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Posted by Liliana Arenas in Untagged
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Hace casi un mes que regresé. Hasta hoy he tenido voluntad para sentarme a escribir y digo voluntad, porque los temas rondaban por mi cabeza, pero la fuerza de sentarme y agrupar las ideas no llegaba.
Saben, es muy duro regresar. Yo estaba convencida de que en cada viaje, la certeza de haber elegido vivir en otra orilla, me daría una actitud desprendida al momento de despedirme de los míos y regresar a mi rutina. Hoy les confieso que No, esa tesis se ha venido al piso de manera estrepitosa. En este viaje he concluido que en cada viaje, se hace mas duro el regreso.
Cuando llegas a tu tierra, encuentras que te has perdido de muchas cosas en la vida de los tuyos, encuentras a pequeños nuevos miembros de tu familia, que al verlos, no puedes evitar el llanto por la emoción de verles, luego de haber seguido su nacimiento y progresos por el chat, mail y el teléfono, pero ellos lo ignoran, en adelante te llamarán, “La Tia de España”, esa que probablemente verán cada año y generará una oleada de alegría en casa, pero de la que nada saben.
Encuentras que te confiesan enfermedades, accidentes o momentos caóticos, de los que no quisieron hablarte para no preocuparte, pero que sin saber, van poniendo mas distancia entre ellos y tu, como si no fuera suficiente la distancia física que los separa. Cada vez, sientes que el tiempo es mas corto, que te faltan días para conversar, para reir, para visitar a parientes y amigos, o para simplemente, ver pasar los días, escuchándoles reir, discutir, contar historias, ver las telenovelas, etc. Como no extrañar los ruidosos desayunos, con Chocolate, pandebono, huevos, mantequilla y las voces de mi madre llamándonos a sentarnos a la mesa. Que decir de los almuerzos y las cenas, donde por poquitos, nos sentábamos 8 y cuando mas 17, todo un caos...
Este viaje no fué de grandes paseos, mas bien, fué un viaje de disfrutar de esa vida diaria entre ellos, que ya no tengo. Pero claro, no faltó el paseo de río, con pollo, arroz, gaseosa, donde todo sabe rico, las salidas a caminar, las salidas en coche, R4 siempre con sobrecupo, la falta de intimidad, porque todos entran y salen de tu cuarto jajaja... Las voces mañaneras de mi pequeña Salomé y la lista de encargos, que mi madre hace a mi padre en las mañanas para el desayuno, los encuentros familiares, de amigos, El día de las velitas, la navidad con mis padres entregando los regalos, el fin de año, algo desangelado pero que dejó anécdotas valiosas y las tardes de poesía y canto. Doy gracias a Dios por haberme permitido compartir esos 45 dias con ellos, durante los cuales, pudimos estar mi esposo, mi hija y yo, con ellos, como me gustaría que fuera siempre.
Cada hijo emigra a su manera, forma su familia y desarrolla su camino. Los padres , nuestros padres, saben que en cualquier momento del día les veran aparecer en casa., para contarles sus batallas diarias o ellos pueden ir a verles cuando gusten. No sucede esto con los hijos que emigramos a otro país, ellos, cuando nos dan la bendición y nos abrazan en el aeropuerto con todas sus fuerzas, no saben cuando podrán volver repetir ese momento y nosotros no podemos garantizarles cuando se repetirá, ni pueden venir a visitarnos cuando gusten, porque para cualquiera de las dos alternativas, hay mucho dinero y papeleos de por medio.
Creo que esa dura realidad es lo que hace, que en cada viaje sea mas duro despedirte y es lo que causa esa nostalgia al estar de regreso a tu vida habitaual. Pero yo tengo la gran fortuna, de regresar con mi esposo y mi hija, que me llenan de amor, como mis suegros, para levantarme de esa nostalgia y empezar otro año mas.
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Posted by Liliana Arenas in Untagged
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Hoy escribo desde esta orilla del atlántico, desde Las Palmas de Gran Canaria donde decidí empezar mi nueva vida. En estos dos años que llevo aqui he vivido muchos momentos intensos, he conocido cantidad de personas y me he redescubierto, porque cuando emigras, descubres partes de ti y de tu forma de ser que no conocías. He conocido mujeres valiosas y luchadoras, con las cuales tengo el orgullo de haber fundado "Soy Mujer" de la cual espero que todos oigan hablar algún día y que muchas mujeres puedan dar fé de su trabajo y sean beneficiadas con su gestión. He sobrellevado la frustración de no encontrar empleo, cuando en mi país era una mujer microempresaria e independiente, en este proceso he tenido oportunidad de dejar actuar mi lado solidario y de servicio a la comunidad, lo que me llena de orgullo y de amistades valiosas.
