la envidia- pero luego constaté que los propios hombres censuraban la medida y les advertían a sus esposas/novias que ni se les ocurriera hacer la misma gracia.

Cuando yo les digo que en Colombia conozco a más de 15 mujeres que se han puesto implantes (sin contar a modelos, reinas de belleza o presentadoras de televisión) sino que se trata de compañeras de oficina, de universidad, de colegio, de barrio, etc., las francesas se quedan aterradas. Una de ellas, que tuvo la oportunidad de viajar a Cali, me dijo que en la capital del Valle se había sentido intimidada al ver a tantas mujeres luciendo sus enormes atributos por la calle. “Son mujeres bellas” –me dijo- “Pero ya es demasiado…es como un bombardeo de senos en tu cara”. Quién lo iba a pensar pero el escote los impresiona más que un desnudo total en la playa. Pero bueno…como dicen por ahí…para gustos, los colores.

dic 04
2009

La Marsellesa

Posted by María Inés McCormick in Burdeos


Cuando vivíamos en Bogotá un día madrugamos a hacer mercado en el Éxito de la calle 53 y, como llegamos muy temprano,  tuvimos que esperar hasta que abrieran el almacén. Armados con nuestro carrito franqueamos la entrada del supermercado y todavía no puedo olvidar la cara de sorpresa de mi esposo cuando escuchó a través de los altoparlantes del supermercado las notas del himno nacional de Colombia.

Reconozco que a mí también me llamó la atención tanto patriotismo a la hora de hacer las compras pero supuse que era una muestra más del honor y el orgullo paisa. Olivier no entendía lo que estaba pasando y me decía que eso en Francia sería inadmisible. Que un supermercado pusiera el himno nacional era sinónimo de fascismo. Ni qué decir de ondear la bandera a la entrada del edificio o de pegarla en la ventana de la casa en los días patrios.

¡Horror de los horrores!

En esa ocasión pensé que esas eran locuras de mi marido y que el resto de franceses no podían ser así de radicales pero estaba equivocada. De hecho, Olivier es bastante tolerante si lo comparo con sus demás compatriotas. Para la muestra un botón. Una de las noticias que más revuelo ha causado en las últimas semanas es la “atrevida” propuesta del Ministro de la Inmigración , Eric Besson, a quien se le ocurrió la delirante idea de sugerir que en los colegios franceses se les enseñe a los niños a cantar La Marsellesa  para que la entonen aunque sea una vez al año. Todo, según él, porque es preciso reafirmar la identidad nacional.

Al señor ministro le han caído encima todo tipo de críticas e improperios por parte de la oposición. Lo acusan de estar buscando votos electorales, de hacer populismo barato para distraer la atención de los verdaderos problemas sociales que aquejan al país  y le aclaran que la identidad nacional no tiene nada que ver con cantar el himno. Califican la medida como el regreso del petainismo más nauseabundo (el mariscal Petain fue el militar que colaboró con los alemanes durante la ocupación nazi de Francia durante la Segunda Guerra Mundial) y aseguran que todo se trata de una maniobra política para revivir viejos nacionalismos y preparar el terreno para las elecciones regionales de marzo de 2010.
El debate sobre la identidad nacional está que arde y en los medios salen encuestas, columnas de opinión y sondeos para medir la percepción del pueblo sobre lo que se considera ser francés.   

Al escuchar la noticia en la televisión no pude dejar de pensar en ese lugar común tan nuestro, según el cual,  el himno más lindo del mundo es el francés y luego viene el colombiano. Cuando se lo conté a mi esposo,  él me hizo cara de confundido. ¿A quién se le ocurrió decir eso?- me dijo. ¿Con qué criterios midieron eso?
Criterios me imagino que muy pocos pero lo cierto es en Colombia debe haber más personas que tararean la entradilla de La Marsellesa que en la propia Francia.
 Allons enfants de la Patrie, le jour de gloire est arrivé…

