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Tags >> Trompo, fútbol o polo
Como ya dije (www.conexioncolombia.com/85-madrigal/908-COMO-LAS-COSECHAS.html), a lo largo de nuestra muy recordada pero poco ponderada historia deportiva han sido muchas las disciplinas que en uno u otro momento, con menor o mayor intensidad, han entrado a competir por ser los verdaderos deportes nacionales. Desde el fútbol hasta la natación, pasando por el boxeo e incluso el tiro al jabalí, han despertado fervor patrio en algún momento. Pero como toda historia tiene por lo menos dos versiones, es justo reconocer que son muchos otros los deportes ignorados, invisibilizados e incluso vilipendiados por la afición deportiva nacional: casi nadie es hincha de un equipo de estas disciplinas, no hay barras bravas, no existe el álbum panini y sin duda nadie se trasnocha siguiendo a la selección Colombia de estas disciplinas en los mundiales de China o Malasia. Esos deportes también deben tener su espacio en este blog, por lo que a partir de ahora los viernes, cada dos semanas, serán Viernes Alternativos, en los que desde mi ignorancia describiré partidos de estas disciplinas olvidadas. Hoy, voleibol. Antioquia vs. Valle. Frio comienzo, emocionante final El juego que decidí cubrir fue entre las selecciones mayores de Antioquia y Valle, celebrado el pasado 25 de junio en el coliseo de la Universidad Javeriana de Bogotá, en el marco de la segunda parada de la Copa Elite Nacional. El marcador final fue 3-2 para Antioquia, en una heroica remontada luego de ir perdiendo el juego 2 - 0 y de verse superado en cada aspecto por una fuerte Selección Valle que, sin embargo, pronto perdió su concentración y el juego colectivo que lo caracterizó en la primera mitad del juego. El primer set, favorable a Valle 25 - 21, fue lento, muy lento, y cerca del 70% de los puntos conseguidos por uno y otro equipo fueron conseguidos por errores del contrario antes que por virtudes propias, lo que sin duda habla muy mal del nivel del voleibol en Colombia. Al término de ese set le di la razón a aquellos que piensan que este deporte no tiene oportunidad de ser masivo en el país. El juego hubiese continuado en la misma tónica de no ser por la creciente rivalidad y agresividad con la que se jugó el segundo set. Así, al momento en que el libero y jugador más pequeño de Valle celebró a rabiar un punto, el atacante central de Antioquia, el más alto y fortachón de su equipo, lo mandó callar llevándose el dedo índice a la boca y abriéndole los ojotes demostrando sed de venganza e intensión de lastimar. Al poco tiempo, un fuerte, preciso y rabioso saque de Antioquia pegó de forma seca en el pecho del libero valluno, lo que tradicionalmente en el vóley representa una humillación y sirvió para que el público se deleitará e hiciera sonar su acostumbrado ¡huuuuuuuuuuuuuu! La reacción de Valle no se hizo esperar, y en otro potente saque logró anotar un as, no sin antes lograr que el balón golpeara el pie izquierdo del libero de Antioquia. Otra humillación, otro abucheo burlón de la tribuna y otro elemento para que el juego se fuera calentando. Al final del set, el marcador 25-23 a favor de Valle parecía indicar que el juego sería corto y que los del sur del país se quedarían con la victoria. Pudo haber sido que la calentura del partido afectara a los vallunos. O pudo haber sido que uno de los técnicos leyó mejor el partido. De pronto el hecho que un desadaptado en la tribuna comenzara a cantar el himno de Antioquia le dio bríos a los paisas. Sea cual sea la razón, lo cierto es que a partir del tercer set la balanza de fuerzas cambió radicalmente, y lo que otrora fuese un claro dominio de los de camiseta roja pronto pasó a ser propiedad de los verdolagas. 25 - 13 a favor de Antioquia fue el marcador final, en un set caracterizado tanto por los constantes errores vallunos como por las virtudes de sus rivales, quienes se vieron mejor en los saques, en las recepciones, en los bloqueos, en los pases e incluso al momento de intentar salvar bolas de manera acrobática arriesgando su propia integridad física. Esta tendencia se mantuvo en el cuarto y quinto set, lo que hizo descontrolar a la Selección Valle, que para esta altura estaba más pendiente en recriminarse los errores entre si que en intentar descifrar el juego antioqueño. Incluso su técnico aprovechaba las pausas y tiempos solicitados para regañar a sus jugadores en vez de replantear tácticas y definir estratagemas que pudieran hacer volver a su quinteto al partido. Con 25 - 21 y un contundente 15 - 8 en el cuarto y quinto set, respectivamente, Antioquia logró quedarse con el partido y tomar temporalmente la primera posición en la Copa Elite. Al final, quedé con la sensación de estar frente a un deporte muy rápido, vibrante y lleno de emociones que, injustamente, no genera pasiones ni interés en Colombia. Yo, por lo pronto, me he prometido volver en alguna ocasión, y estaría más que feliz de ver que en algún momento suene como uno más de los "verdaderos" deportes nacionales.
