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Blog Conexion Colombia

Tags >> Burdeos
mar 24
2009

La Garonne

Posted by María Inés McCormick in Burdeos

La primavera se acerca. Aunque los árboles aún no tienen hojas y la temperatura acaricia los siete grados, los días han comenzado a robarle minutos a la noche. Al sol se le ven las ganas de fiesta pues cada semana se acuesta un poco más tarde y es esa anticipación, esa dulce espera lo que poco a poco va entibiando los corazones.
Bordeaux se alista para el cambio de estaciones y la transición se nota. Con la complicidad del sol, las terrazas se van tomando las plazas y tímidamente las personas van dejando la pereza encerrada en la casa para salir a disfrutar de la belleza de la ciudad. Pero la ciudad no son sólo sus calles, parques, edificios y monumentos. La ciudad también es ella: La Garonne. Ese hermoso río que atraviesa la ciudad llenándola de vida. Esas aguas cadenciosas que le dan a Bordeaux un aire de postal con atardeceres que estremecen. Al admirar La Garonne siento alegría, amor, paz, satisfacción...

Y también siento envidia y no sé si es de la buena. Porque al ver este río espléndido y señorial, tan burgués como la misma ciudad, no puedo dejar de pensar en el río de mi ciudad natal. Ese río Bogotá muerto en vida por cuyas aguas no fluyen esperanzas ni sueños sino espumarajos tóxicos que arrastran la suciedad de los habitantes de la Sabana y la desidia de las autoridades locales, regionales y nacionales que durante décadas le han dado la espalda al río. Las buenas intenciones de varias asociaciones ecologistas han aportado su granito de arena para mantener limpio el nacimiento del río pero a medida que desciende de la montaña, el río Bogotá se va envenenando.

Cuando era niña, allá en los ochenta, el paseo familiar al Salto del Tequendama se hacia mirando desde la ventana del carro y sin detenerse en el camino por temor a los vapores putrefactos y fermentados emitidos por el río en señal de lamento. Algunos expertos dicen que el daño ya está hecho y que las medidas que se tomen solo retardarán el desenlace inevitable. Pero bueno...si en nuestro país la vida de una persona no vale nada...qué podemos esperar de la vida de un río.

Caminando por el malecón de La Garonne me cruzo con familias que pasean, veo grupos de jóvenes en bicicleta y mujeres paseando sus perros. También observo hombres trotando que se detienen a comprar ostras en los puestos del mercado y veo a una niña de un año dando sus primeros pasos al lado del río. La Garonne es como esa niña, llena de energía y con toda la vida por delante. El recuerdo del río Bogotá, ese río desahuciado, me asalta nuevamente y siento una mezcla de nostalgia y rabia. Nostalgia por aquel río que en época de mis abuelos simbolizaba el vigor de la naturaleza y rabia al reconocer que todos somos culpables de haberlo dejado en el abandono en el que hoy se encuentra.

feb 17
2009

Chèrie, ton régime

Posted by María Inés McCormick in Burdeos

 

Los viajes no serían lo mismo sin las escalas. Aquellas tediosas horas de espera en las que el tiempo se prolonga haciéndonos creer que las agujas del reloj marchan al revés. Para sortear las horas muertas no hay más remedio que recorrer los almacenes del duty free, tomarse un café,  aprovechar la conexión WIFI de algunos aeropuertos y por qué no...entrar a la librería para comprar un par de revistas que nos ayuden a amenizar el resto de trayecto que hace falta. Mi llegada a Francia estuvo antecedida de una escala de dos horas en el aeropuerto de Madrid y tras pasar los controles migratorios, con la consabida mirada maliciosa del funcionario de aduanas al toparse con un pasaporte colombiano, me aventuré por los estantes de una librería. 

Fue entonces cuando me encontré con la versión en español de un libro que causó alboroto hace un par de años en el mercado de la literatura de autoayuda gracias a su sugerente título: ¿Por qué las francesas no engordan?
Su autora, Mireille Giuliano, hizo una fortuna revelándole al mundo los secretos empleados por las féminas francesas para mantenerse delgadas y estilizadas sin privarse de los placeres de su renombrada gastronomía. Secretos que bien vale la pena conocer pues de lo contrario uno no se explica cómo una mujer puede conservar la línea en un país donde, según las estadísticas, una persona consume en promedio 58 kilos de pan, 24 kilos de queso y 55 litros de vino al año. Si bien el trabajo y los afanes del día a día obligan a las personas a recurrir a la comida rápida, cuando el tiempo se los permite los franceses intentan darse gusto y consentirse con una buena comida. En estos casos el día comienza con un tazón de chocolate caliente, pan (baguette o croissante), mantequilla, mermelada, yogurt, jugo de naranja y una fruta. El almuerzo, casero o de restaurante, intentará conservar un estricto orden de platos. Casi siempre habrá entrada, plato fuerte, plato de quesos, ensalada, pan, postre y café. Por la tarde, los niños y algunos adultos toman la merienda que, por lo general, esta compuesta de una bebida caliente y productos de pastelería. Antes de la cena, si se han invitado amigos a la casa, se comienza por el aperitivo. La idea es tomar un par de copas y picar algo antes de pasar "à table". Pero no crean que se trata de un paquete de papas fritas y una bandeja de cubitos de queso. Aquí el aperitivo no pretende llenar a la gente a punta de galletas de sal con queso crema, sino que busca despertar los sentidos para que el comensal se vaya preparando para el festín que viene a continuación. Si los anfitriones no quieren preparar pasabocas, los supermercados y pastelerías ofrecen una amplia gama de "amuse-bouche"  (diversión para la boca, de manera literal) que van desde mini canastas de hojaldre rellenas de jamón y queso, hasta pequeñas copas individuales de mousse de salmón. La cena suele ser más ligera que el almuerzo pero intentará repetir la misma sucesión de platos arriba mencionada.