oct 30
2009

Monsieur Bricolage

Posted by María Inés McCormick in Burdeos

En una de las clases de francés que tomé en Bogotá antes del viaje para no llegar tan perdida a mi nuevo hogar, se abordó el tema de la vida cotidiana en Francia. Entonces la profesora contó que a un gran porcentaje de franceses le gusta hacer caminatas, montar en bicicleta, la jardinería y hacer bricolage. Este último hobbie hace referencia al gusto que tienen los franchutes por trabajar la madera. Los más habilidosos pueden hacer sillas, mesas, juguetes, repisas y arreglar puertas. En ese momento otra estudiante, una profesora de una universidad reconocida en Bogotá, levantó la mano y dijo que si en Francia la gente construía su propia repisa era porque era pobre y no podía comprarla. Este mismo argumento lo usó para explicar que esa “pobreza” era la que obligaba a los franceses a podar ellos mismos su jardín, lavar ellos mismos su ropa, limpiar ellos mismos su casa y cocinarse su propia comida. En su visión de mundo no cabía la posibilidad de que una persona –con capacidad de pago por ingresos o subsidios- fuera capaz de ocuparse de sí misma.
Cuando yo conté que me venía a Francia la reacción de muchos fue: “¿Te vas a ir a un sitio donde no vas a tener muchacha? ¿Dónde la gente es puerca y no se baña?” (De eso hablaremos en otro blog).

En ocho meses me he dado cuenta de que lo que se ve en algunos hogares de Francia es una repartición de las tareas de la casa más equitativa. No voy a decir que es en todas las casas, pero al menos eso es lo que he visto en las familias que he conocido. Quizás lo más sorprendente es que no se recargan todas las tareas del hogar en la mujer bien sea esposa, madre o hija. Los hombres aquí lavan platos, ponen y recogen la mesa, algunos saben cocinar, sacan la basura, saben usar la lavadora, extienden la ropa, hay unos que hasta aspiran y la gran mayoría juega con sus hijos, les dan de comer y les cambian el pañal. No serán los siete días de la semana pero por lo menos repiten esta rutina en cuatro jornadas y si uno les dice que “se muevan”, lo hacen.

En Colombia los hombres también podrían hacer eso pero nuestro machismo (promovido en parte por nosotras las mujeres tan pronto nos volvemos madres) los termina volviendo unos entes que no son capaces de fritarse un huevo ni echar a lavar un pantalón. Esta entrega abnegada de nuestras madres colombianas, también afecta a las hijas mujeres. La liberación femenina quiso que nuestras madres buscaran un mejor futuro para nosotras: garantizarnos el acceso a la educación para ingresar al mundo laboral y no quedarnos como esclavas de la cocina. Entonces, muchas crecimos bien, fuera con la mamá que nos hacía todo o, cuando la mama trabajaba, su rol era reemplazado por la abuelita, la tía, la vecina, la madrina y -si había plata con que pagar-pues una muchacha que se encargaba de todas las cosas operativas.
Recién llegada a Francia fue mi marido el que me reveló los secretos de la temperatura para lavar la ropa, el que me explicó los trucos para planchar y el que  me compartió un par de recetas fáciles de preparar en segundos. Es lógico, él vive solo desde los 20 años y le tocó aprender a hacerse cargo de sí mismo. Su madre vivía lejos y él no se iba a quedar sin comer ni vestirse porque no había una persona en casa para prepararle el almuerzo y tenerle lista la camisa.

Si visitamos el apartamento de unos estudiantes franceses, ciertamente no será una tacita de plata pero al menos estoy segura de que en su proceso de maduración estos jóvenes están aprendiendo unas habilidades mínimas para sobrevivir. No se trata de oficios de mujer ni de hombre ni de ricos ni de pobres sino de simples normas de convivencia y de vida comunitaria. Si en la casa viven todos, deben ayudar todos. El servicio doméstico es una ayuda pero no debe ser la excusa para que hombres y mujeres se vuelvan inútiles.

oct 16
2009

¿En tu país no hay subsidios?

Posted by María Inés McCormick in Burdeos

Desde que tengo memoria he escuchado una frase que bien podría hacer parte del Himno Nacional porque la repiten a cada rato: “En Colombia, debido al abandono del Estado…”.
 
La frase puede completarse con cualquier ejemplo. Sirve para explicar por qué en ciertas regiones y para ciertas personas no hay escuelas, ni hospitales, ni vacunas, ni medicamentos, ni educación gratuita, ni carreteras, ni vivienda digna, ni puentes, ni agua potable, ni acueducto, ni luz eléctrica, ni ferrocarriles, ni servicios de transporte, ni acceso a la tierra, etc.
 