Después de una larga pero reconfortante recuperación hospitalaria, hago mi regreso con una trilogía temática. Primera parte: Aunque pintaba emocionante, terminó siendo una aburrida Vuelta a Colombia Acabo de almorzar fritanga y cerveza con Don Javier, quién desde hace varios años es el mecánico de cabecera de mi bicicleta. Me tocó invitarle este ágape después de que me ganara, en franca lid, una apuesta que hicimos hace varios meses, mientras hacia una alineación y cambio de rines. Yo aseguraba que el final de la Vuelta a Colombia 2009 sería emocionante, reñido, conmovedor, apasionante y dramático, con un mano a mano entre los colombianos Iván Parra (segundo en la clasificación de montaña en el Giro a Italia 2005) y Santiago Botero (Campeón de la Vuelta en 2007 y campeón mundial contrarreloj 2002); los españoles Oscar Sevillano (7mo en la Vuelta a Colombia del año pasado) y Francisco Mancebo (4to en el Tour de Francia 2005); y los venezolanos Ronald González (campeón reinante de la Vuelta al Táchira) y Noel Vásquez (Bicampeón de la Vuelta al Táchira). El recorrido de estos ciclistas, así como el ego subido que me ha dado el tener un blog en Conexión Colombia, me permitieron ser lo suficientemente cretino como para asegurar, más allá de cualquier duda, que en la última etapa, llegando a Bogotá, estos cinco deportistas tendrían sus posibilidades intactas para quedarse con el título. Don Javier, sin tener ningún blog pero con la experiencia que le dan 35 años arreglando bicicletas, 20 de ellos en la esquina de la 7ma con 39 en día de Ciclovía (hacerle propaganda también fue parte de la apuesta), me aseguró que esta Vuelta, por estar en la mitad de un calendario ciclístico bastante apretado, quedaría en manos de alguien con experiencia internacional pero que hubiese estado alejado por un tiempo de las grandes competencias. Se aventuró además a dar dos nombres de posibles ganadores: José Rujano y Fredy Montaña, a la postre campeón y subcampeón, respectivamente, de la 59 versión de la Vuelta a Colombia en bicicleta. Mis favoritos, por el contrario, no quedaron ni entre los 10 primeros, aunque si ganaron premios de consolación como el de la Regularidad, que quedo en manos de Oscar Sevilla. Y como para que no quedara dudas de mi derrota, no solo no se dio la final de infarto que yo me imaginé, sino que 4 días antes de la última etapa José Rujano ya era el virtual campeón, gracias a la ventaja de 6 minutos que le sacaba al segundo. En lo personal, me alegro por el triunfo de Rujano. Al fin y al cabo tiene tintes heroicos, casi como de película de Hollywood: alcanzó la gloria en 2005, quedando 3ro en el Giro de Italia; buscando más plata, renunció a su humilde equipo, pero en su nueva y elegante cuadrilla fracasó. Entró en depresión y al tiempo que abandonaba el ciclismo era abandonado por su esposa. Cuando intenta salir del atolladero tuvo que ser hospitalizado por mononucleosis y, como si fuera poco, cuando supera todo esto e iniciaba su participación en la Vuelta a Colombia, su bicicleta se rompe y tiene que competir con una prestada que hace estragos en su espalda. ¡Y aun así gana! No se a ustedes, pero a mi me recuerda películas deportivas épicas como Rudy o Rocky I, II y IV. Lo malo de este triunfo tan holgado es que volvió aburrida y predecible a la Vuelta, lo que sin duda evitó que el ciclismo ampliara su número de seguidores y simpatizantes. Segunda parte: En la final del fútbol colombiano, o acusan o se quedan callados Como ya todos sabrán, en el partido de ida de la final de la Copa Mustang -uno de los últimos torneos de fútbol en Colombia que se llamaran así por cuenta de la recién aprobada Ley Antitabaco- el Once Caldas le ganó 2-1 al Atlético Junior. El próximo domingo se repetirá el juego en el Metropolitano de Barranquilla. El partido, en términos generales, me pareció aburrido, como suelen ser los partidos de finales, con más tensión que calidad y con más especulación que osadías. Lo que si me llamó la atención fue