Aunque  la crisis económica ha afectado el poder de compra de los franceses, quienes ya no pueden gastar tanto dinero en restaurantes, lo cierto es que la cultura culinaria está profundamente arraigada en este país donde una simple comida casera puede dejar boquiabierto a un extranjero.  En Burdeos la palabra "gourmande" (goloso)  está escrita en el 70 por ciento de los establecimientos que venden comida lo que muestra claramente la pasión de los franceses por la buena mesa.

Entonces... ¿cómo hacen para no engordarse? Hay varias explicaciones. Primero, aquí las porciones son más pequeñas y la elección de los alimentos es balanceada. La entrada puede ser una sopa de legumbres, una terrine, una ensalada verde o verduras gratinadas. Aquí jamás le pondrán una rodaja de tomate sobre un hoja marchita de lechuga o sobre un cúmulo de arvejas. La comida es un ritual donde todos los platos juegan un rol importante y por ello los franceses se esmeran cuidando todos los detalles. De ahí que las verduras resulten apetitosas incluso para las personas que antes las rechazaban.

Después de la entrada, viene el plato principal que estará compuesto de dos elementos: una proteína animal (res, pollo, pescado, ternera, cerdo, etc.) y una harina, bien sea papa, arroz, pasta, etc. Este dúo dinámico entre proteína y carbohidrato no permite un "ménage à trois"  con una tercera harina y mucho menos el coqueteo de un frito. Aquí nuestra hipercalórica bandeja paisa es un pecado mortal, una orgía de carbohidrato y grasa.

El plato principal también puede ser una poderosa ensalada compuesta de vegetales y alguna carne o pescado porque... ¡oh sorpresa! en Francia los hombres también comen ensalada y no sienten que las opciones Light sean un capricho de jovencitas anoréxicas.

El desfile de comida continúa con la tabla de quesos, el pan  y la ensalada (lechuga) para rematar con el postre que suele ser una fruta, un yogur o una opción de pastelería. Vale la pena aclarar, que toda esta ingesta ha estado bañada por vino y agua....ésta última de la llave. Aquí los comensales exigen una "carafe d´eau", una jarra o botella de vidrio reciclada donde sirven agua del grifo sin ningún costo, lo que abarata considerablemente la cuenta en caso de ir a un restaurante.

Este régimen nutritivo, apetitoso y balanceado funciona a las mil maravillas para los franceses pero cuando se habla con los extranjeros se evidencia que muchos han aumentado un par de kilos desde su llegada. Lo anterior demuestra que el éxito de los locales no es sólo su dieta, sino la cantidad de actividad física que realizan ya que muchas personas van al trabajo y a la universidad en bicicleta e incluso las madres son unas expertas ciclistas que llevan y recogen a sus hijos de la guardería en bicicleta y los amarran cuidadosamente en unas sillas especiales para este medio de transporte. Otro aspecto relevante es el autocontrol que tienen las francesas a la hora de manejar su apetito.

Una mujer francesa no se priva de un chocolate, un helado, una tarta o una galleta, la diferencia es que sólo se come una en lugar de cinco. Las francesas beben vino o agua durante las comidas en lugar de gaseosa, cuando tienen un antojo en la mañana o en la tarde se comen una fruta o un yogur en lugar de un paquete de papas fritas o un bizcocho. Esto no quiere decir que en Francia no haya personas gordas, porque las hay, pero el peso promedio de una francesa es de 62 kilos para una estatura de 1´64 cm, lo que las sitúa entre las más delgadas del mundo si tenemos en cuenta que en USA el promedio de peso es de 74 kilos para la misma estatura. 

La charla también hace parte del ritual de la comida lo que me ha permitido constatar que un almuerzo o una cena pueden extenderse varias horas. No se trata de comer en quince minutos y pasar a la siguiente actividad sino relajarse y dejar espacio entre plato y plato para conversar. Es entonces cuando la ansiedad se va diluyendo y, aunque las porciones sean pequeñas, el estómago se va acostumbrando a comer poquito pero variado y aprende a disfrutar en lugar de devorar.