Al momento de analizar los males que atacan al país, el abandono del Estado siempre aparece encabezando la lista de responsables. Nosotros no tenemos un Estado paternalista sino que somos hijos de una Nación que es más una madre soltera abandonada a su suerte que debe ocuparse por sacar adelante a sus hijos.
 
En este rebusque nacional, el colombiano –sin importar la clase social- aprendió a las malas que su bienestar dependía de sí mismo y de las oportunidades que el azar le hubiera otorgado. “Es mejor ser rico que pobre”, dijo Pambelé y su filosofía de vida no estaba errada. En Colombia nada es gratis. El que tiene plata, compra; el que no tiene plata, se endeuda; y el que no tiene nada, mendiga y si está de buenas le dan.
 
Con este mandamiento crecimos en Colombia. Los subsidios son para los más pobres de los pobres y tampoco es que clasifiquen todos porque hay muchos que viven en el limbo. Para colmo, el subsidio tampoco los saca de la pobreza sino que les permite sobrellevar sus necesidades en medio de la resignación del ‘Dios proveerá’ porque en el Tercer Mundo el Creador ‘aprieta pero no ahorca’.
 
Toda esta explicación para ambientar otra de las charlas recurrentes con los franceses. No importa si uno está hablando de comprar carro, tener un hijo, tomarse unas vacaciones, estudiar, montar en bus, alquilar un apartamento, volverse agricultor ecológico o poner un negocio, en algún momento de la charla con el francés en cuestión dirá que ese proyecto podrá realizarlo gracias a que el gobierno tiene un subsidio o una ayuda económica que le ayudará a hacer su sueño realidad.
 
En este caso no estamos hablando de subsidios para los más pobres de los pobres sino de beneficios que recibe la gente en general para aliviar las cargas en diferentes etapas de la vida que son más vulnerables como la infancia, la maternidad, la vejez, etc., lo cual es una acción muy loable.
 
Y es aquí donde aparecen los efectos perversos de los que hablan los economistas cuando promueven la focalización. Es maravilloso tener un “Papá Estado” que le eche una mano a uno cuando se está atravesando por una mala racha como el desempleo o cuando la plata no alcanza para llegar a fin de mes. Es una maravilla tener educación pública, salud, servicios públicos e infraestructura. Es lo mínimo que todas las personas deberían tener para garantizar una vida digna.
 
Lo irónico es que aquí en Francia la protección del Estado ha generado que muchos de sus hijos se vuelvan unos recostados que lo único que les gusta es recibir la ayuda sin mover un dedo. Puros derechos y nada de deberes.
 
He conocido familias –no sólo de inmigrantes- que promueven los hogares numerosos y que hablan abiertamente de sus planes de tener 3 o 4 hijos. Cuando les pregunto que si no es muy caro, ellos responden que para eso está el subsidio y las ayudas del Estado. Jóvenes, que teniendo la ventaja de la educación gratuita, deciden no terminar el bachillerato ni acceder a la educación superior porque para qué esforzarse si al final pueden ordeñarle unos cuantos euros al sistema.
 
Si en la época de nuestras abuelas se decía que cada niño nacía con el pan debajo del brazo, en Francia cada niño nace con su subsidio debajo del brazo.
 
Los que más me indignan son los que se lamentan por la crisis económica pero en realidad lo que les gusta es trabajar por temporadas, sólo para cotizar lo suficiente para clasificar al subsidio de desempleo, y luego negocian una “echada” ficticia con su empleador para quedar cesantes y poder dedicarse a viajar por el mundo con la plata del gobierno. Lo más irónico es que estas personas son las que más critican al sistema francés y se quejan de que no les ayuda lo suficiente.
sep 29
2009

“Deje así” o “laisse tomber”

Posted by María Inés McCormick in Burdeos

 

Aprender un nuevo idioma es un proceso arduo y algunas veces tortuoso, sobretodo, cuando uno decide aprenderlo después de los treinta. Las cosas cotidianas que antes se hacían sin pensar, de repente, se vuelven una odisea. Ir al banco, hacer mercado, adelantar un trámite en una dependencia oficial, ir al médico, asistir a una cena con más de tres personas, hacer una hoja de vida, mandar un email, hacer un reclamo en una oficina de servicio al cliente o simplemente hacer y recibir llamadas telefónicas se vuelven proyectos trascendentales.