la reacción de los equipos al finalizar el encuentro, cuando ya era obvio que el segundo gol de los de Manizales, convertido por el peruano Fano, se dio en fuera de lugar. Jugadores y cuerpo técnico del Junior soltaron frases inciertas y suspicaces por doquier sobre la actuación del juez, pero ninguno tuvo los pantalones para hacer una acusación directa. "Nos metieron mano pero ese es el fútbol", "ojala en el partido de vuelta existan más garantías", "de no ser por factores externos el resultado sería mejor", son ejemplos del tipo de comentarios que he escuchado desde anoche. Entiendo el desasosiego de los barranquilleros, pero me tienen jartas las medias tintas en el fútbol colombiano. Uno o acepta que los errores arbitrales son parte natural del fútbol y que a veces los réferis se equivocan sin mala fe, o toma la estrategia de Eduardo Pimentel, presidente del Chicó FC, y dice que lo robaron y da nombres propios sobre los árbitros que lo persiguen. Pero esa actitud ambigua, de "si pero no", suena a pataleo. Pero mis críticas también van para el Once Caldas. ¿Por qué reina el silencia frente a ese gol en fuera de lugar? No creo que sea cinismo ni actitud antideportiva aceptar abiertamente, y hasta con humor, que el árbitro, en una jugada aislada, los favoreció sin querer. Lo hizo Maradona con su famosa Mano de Dios, y nadie se atrevió a pensar que el 10 de la Selección de Argentina compró al juez. Quedarse callados, como si fueran culpables de algo, no hace sino generar mal ambiente. Tercera parte: La Selección sin goles y el goleador en la tribuna Aunque la Selección Colombia jugó bien en Buenos Aires contra Argentina, la falta de gol volvió a ser la principal culpable del mal resultado (1-0). Ante Perú, en Medellín, se terminó pidiendo tiempo ante la imposibilidad de los delanteros criollos de definir cuando se pudo y ampliar el 1-0 que se mantuvo durante gran parte de los 90 minutos. No hay que ser Jorge Valdano o Iván Mejía para preguntarse ¿por qué diablos si el problema de la Selección es y ha sido el gol, el actual goleador de la Copa Mustang, Teófilo Gutiérrez, no está jugando? No me malinterpreten. No estoy en contra de las convocatorias hechas por Eduardo Lara. Creo que los delanteros que ha llamado son los que son. Pero si uno como técnico se da cuenta que en más de un año de eliminatoria estos jugadores no se han ganado el derecho de ser llamados goleadores, creo que es hora de probar nuevas variantes, más si esta variante está enchufada con el arco rival como lo está el buen Teófilo. No se puede olvidar que mucho del éxito de los delanteros viene por rachas.
Que es falta de jugadores, que es falta de técnico, que es falta de apoyo del Distrito. Estas son las hipótesis que cada año dirigentes, periodistas e hinchas dan del fracaso de Millonarios en el torneo colombiano. En consecuencia, cada año se cambian jugadores, técnico y patrocinios, y aun así el equipo "Embajador" continúa con los malos resultados. Es momento entonces de comenzar a creer en diagnósticos alternativos, diagnósticos poco ortodoxos pero no por eso necesariamente errados, como el que le he escuchado a un culebrero en las últimas dos décadas a lo largo de todo el territorio nacional.
Corría el año 1989. El Cartel de Medellín tenía arrodillado al país, la Perestroika era la palabra de moda y Millonarios, con sus 13 estrellas y la nómina más cara del país, era el bicampeón del rentado colombiano y la principal carta del fútbol criollo para la Copa Libertadores de América. La alegría, sin embargo, no duró mucho, ya que en cuartos de final, en el principal escenario deportivo de los bogotanos, el Campín, Millonarios fue eliminado de la Libertadores por su némesis y enemigo, el hasta entonces equipo de media tabla, Atlético Nacional. Como si fuera poco, y por esas ironías de las que está llena la vida, Nacional llegó a la final de la Copa y se vio obligado a jugar el partido de vuelta, frente al Olimpia de Paraguay, en el estadio de Millonarios.