Hasta el momento mi peso sigue siendo el mismo pero siguiendo el ejemplo de los franceses he comenzado a hacer más ejercicio del que hacía en Colombia. Al contrario de lo que muchos puedan pensar, esta actividad lúdica no me está costando nada pues la alcaldía tiene un programa para fomentar el uso de la bicicleta y las alquilan gratuitamente. En todo caso, es tal la conciencia que tienen los franceses sobre su peso que si me llego a engordar  de seguro alguno de mis amigos me dirá de frente: "chèrie, ton règime", o sea, "querida, no descuides tu dieta".

ene 26
2009

Cuestión de Fe

Posted by María Inés McCormick in Burdeos

"¿Quieres escribir sobre la experiencia de ser colombiano en el exterior?" Esa fue la pregunta de la editora de Conexión Colombia y debo reconocer que su propuesta me resultó tentadora. Apenas llevo tres meses viviendo en Francia pero ya puedo percibir las diferencias culturales. Algunas evidentes y otras sutiles. Si bien muchos compatriotas se muestran sorprendidos por la nieve, el desarrollo de los medios masivos de transporte y el buen mantenimiento de las vías, a mí me ha causado curiosidad la apatía religiosa de los franceses, apatía que en ciertos casos se manifiesta en un ateísmo declarado.

Si bien la Iglesia Católica ha ido perdiendo fieles entre la población más joven, lo cierto es que Colombia sigue siendo el país consagrado al Sagrado Corazón de Jesús, donde la gente se casa por la Iglesia, donde los niños se bautizan y hacen la primera comunión, donde la gente se persigna al pasar en frente de un templo, donde las personas creen en milagros obrados por Divinos Niños, Señores Caídos y Vírgenes Milagrosas.

En Colombia la religión no sólo está en las Iglesias, sino que hace parte de la vida cotidiana. Está en el Rosario que cuelga de los espejos retrovisores de algunos carros, en las calcomanías de Jesucristo proclamando su "yo reinaré", en las camándulas de diseñador, en la colección de estampitas de santos que más de uno lleva en la billetera, en los pesebres y novenas decembrinas, en los altares particulares que las madres colombianas disponen en alguna repisa de la casa y hasta en Internet, donde abundan las novenas por email e incluso en Facebook, donde alguien creó un grupo de fans de la Virgen María.

Estos rasgos de nuestra colombianidad sorprenden en Francia donde, según las estadísticas, el 43 por ciento de las personas se declaran indiferentes en lo que respecta a la religión. Exceptuando a la gente mayor de sesenta años, que se considera a sí misma practicante, es poco frecuente encontrar jóvenes o adultos menores de cincuenta años que se sientan atraídos por las ideas religiosas.

El año pasado tuve la oportunidad de celebrar aquí la Navidad lo cual me dio la excusa perfecta para indagar sobre las creencias místicas de mis amigos y allegados. Por un lado, están los ateos que niegan radicalmente la existencia de Dios y, por el otro, los laicos que defienden la independencia del hombre, de la sociedad y del Estado de toda influencia eclesiástica y religiosa.

Es tal la convicción laica de los franceses que aquí sería impensable que el presidente Nicolás Sarkozy propusiera en sus alocuciones el rezo del Padrenuestro por la seguridad del país o que invocara al Espíritu Santo para que iluminara a las autoridades económicas.

Incluso muchas de las asociaciones que apoyaron a Ingrid Betancourt durante su secuestro se sintieron defraudadas cuando la ex candidata presidencial le dio gracias a Dios y a la Virgen por su liberación. Para estos militantes, la operación de rescate y liberación de Ingrid Betancourt no tuvo nada que ver con la Divina Providencia sino con el esfuerzo humano.

Sin embargo, la escasa religiosidad de los franceses no quiere decir que sean personas poco comprometidas. En el poco tiempo que llevo aquí me he dado cuenta de que los franceses tienen un gran espíritu solidario, son un pueblo activo y dinámico que se moviliza para defender los derechos civiles y hacer respetar las libertades individuales.

Puede ser que la Navidad francesa no tenga el encanto "mágico, cómico, musical" de la Navidad colombiana, con su sincretismo religioso que permite que haya tigres de plástico cuidando al Niño Dios y novenas bailables donde el rezo se refunde entre litros de aguardiente y ron mientras Jorge Celedón nos reafirma "qué bonita es esta vida".

Francia no es Colombia y me gusta que sean diferentes. Pero reconozco que esta experiencia laica francesa nos sirve para reflexionar hasta qué punto la religiosidad en Colombia es un compromiso ético de fondo o una práctica mecánica a través de la cual muchas personas buscan limpiarse la conciencia.

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