La Alianza Francesa de Bordeaux queda a cinco cuadras de mi casa, así que durante los primeros cinco meses mi rutina consistió en ir todos los días de 9 a 12 a aprender esta hermosa lengua que se oye tan bonita y tan musical pero que es muy complicada de pronunciar por sus sonidos nasales, sus vocales que no se dicen y su gramática un tanto enredada.

Un amigo argentino que lleva ocho años en Francia me dijo que al comienzo lo más duro era no poder ser él mismo. Su "maravillosa" personalidad argentina no podía brillar en todo su esplendor porque él no tenía el vocabulario ni la fluidez para hacerse entender. Recién llegado se sentía como un niño de tres años balbuceando palabras, armando frases cortas tipo telegrama y sonriendo como un idiota cada vez que no entendía lo que le decían mientras respondía a todo con un ‘oui oui'.

Después de varios meses de desembolsar muchos euros en clases de idiomas para que al final me pusieran a ver el noticiero y escuchar la radio (lo que puedo hacer gratis en la casa), la recomendación de la profesora fue que me lanzara al mundo y que con la práctica iría soltando la lengua.

Con el tiempo los progresos han ido llegando pero, irónicamente, como la gente cree que uno entiende mucho más de lo que en realidad sabe la conversación se complejiza y en la mitad de la charla uno ya se volvió a perder. Lo mejor es cuando los niños de cinco años lo corrigen a uno y lo hacen caer en cuenta de sus errores gramaticales y de ese curioso acento que tenemos a la hora de hablar.

Hay meseros, cajeros, funcionarios, conductores y vendedores que son amables, me hablan despacio y en muchos casos interpretan lo que yo digo y no arman drama. Pero luego hay otras personas que se impacientan y comienzan a mirarme con desespero y se hacen los que no comprenden nada así uno les esté señalando el paquete de arroz que quiere comprar.

Entonces, reconozco, los maldigo en silencio. Al menos yo estoy haciendo el esfuerzo de aprender su idioma cuando la mayoría de ellos ni siquiera habla una segunda lengua.
Hace dos meses, luego de una deducción a partir de varias conversaciones con algunas personas, comprendí que la expresión ‘laisse tomber', que literalmente significa ‘déjalo caer' y que se usa en varios contextos, también se acomodaba a la entrañable expresión colombiana ‘Deje así'.

Será una tontería pero eso me alegró el día. Ahora cada vez que un francés o una francesa me hace una remarca sobre mi forma de hablar, ya no me molesto ni me deprimo. Sé que es sólo cuestión de paciencia, mucha práctica y que todo vendrá con el tiempo. No me voy a hacer líos...simplemente...laisse tomber.

ago 24
2009

Personajes Famosos

Posted by María Inés McCormick in Burdeos

Hace poco una amiga colombiana me contó una historia que me conmovió. Ella, también inmigrante pero en Italia, tiene un hijo de nueve años. Un día el niño llegó a la casa y le contó a su madre que él se sentía muy orgulloso de ser colombiano pero que en el colegio cuando los demás niños le preguntaban qué personajes colombianos eran famosos él sólo podía nombrar a los de siempre: García Márquez, Botero, Ingrid Betancourt, Juanes, Juan Pablo Montoya y Shakira, evitando mencionar a los ya tristemente célebres Pablo Escobar y las Farc.

Luego el turno era para sus compañeros de clase italianos, quienes en segundos despachaban un listado impresionante que incluía todas las artes y disciplinas. De sus bocas salían Leornardo Da Vinci, Miguel Angel, Galileo, Cristóbal Colon, Luciano Pavarotti, Julio Cesar, Sofía Loren, Roberto Baggio y hasta el mismísimo Pinocho.
Es verdad que si comparamos a nuestros países en vías de desarrollo con las grandes potencias nos vamos a quedar siempre cortos en materia de científicos, artistas, emperadores, exploradores, reyes e inventores. Sin embargo, hay un terreno que es común en todos los pueblos y en eso ni los italianos, ni los franceses, ni los ingleses, ni los norteamericanos, ni los colombianos nos podemos diferenciar: el gusto por lo popular.

Pues si señores, esa es la verdad. Llegó el momento de desmitificar a nuestros referentes del primer mundo. En Europa hay gente brillante y muy culta pero no toda la población se la pasa en debates académicos sobre el origen del universo ni desarrollando nuevas vacunas ni diseñando la estación espacial internacional.