Esa fría noche del 31 de mayo de 1989, horas antes del pitazo inicial del partido definitivo que a la postre le daría el titulo de la Libertadores por primera vez a Colombia, en los alrededores del Campín caminaba lerda y erráticamente un oscuro y bullicioso personaje, ataviado con poncho, sombrero aguadeño y una bandera verdiblanca que apenas permitía entrever los distintivos que lo acreditaban como sacerdote. Según confesó en su momento -con un balbuceo entrecortado que delataba el alto estado de alicoramiento en el que se encontraba- desde hacía más de tres décadas oficiaba como cura párroco de un pueblo olvidado entre las montañas Antioqueñas, y había usado los diezmos del mes para pagarse el viaje y la boleta para ver a su amado Atlético Nacional, todo con la venia de sus feligreses, claro está.
Este oscuro pero pintoresco personaje, antes de perderse entre la multitud que ya hacía su ingreso al "Coloso de la 57" y después de tomarse el último sorbo de aguardiente que le quedaba, miró a su alrededor, peinó su pelo canoso y pronunció unas palabras que jamás olvidaran quienes la presenciaron: "si Nacional se corona campeón en el estadio de quien siempre nos vio con desidia y por encima del hombro; si todos estos arrieros celebramos el campeonato de Nacional en las mismas tribunas de aquellos hinchas azules que siempre nos insultaron y sacaron a piedra, MALDIGO A MILLONARIOS PARA QUE SUFRA 20 AÑOS DE FRACASOS, MALDIGO A SU HINCHADA PARA QUE EL GRITO DE TRIUNFO SE QUEDE POR 20 AÑOS AHOGADO EN SUS GARGANTA".
En su momento, la maldición del sacerdote sonó como dulce y apasionada charla de borracho. Al fin y al cabo Millonarios era uno de los mejores equipos del país, razón por la cual hablar de su fracaso por 20 años era, por lo menos, ridícula. Sin embargo, desde aquella noche hasta el día de hoy han pasado precisamente 20 años, y el otrora poderoso Millonarios no ha ganado ni un solo titulo nacional. ¿Coincidencia o maldición? ¿El hecho que Nacional, 20 años después de ser el mejor de América sea penúltimo del torneo colombiano, tendrá que ver con un karma cósmico? Yo no soy aguerista, pero si creo que no creer en agueros es de mala suerte.
Ayer estuve recordando las clases de español de 4 de primaria con la Señorita Silva, sobretodo cuando nos enseñaba, con voz firme pero amable, a conjugar los verbos. Pensaba en esto a raíz de un sinfín de comentarios que sorpresivamente escuché antes, durante y después del partido entre Barcelona y Manchester United (2-0), comentarios que salían de las bocas de rolos, paisas, vallunos, putumayenses, costeños e isleños por igual y que demostraban un manejo perfecto de la conjugación en primera persona del plural: "ganamos, somos campeones"; "perdimos, pero el próximo año viene el desquite"; "jugamos un partidazo jue*@&$","mier..., fuimos un desastre". ¿Ganamos? ¿Quiénes ganamos? ¿Acaso el que ganó no fue el Barcelona, un equipo Catalán? No quiero caer en patriotismo ramplón ni mucho menos -de hecho creo que al fútbol no se le debe meter discurso de Patria y Nación-, pero es que ,contrariando esa modita que ha llevado a muchos colombianos a declararse hinchas furibundos de equipos españoles, argentinos o ingleses, yo tengo espacio en mi corazón futbolístico para un único equipo, aquel de la ciudad en la que nací, del que son los abuelos, del que conozco su idiosincrasia, del que he podido acompañar al estadio; en fin, de aquel con el que tengo un sincero, profundo y casi genético sentido de pertenencia. Claro, habrá muchos colombianos que vivieron varios años de su vida en Barcelona y se encariñaron con el equipo, o que tienen abuelos catalanes que huyeron de la Guerra y que desde la cuna le inculcaron el amor por una cultura lejana. A ellos los comprendo. Pero de resto, me parece simple y llano OPORTUNISMO, así, con letra capital, como tanto le gustaba decir a la Señorita Silva. Estuve obsesionado con estos pensamientos desde las 15:30 (hora colombiana), cuando se coronó campeón el Barcelona, hasta las 20:30, cuando comenzaron los partidos del rentado profesional colombiano. Ver los mediocres partidos entre Deportivo Cali y Cúcuta Deportivo (1-2), así como el de Envigado FC contra el Atlético Junior (1-0), tan solo 5 horas después de ver la final de la UEFA Champions League, me hizo entender porque muchos colombianos han decidido volverse hinchas furibundos del Barcelona, Boca, River Plate, Manchester United o Chelsea, o porque algunos ilusos sugieren la existencia de una supuesta hermandad entre el Liverpool ingles y el América de Cali (por aquello del diablo), el Real Madrid y Millonarios o Independiente de Avellaneda con el Independiente Medellín. Aun así, eso se llama puro y simple oportunismo. Si a uno le tocó la suerte de ser hincha de Medellín, Nacional, Pasto, Millonarios o Santa fé -últimos del actual torneo- o de Alianza Petrolera y Depor Aguablanca -últimos en el torneo de la B-, pues aguántese y si quiere llore solo en el baño en las noches con algo de dignidad, pero no se vuelva aficionado a equipos que juegan a 10 mil kilómetros de su casa y de los que en algunos casos ni conoce el idioma.
Ahora que el país futbolístico está de plácemes con la Selección Colombia sub 17 y su clasificación al Mundial prejuvenil de Nigeria, vale la pena recordar al primer seleccionado tricolor que nos brindó alegrías internacionales. Fue hace 63 años, en el marco de los V Juegos Centroamericanos y del Caribe celebrados en Barranquilla. Las poderosísimas selecciones de Curazao, Venezuela, Guatemala, Puerto Rico, Costa Rica y Panamá, fueron víctimas del poderío de nuestro onceno, a la postre campeón gracias al agónico triunfo 2-1 sobre su similar de Panamá. Así como hoy los medios de comunicación y aficionados hacemos de pelao’s como Edwin Cardona –goleador del suramericano clasificatorio a Nigeria- y Wilson Cuervo nuevos ídolos, en ese entonces la opinión pública no ahorraba elogios para referirse a los “héroes de Barranquilla”, sobre todo para los populares Gabriel “Vigorón” Mejía, Julio “Chonto” Gaviria, “Boyo’e Yuca” Granados y Roberto Meléndez, uno de los primeros ídolos del fútbol costeño, figura del Juventud Junior –hoy Atlético Junior- y cuyo nombre sirvió para bautizar al Estadio Metropolitano de Barranquilla. Que el triunfo de la Selección Sub 17 sea una excusa para honrar a esos primeros titanes futbolísticos, así como para recordar las oportunas palabras escritas por algún periodista en ese ya lejano 1946, teniendo esperanza que puedan inspirar y guiar a los jugadores del presente, sobre todo aquellos jovencitos que se consagraron en el Sudamericano 2009 de Chile: “[El titulo en los Juegos Centroamericanos] es el triunfo de un fútbol que aun no está contaminado por el profesionalismo, por el mercado repugnante de jugadores y dirigentes, por la fiebre de convertir la pelota de fútbol en un dios que produce oro, no importa quién ofrezca los precios más altos” (Tobias Carvajal Crespo, Memorias Deportivas, 2000).
Ni en Andina Estéreo de Ramiriquí y Belén, ni en El Colombiano de Medellín, ni en El Meridiano de Sincelejo y mucho menos en Vanguardia Liberal de Bucaramanga, el ciclismo fue titular durante esta semana. En las vías, ciclovías y senderos del país no se vieron niños montados en sus caballitos de acero jugando a ser José Serpa, Mauricio Soler, Félix Cárdenas o Mauricio Ardila. Ni en la 7ma con Jiménez de Bogotá, La Playa de Medellín, la Plaza Caicedo de Cali o la calle 14 de Mitú, se vieron ventas ambulantes con las laminitas autoadhesivas a todo color del álbum del Giro d’ Italia. Esta situación, si bien normal en un país como Colombia que desde hace mucho tiempo abandonó el ciclismo a su suerte, me parece increíble y preocupante. Al fin y al cabo la del 2009 será la versión 100 de la vuelta a Italia, una de las competencias ciclísticas más importantes del mundo. Además, en esta oportunidad participará Lance Armstrong, uno de los mejores ciclistas de la historia. Y, como si fuera poco, hace poco más de un mes Café de Colombia, firma con la que el legendario Lucho Herrera hizo historia, tomó la decisión de volver a patrocinar al ciclismo colombiano y aparecer en las camisetas del equipo Colombia es Pasión. Claro, este equipo no participará en el Giro (de hecho Serpa, Soler, Cárdenas y Ardila competirán en representación de equipos extranjeros), pero aun así, dentro de mi infinita inocencia, creí que esto hecho ayudaría a revivir la pasión de los colombianos por este deporte. Por historia, por los competidores, por nostalgia o incluso por patriotismo ramplón, ciudadanos y medios de comunicación deberíamos estar mucho más pendientes del Giro. Deberíamos estar mañana sábado con el oído en el radio y la mente en Lido de Venecia para