En el imaginario colectivo del colombiano, Francia es París, la Torre Eiffel, Víctor Hugo, Voltaire, Edith Piaf, Coco Chanel, Napoleón, María Antonieta, Sartre, Simone de Beauvoir, Rousseau, Montesquieu, Jaques Cousteau, Amelie, El Principito...todo muy elegante, muy refinado, muy inteligente, muy intelectual, muy moderno, muy desarrollado, muy culto, muy bonito, muy chic, muy francés.

Pero Francia también tiene su cultura popular, una que se vive de manera paralela y que no transciende las fronteras. Francia también es Johnny Hallyday y Claude François. El primero es la versión francesa de Elvis Presley pero con un mejor desenlace pues ha logrado reinventarse y mantenerse en los escenarios durante más de cuarenta años al tiempo que ha forjado una interesante carrera en el cine. Ahora el rockero Johnny anda en su tour de despedida con el que pretende recorrer todo el hexagone (como se le dice al país por su semejanza con la figura geométrica) para despedirse de sus millones de fans, los mismos que en 1998 llenaron el Stade de France para verlo descender al escenario desde un helicóptero.

Y es que Johnny es tan francés como la Torre Eiffel. Johnny es la estrella más grande de Francia y mucha gente lo adora. Sobretodo, la gente que no se las da de intelectual ni que se complica la vida con grandes interrogantes existenciales sino que simplemente se dedica a vivir. En varias reuniones donde se habla de política, de religión, de medio ambiente, de la crisis económica, de arte, etc., me he topado con personas, de izquierda y de derecha, que cuando les hablo de Johnny esbozan una sonrisa y niegan públicamente su gusto por el sexagenario rockero. Es como un placer popular que todos disfrutan -de lo contrario no se llenarían los estadios - pero que ocultan con cierta culpa como si eso no fuera una parte de su ‘ser' francés. Es una especie de gusto vergonzante. Le reconocen su éxito pero mantienen cierta distancia. Como si los que fueran a sus conciertos y compraran sus discos no fueran ellos sino los ‘otros franceses'.

El segundo personaje es Claude François, mejor conocido como Clo Clo, quien me parece una delicia. Como un merengón de arequipe con leche condesada y salsa de chocolate. Una mescolanza dulce y empalagosa que me llegó de regalo desde los años setenta para demostrarme que si en Colombia las mamas bailaban con Oscar Golden, Sandro, Rafael y Nino Bravo- sentando las bases de nuestra futura música de plancha- las mamás francesas suspiraban, lloraban y perdían la cabeza por Claude François.
Aunque Clo Clo murió hace ya varias décadas, su presencia sigue presente en la cultura popular francesa ya que a cada rato le hacen homenajes, sus discos se siguen vendiendo y hasta hay concurso de imitadores.

A Claude François lo descubrí gracias a una emisión de televisión y me topé con un señor bajito, delgado y con una cabellera rubia como peluca de muñeco de ventrílocuo. Clo Clo habría hecho las delicias de los hogares colombianos si hubiera llegado al show de las estrellas con Jorge Barón. No sólo por sus canciones sino por su particular forma de bailar, acompañado de sus claudettes, una especie de supernotas como las Jimmy Salcedo en los ochenta que lo acompañaban en sus originales coreografías. Como gran artista del mundo popular, Claude François murió de una manera trágica e inusual que ayudó a acrecentar su leyenda. Falleció electrocutado mientras intentaba cambiar un bombillo en su bañera.

Al igual que con Johnny, cuando yo menciono a Clo Clo en las reuniones, la gente vuelve a sonreír y me preguntan que yo qué hago viendo eso. Que no pierda el tiempo con esos artistas populares y que centre mi atención en los verdaderos artistas de calidad. Yo les respondo que si estoy en Francia es para conocerlo todo, no sólo la Francia perfecta sino la Francia popular, la de barriada.

Lo popular es parte de la cultura, sólo que su empaque muchas veces molesta a la gente. Para la muestra un botón. En 1967 Claude Francois escribió junto a Jacques Reveaux la cancion Comme d´habitude. La canción gustó en Francia y también le gustó mucho a un cantante norteamericano. Como el señor en cuestión tenía voz de infarto, ojos azules y un porte de galán, le hizo arreglos, la tradujo al inglés y la convirtió en un éxito. El gringo era Frank Sinatra y la cancion My way.