conocer las incidencias de la primera etapa de la competencia (contra reloj por equipos). Deberíamos estar comparando las capacidades de los cuatro colombianos que participarán en el Giro con las de “Cochise” Rodríguez, “Lucho” Herrera, Oliverio Rincón, José Jaime González, Víctor Hugo Peña, Carlos Contreras, Iván Parra y Luís Felipe Laverde, previos ganadores de etapas en Italia. Y deberíamos hacer todo esto no por el oportunista orgullo de ver izado el pabellón nacional (al fin y al cabo nuestros corredores tuvieron que irse a buscar apoyo económico en el exterior ante la falta de promoción deportiva en el país), ni porque Serpa, Soler, Cárdenas y Ardila “sean Colombia en el Giro”, como algunos locutores suelen usar como muletilla; deberíamos hacer todo esto porque el ciclismo fue, no hace mucho, el verdadero deporte nacional. Se lo debemos por toda la alegría que nos dio. Se lo debemos porque gracias a este deporte muchos ciclistas nacidos en la pobreza pudieron conocer el mundo y comprarle una casita a la mamá. Yo sé que se los debo. Yo seguiré el Giro 2009.
Siguiendo los consejos del Boletín del Consumidor, acostumbro a hacer mercados según la época de las cosechas: la zanahoria en noviembre, el frijol verde en octubre, el tomate chonto en abril y la piña perolera en julio. Es que algunos colombianos, a pesar de no estar en un país de estaciones, todavía manejamos cierta lógica agraria basada en los ciclos de las cosechas. Seguramente de ahí la popularidad del Almanaque Bristol. El deporte no escapa del todo a esta lógica. Al fin y al cabo en nuestra historia abundan los casos de competencias que por cortos periodos de tiempo se roban la atención de toda la Nación, parecen encarnar la identidad del pueblo colombiano y nos llenan de triunfos e ilusiones para después caer en el olvido. Nos ocurre ahora con el fútbol, pero ya había pasado con el ciclismo, el boxeo, el tenis, el beisbol e incluso la natación.
De hecho nuestro primer héroe deportivo fue el muy ponderado pero poco recordado Luís Eduardo "Tiburón" González, nadador caleño que impuso dos marcas en los Juegos Centroamericanos y del Caribe celebrados en Barranquilla en 1946. El hecho fue registrado por los periodistas de la época como histórico y el país estaba de plácemes con la natación. La cosecha, sin embargo, pronto acabó, las victorias cada vez se hicieron más esporádicas y el deporte pronto cayó en un profundo olvido del cual solamente salió el año pasado gracias al paso del clavadista Juan Urán a la ronda final de los Olímpicos de Beijín.
Algo similar pasó con el beisbol. A pesar de ser visto en la actualidad por los cachacos como un deporte que solo entienden y disfrutan los costeños, por algún tiempo tuvo el orgullo de ser el verdadero deporte nacional. La luna de miel se dio a mediados del siglo XX, cuando la selección Colombia conquistó tres títulos mundiales, tres subcampeonatos de la categoría, un titulo centroamericano, un titulo bolivariano y una medalla de bronce panamericana. En Bogotá, Cartagena, Sincelejo y Medellín por igual, los niños, bate en mano, comenzaron a apropiarse de sonoros apodos como Carlos "Petaca" Rodríguez, Humberto "Papi" Vargas y Manuel "Policía" Peñaranda, todos ellos héroes del primer campeonato mundial de beisbol ganado por Colombia en 1947. A pesar de la racha de triunfos, inexplicablemente este deporte nunca recibió un verdadero apoyo ni logró consolidarse. Tuvimos que esperar hasta la década de los 90 para tener una nueva cosecha, esta vez representada en los éxitos en las Grandes Ligas de los hermanos Cabrera y Edgar Rentería.
El boxeo también se ha caracterizado por su intermitencia. Comenzó en 1972, cuando el aun recordado Antonio Cervantes "Kid Pambelé" derrotó por KO al por entonces campeón mundial de Welter Junior, Alfonso "Peppermint" Frazer. Rodrigo "Rocky" Valdés, Miguel "Happy" Lora y Fidel Bassa se encargaron de alimentar la ilusión nacional de encontrar finalmente en las narices chatas el deporte colombiano por excelencia, gracias a sus títulos mundiales de peso Walter Junior en 1974, Gallo en 1985 y Mosca en 1986, respectivamente. En la actualidad, si bien cada cierto tiempo nos enteramos de la aparición de un peleador nacional interesante disputando algún titulo mundial, la verdad es que son pocos los colombianos que se identifican plenamente con este deporte, se emocionan con sus triunfos y lloran sus derrotas, o que siquiera están dispuestos a levantarse a altísimas horas de la madrugada para seguir por radio el combate de un boxeador colombiano en Japón, Sudáfrica, Tailandia o Corea, como si se hizo con Pambelé.
El fútbol, como no, también ha sido de cosechas cortas. A los abuelos les tocó la primera, la cacareada época de El Dorado caracterizada por la llegada de los mejores jugadores del mundo atraídos por unos envidiables sueldos y huelgas en otras partes del Continente. A mediados de los 50, al terminar, quedamos con un vacio deportivo y emocional que infructuosamente intentó ser llenado por la natación y el beisbol. Tuvimos que esperar casi cuarenta años para que el fútbol volviera a ser el consentido de la afición deportiva nacional: el celebre 1 - 1 con Alemania, el apoteósico 5-0 a Argentina, jornadas gloriosas en la Copa Libertadores y tres mundiales consecutivos, resumen a groso modo lo rica que fue esta cosecha. Sin embargo, a juzgar por el presente de nuestro fútbol, no suena descabellado pensar que serán nuestros nietos, cuando pasen otros cuarenta años, quienes verán la tercera zafra futbolística.
Tenis, atletismo, pesas, patinaje, automovilismo y hasta tiro al jabalí (gracias a la medalla de plata conseguida por el barranquillero Helmut Bellingrodt en los Olímpicos de Munich 1972), en diferentes momentos han hecho entusiasmar al país y han sido considerados como dignos posibles reemplazos de otros deportes de los que se ha acabado la cosecha. Tal vez la única excepción parcial sea el ciclismo. Este, sin duda, ha sido el deporte que por mayor tiempo y con mayores méritos ha recibido el titulo de deporte nacional. Desde las primeras hazañas de Efraín "El Zipa" Forero y Ramón Hoyos en los albores de la Vuelta a Colombia en bicicleta, hasta las conquistas épicas en Europa de Luís Alberto "Lucho" Herrera y Fabio Parra en los 80, pasando por las glorias de Rafael Antonio "El Niño de Cucaita" Niño, Martín Emilio "Cochise" Rodríguez y José Patrocinio Jiménez en los 60 y 70, esta ha sido la disciplina que más triunfos le ha dado a Colombia y con el que un mayor número de colombianos, de todas las edades, estratos y condiciones de vida nos hemos identificado. Aun hoy, cuando el fútbol lo ha desplazado del corazón de los aficionados y de los patrocinadores, este deporte se las arregla para seguir sacando figuras y cosechando éxitos, encarnados en los últimos años por Santiago Botero, María Luisa Calle y más recientemente por José Serpa.
Que este recuento histórico sirva como presentación de este blog, "Trompo, Fútbol o Polo", que más allá de informar tiene por objetivo comentar, sin ningún tipo de pretensión, la actualidad deportiva nacional y reseñar la búsqueda por una nueva cosecha, por una nueva disciplina que nos haga emocionar.