Para ver a Claude Fracois
Para ver a Johnny Hallyday
 

ago 13
2009

¿Estudias o trabajas?

Posted by María Inés McCormick in Burdeos

Mi diploma de comunicación y periodismo no es reconocido en Francia. Así me lo explicó una funcionaria francesa durante el ‘bilan de competences', una especie de asesoría que ofrece el gobierno para ayudarle a los inmigrantes legales a vincularse al mercado de trabajo. Luego de mirar mi hoja de vida, la mujer me dijo que tenía mucha experiencia y que no debía echarla en saco roto sino que debía meterle muchas ganas para abrirme un camino en la escena laboral francesa. Hasta ahí todo pintaba bien...luego llegaron los peros.

El primero vino de la mano de mi profesión. Me dijo que sí quería podía mandar hojas de vida a las ofertas que aparecieran en el periódico y que en una de esas encontraba a un empleador que no le importara que fuera colombiana y me contrataba. El mundo laboral es igual en todas partes y toca hacer parte de una rosca. Tener un círculo de contactos que en el caso de un inmigrante se construyen desde cero pues uno no conoce a nadie cuando llega. Para irlo haciendo me han aconsejado que empiece como practicante o trabajando gratis en algún medio comunitario, ONG o como voluntaria en una asociación de solidaridad para ir haciendo contactos.

El problema es que el periodismo está centralizado en París y como yo vivo en provincia pues el mercado es bien reducido y la oferta casi inexistente. Luego vino lo del bendito diploma que como no es francés me puede complicar las cosas. Francia sólo reconoce los títulos de la Unión Europea, USA y Canadá. La funcionaria me dio los datos de un organismo en París en donde me cobran alrededor de 100 euros por hacerme una atestación en la que dicen a qué equivalen mis años de estudio. Como nuestros sistemas educativos son diferentes los cinco años que hice de comunicación en Bogotá vienen a ser tres de los del programa de aquí así que tendría que entrar a la universidad y hacer los dos años que me hacen falta para la equivalencia. En teoría eso es posible... pero ahora la que pone los peros soy yo. ¿Volver a estudiar periodismo después de doce años de trabajo profesional?

En la lista de peros de la funcionaria de la oficina de empleo aparecía, obviamente, la barrera del idioma. En ocho meses he mejorado el nivel de francés y la señora incluso me felicitó por mi capacidad de escucha y comprensión pero de ahí a redactar un artículo en la lengua de Voltaire hay un largo trecho por recorrer. Ya no se trata de tener un vocabulario más amplio, hay que conocer la gramática a fondo y aprenderse una bendita conjugación en pasado, el passe simple que viene a ser como el pretérito indefinido, que en la Alianza Francesa jamás lo enseñan porque: "para qué si eso jamás lo usas. Es sólo para la literatura y para escribir crónicas"...curioso...lo que yo sé hacer.

Ser periodista en Francia es lo mismo que en cualquier lugar del mundo: la mitad de la población nos mira con recelo por culpa de aquellos periodistas que son amarillistas, escandalosos y que hacen un mal manejo de la información. Sólo basta leer los comentarios de los usuarios en la página en Internet del periódico Le Monde, para saber que la mala fama de los periodistas no conoce fronteras.

El periodismo (como oficio y modo de sustento) entró en crisis con el desarrollo de las nuevas tecnologías. Gracias a la inmediatez y a las inmensas ventajas de internet, el email, los celulares, las cámaras digitales, Facebook y hasta Twitter, la información fluye de un lado a otro sin necesidad de intermediarios y los medios no andan interesados en contratar periodistas, reporteros, fotógrafos y mucho menos corresponsales.

En Francia, como en otros países, se vive el reinado del ‘pigiste', o lo que en nuestra jerga profesional llamamos el ‘freelance', o sea, una persona que escribe artículos por encargo y pasa una cuenta de cobro. No hay un contrato laboral de por medio y se tiene una existencia un tanto vertiginosa pues durante el mes en que hubo cosecha de artículos se garantizó una entrada de plata pero si al siguiente mes no salió ningún texto la cuenta de ahorros se quedó en ceros. En los foros de periodistas que he consultado, los pigistes franceses (que están la mayoría en París, donde se mueve el negocio) se quejan de la precariedad de su situación ya que muchos no alcanzan al smic, que es el salario mínimo francés, y deben completar sus ingresos con los subsidios del Estado. El smic equivale 1.337 euros al mes pero recuerden que aquí no sólo se gana en euros sino que se gasta en euros y un arriendo puede costar entre 700 y 900 euros y un menú del día ronda los 12 euros...eso en provincia porque París es mucho más caro.

Después del ‘bilan de competences', salí de la reunión con la funcionaria francesa como si fuera una estudiante recién salida del colegio preguntándome qué quiero hacer cuando sea grande. Sólo que no tengo 18 años sino 34. En el fondo ya sé la respuesta.
Como la mayoría de los inmigrantes, comenzaré la búsqueda de un ‘petit boulot' o un trabajo no calificado mientras mejoro el idioma. Pasaré hojas de vida con mi diploma colombiano por si las moscas y pensaré qué formación académica puedo realizar aquí que no sólo me de conocimiento sino que me ayude a abrir puertas en lugar de cerrármelas. ¿Debería haber estudiado administración o ingeniería?

jul 27
2009

¿Por qué estás en Francia?

Posted by María Inés McCormick in Burdeos

"Je suis colombienne et j´habite ici parce que je me suis mariée avec un français".
En español quiere decir: soy colombiana y vivo aquí por que me casé con un francés. Con esta frase comienzan todas mis conversaciones cada vez que conozco a alguien y me pregunta por qué estoy en Francia. Lo más chistoso es cuando les digo que el matrimonio se hizo hace tres años en Colombia por lo civil y que el motivo no fue porque yo estuviera desesperada por emigrar a Europa sino para que Olivier, mi novio en aquel entonces, tuviera los papeles y pudiera ser legal. Nos conocimos en Buenos Aires donde yo hacía una maestría y él aprendía español. Nos enamoramos y como yo tenía que volver a Colombia luego de terminar mis estudios, Olivier se ánimo a irse conmigo a pesar de la mala fama del país y de los comentarios de algunos porteños, a quienes les parecía absurdo cambiar Argentina por Colombia.

Como Olivier tiene un doctorado y había hecho una carrera docente, rápidamente le ofrecieron trabajo en una universidad pero estaba el lío de los papeles. Si Olivier no estaba legal no podían hacerle un contrato y la universidad no se iba a poner en todo el rollo de sacarle una visa de trabajo. Porque no crean...en Colombia también molestan y le ponen trabas a los extranjeros. No todos los que llegan son diplomáticos, ni trabajadores expatriados de multinacionales extranjeras, ni militares gringos que luchan contra el tráfico de drogas.

A los extranjeros comunes y corrientes que llegan a Colombia a estudiar, a trabajar o porque se enamoraron de un/a colombiano/a (que no serán miles pero que los hay los hay) también les toca hacer filas, sacar miles de papeles y llenar formularios. Así que para hacer el camino más fácil nos casamos. Olivier tuvo su visa de "ama de casa" y ya legal firmó el contrato y cambió su estatus por una visa de trabajo.

Después de vivir varios años en América Latina, a mi esposo le dieron ganas de volver a su país y pensamos que era una buena oportunidad para que yo conociera su cultura y aprendiera su idioma. Así que renuncié a mi trabajo y me vine a descubrir este país que por razones sentimentales se ha convertido en mi segundo hogar.

Una vez resuelta la primera pregunta de por qué estoy aquí, mis interlocutores franceses hacen el siguiente comentario: "pero tú no pareces colombiana...eres blanca, tienes los ojos claros y un apellido raro. Podrías ser europea".

Entonces yo respondo que en Colombia hubo mestizaje y que tenemos gente blanca, india, negra, mestiza, trigueña y morena. Que miramos al mundo con ojos negros, marrones, castaños, verdes, azules, pardos y en ciertas regiones hasta de un color miel que se asemeja al amarillo. Que llevamos el pelo liso, lacio, flechudo, ondulado, ensortijado y que también tenemos nuestros calvos. Hay de todo, como en botica.