Voy a escribir de fútbol. Voy a escribir sobre las eliminatorias al mundial Sudafrica 2010. Voy a escribir acerca de la Selección Colombia. Voy a escribir con respecto al partido que perdió anoche 2-0 contra Venezuela en el estadio de Cachamay. Pero ante todo voy a escribir para contradecir, desmitificar y criticar una serie de clichés que cada cierto tiempo se escuchan en el país y con los cuales estoy realmente fastidiado. Voy a escribir para que, de una vez por todas y como diría el popular Ramoncito, nos dejemos de vainas. Primer mito: "Es que si no le ganamos ni a Venezuela no merecemos ir al Mundial" Seamos claros. Venezuela ya no es la cenicienta que solía ser hace una década. El "Chiqui" García le empató en Maracaibo en el último minuto (2-2) en las eliminatorias al Mundial de Corea y Japón, y "Pacho" Maturana perdió con la "vinotinto" en Barranquilla para las eliminatorías de Alemania. Así que la derrota de anoche 2-0 en el estadio de Cachamay no es para nada casual. Además, si hacemos memoria y desempolvamos los casetes de beta que tenemos en la casa de nuestros papás, podemos darnos cuenta que aun en nuestras mejores épocas, con Higuita en el arco, El Pibe armando e Iguarán o El Tino de delanteros, los partidos con Venezuela eran sumamente complicados, cerrados y llenos de empates a cero. Lo único que hizo la derrota de anoche fue ratificar lo que ya deberíamos saber: la actual Selección Colombia no tiene argumentos deportivos para aspirar a grandes cosas. La falta de ideas en el mediocampo de ayer, o la falta de vocación atacante que se vio en Cachamay, lejos de ser nuevas limitantes, son el reflejo de toda nuestra eliminatoria y de hecho de la Copa Mustang. Dejémonos entonces de vainas y dejemos de tener a Venezuela como el indicador de nuestra propia pobreza futbolística. Ah, y por cierto, dejemos de decir que el árbitro que pitó contra Venezuela, por el hecho de ser chileno, estaba en contra de Colombia. Si, el arbitro se equivocó, pero como se equivocan en miles de partidos miles de arbitros. Segundo mito: "Con los jugadores que tiene Colombia es inaudito que no se vaya al Mundial." Yo ya lo acepté hace mucho tiempo e invito a todos los colombianos a hacerlo. Es difícil, pero no podemos negar que en lo más profundo de nuestro inconsciente siempre estuvo latente esa posibilidad, aun en las tardes más placenteras en las que hicimos ver a las selecciones de Brasil y Argentina como simples equipitos de barrio y en las que creíamos que el Metropolitano se convertiría en un coloso legendario solamente comparado con el Monumental, el Centenario o el Maracaná. Admitámoslo de una vez por todas, aunque nos baje nuestro injustificadamente inflado ego: el fútbol colombiano sufrió del síndrome peruano. Y no estoy haciendo referencia a la llegada a la Copa Mustang de una recua de jugadores de nuestro vecino país del sur, ni a la intención de INCA Kola de patrocinar el rentado nacional colombiano, sino al hecho de que tanto Perú como Colombia somos naciones en las cuales, por cuestión de suerte, genes, paradojas o bromas de mal gusto de dios, surgió UNA Y SOLAMENTE UNA generación de futbolistas realmente talentosos. A la legendaria Selección peruana campeona de la Copa América (al igual que Colombia), clasificada a cuatro mundiales (uno menos que Colombia), que bailó a Argentina (al igual que Colombia), el ímpetu le llegó hasta 1982, cuando valientes y atléticos gladiadores como Cueto, Cubillas y Chumpitás envejecieron. A Colombia, hasta 1994. Así que lectores, acostumbrémonos: el fútbol colombiano es chico, nivelado con Perú, Bolivia, Venezuela y Ecuador. No hay nada más que decir. Dejemos nuestras ínfulas de grandeza. Macnelly no es el Pibe, Darwin no es el Tren Valencia y Bedoya no es Leonel Álvarez. Dejémonos de vainas. Tercer mito: "¿Es que si Colombia jugara siempre como jugó contra Bolivia en Bogotá...?" Uno sabe que le está haciendo barra a un equipo mediocre cuando se alegra por triunfos paupérrimos. Vi a periodistas, columnistas, técnicos, jugadores e hinchas emocionados por el triunfo 2-0 de Colombia frente a Bolivia hace menos de una semana. Y casi que se exigía ese mismo despliegue frente a Venezuela. ¿Alguien se puso a pensar que ganarle a Bolivia no es indicador de estar teniendo un buen presente futbolístico? ¿Es que acaso no se dan cuenta que Bolivia, contrario a Venezuela, sigue siendo la cenicienta de Suramérica? ¿Nadie salvo el Pibe Valderrama e Iván René Valenciano notaron que después del minuto 30 del primer tiempo Colombia fue un equipo débil y timorato? Colombia si jugó contra Venezuela como lo hizo contra Bolivia, pero es que el nivel del primero es mucho mayor que el del segundo. Dicho de otra forma, con lo que le ganamos 2-0 a Bolivia tan solo nos alcanza para perder 0-2 con Venezuela. Y seguramente con lo mismo que le ganamos a Bolivia nos alcanzara para perder 4-0 contra Chile o Argentina. Así están las cosas. Así que dejémonos de vainas, ¿si?
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