Lo que más me causa gracia es que me digan que parezco europea porque mi piel es blanca cuando si hay algo que está cambiando en Europa es el color de su gente. Hay infinidad de africanos, latinos, árabes, polinesios y asiáticos que se reproducen como conejos y pueblan las ciudades y pueblos europeos cambiando la fisionomía del Viejo Continente para darle un rostro más heterogéneo.

Luego de una explicación muy barata de las leyes de la herencia de Mendel, el padre de la genética, para explicar por qué diablos los latinos podemos ser tan variados, la siguiente pregunta obligada es: ¿Te gusta Francia? ¿Estás contenta? La respuesta es clara: me gusta Francia así como también me gusta Colombia.

 

 

may 11
2009

De la droga y otros demonios

Posted by María Inés McCormick in Burdeos

 

Quizás lo más aburrido de ser colombiano en el exterior es el tema de la droga. No se trata solamente de las miradas inquisidoras en los aeropuertos y de los controles especiales de los que somos objeto por el simple hecho de ser originarios del país que ostenta el título del mayor productor de cocaína del mundo. Uno quisiera que el malestar fuera sólo durante el trámite migratorio del aeropuerto pero no, el agobio persiste y se pega a la piel como una sombra. Y, entonces, uno se vuelve un experto en capotear las críticas y los comentarios desagradables producto de la ignorancia. Sin darse cuenta, uno comienza a repetir la retahíla nacionalista y se escucha a sí mismo recitando de memoria las consabidas justificaciones: "En Colombia no todos somos narcos", "La guerrilla y los paras le han hecho mucho daño a Colombia", "Colombia no es tan peligroso, si visitas mi país no te van a matar".

Es cuando viene el gran dilema pues tratar de explicarle a un europeo el conflicto armado colombiano es una tarea monumental y quijotesca. Porque cada explicación genera nuevas preguntas desgarradoras que traen a colación lo absurdo de nuestra realidad. Eso si tenemos la suerte de toparnos con un interlocutor curioso y con mente abierta que esté dispuesto a conocer una cultura diferente. En los seis meses que llevo en Francia he conocido a todo tipo de personajes  y así como hay franceses interesados por conocer más a fondo la realidad de otras regiones del mundo, también hay muchos que no ven más allá de sus fronteras y tienen una visión general de América Latina donde prima la caricatura: sexo, droga, violencia, delincuencia y narcotráfico.

Entonces, una vez más uno se convierte en profesor de historia y geografía impartiendo una improvisada cátedra: "En los países de la zona ecuatorial no hay estaciones", "En América Latina se habla español", "En América Latina hay ciudades con edificios, sabemos que es una pizza y tenemos tarjetas de crédito".

Así transcurren mis conversaciones regulares con los franceses cuando descubren que soy colombiana. Las charlas se tornan más irónicas cuando mi interlocutor está fumando un cigarrillo de marihuana (consumo que, si bien es ilegal, es socialmente aceptado en Francia entre los jóvenes y adultos entre 35 y 45 años) al tiempo que me cuenta cómo lo conmovió la cinta "María llena eres de gracia". Esa es otra cosa curiosa de Europa. Aquí la gente no alcanza a sentirse identificada con el tráfico de drogas. Para ellos la cocaína, heroína, marihuana, éxtasis y demás drogas sólo tienen un valor recreativo ,como el tabaco y el alcohol , y en su cabeza no alcanzan a hacer una relación entre la selva amazónica devastada por los cultivos ilícitos y la cocaína que están inhalando en una fiesta.

Entonces uno siente deseos de volver a explicar las cosas, de  tratar de hacer entender que la realidad es más compleja de lo que ellos piensan  pero al final de cuentas uno también se cansa y a estas alturas de la conversación  uno ya está agotado de dar tanta cátedra y sólo tiene ganas de hablar de temas simples como el clima o el precio de la carne. Uno termina convertido en un profesor Jirafales tratando de atraer la atención de un grupo de gente  a la que poco o nada le interesa lo que pase en Colombia, Sri Lanka, Marruecos o Ghana.


Un amigo francés me dijo que al menos yo venía de un país que era conocido mundialmente así fuera por algo malo. Qué si viniera de Tuvalu o Guinea Ecuatorial sería aún más grave la situación de invisibilidad. A veces me pregunto si será mejor tomar la actitud de las celebridades cuando dicen: "que hablen mal o bien de mi pero que hablen".

 

 

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