Hoy me preparo para viajar a mi otra orilla, la orilla que me vió crecer, la que me vió ganar y me enseñó a perder, allí en esa orilla está la otra mitad de mi alma, mis padres, mis hermanas , mis sobrinos y mis recien nacidos sobrinos nietos, a quienes podré abrazar por primera vez. Mi alma se acelera conforme pasan los días y se acerca la fecha. Estaré alli para navidades, una fecha que para los latinos es tan especial, que logra poner en pausa todas nuestras dificultades, aparcamos la vida apresurada entre trabajo, deudas, pagos y esfuerzo diario, para disfrutar con la música, los buñuelos, la natilla, el pesebre, el año viejo y el Niño Dios, a quien la crisis lo debe llevar por la calle de la amargura, pero que seguro seguro, se las ingenia para que cada cual reciba su par de medias o su camiseta.
Luego de dos años, parto sabiendo que quiero regresar de nuevo, que mi vida está aqui, al lado de mi esposo y mi hija, con mis proyectos solidarios y mis sueños, que en esta orilla esta mi presente , que aqui sigue mi vida. En la otra, se ha quedado congelado en el tiempo mi pasado, alli me espera, para deleitarme con sus olores y sabores, para fundirme en un abrazo interminable con mis viejos, para escuchar sus risas en medio de nuestras ruidosas reuniones familiares, para pasar unos días que me sabrán a poco pero que viviré con intensidad porque se cuanto los extraño y cuanta falta me hacen.
Cuando se emigra se debe luchar mucho para lograr el equilibrio entre las dos orillas, para darle a cada una su valor exacto, de manera honesta y parcial.
Uno se va. Cambia. Se adapta. Se hace una armadura. Escoge que olvidar y que recordar. No piensa en muchas cosas. Adquiere hábitos. Nuevas manías, vicios y costumbres. Se da permiso de seguir haciendo algunas cosas a la colombiana. A veces pone a Carlos Vives. A veces lee los periódicos por Internet. Pero uno sabe que para que la tristeza no gane, esas cosas no deben ser el centro. Entonces arma en el corazón un compartimento, donde guarda todo eso que uno era. No deja de ser, pero deja de estar.
Pero un día vuelve y todo lo que ama, lo que odia, lo que adora, lo que no sabía que extrañaba lo atropella. Lo acosa. Lo abraza. El viaje se vuelve un revuelto de emociones que van de desde el dolor de muela hasta el éxtasis pasando por la alegría, la nostalgia, la pena. Maldita sea. ¿Cómo es que puedo vivir sin el jugo de curuba? ¿Cómo es que puedo pasar meses sin conversar contigo? ¿A qué horas se crecieron estos niños? ¿Por qué diablos no pasan por la cebra? ¡No, no me pongas noticieros colombianos! ¿Se acabó La Piazzeta? ¿Te acuerdas de ese almacén que quedaba en la esquina? Lástima, cambiaron el menú. ¿Ya no viven ahí? ¿En serio? ¡No, qué injusticia!
Percibe el cariño firme a pesar del tiempo y la distancia. El peso de sentirse abandonado. La carga del que se queda. La incertidumbre del que queriéndose ir no lo ha hecho. La envidia de los que están convencidos de que afuera todo es mejor. La pereza de volver a quererse para tener que despedirse. Otra vez. No me acordaba que te quería tanto.
Uno vuelve y narra su cuento. Donde vive. Cómo. Qué hace. Repite anécdotas. Trata de explicar eso que aún no ha entendido. Que es lo mismo pero diferente. Que no es mucho más feliz. Que allá, en el nuevo hogar que trata de construir, también le da gripa, también hay que subir el mercado, también se aburre, también se cansa. Compra artesanías que nunca habría volteado a mirar si viviera en Colombia. Arma su maleta y se va. Otra vez. No me acordaba que te extrañaba tanto.
Sacar una foto de Bogotá. Una muy buena. Una que la describa, que la represente, que la merezca. Una foto que no caiga en el cliché, ni en la porno miseria, ni en el falso lujo de los yupies del tercer mundo, ni en el facilismo de los edificios de ladrillos anaranjados sobre las montañas, “más cerca del cielo”. Una foto que le haga justicia, ciudad grande, absurda, infinita, siempre en obra, siempre en movimiento. Ahora que vuelvo te entiendo más, te quiero más, te temo más. Yo no te quiero perfecta, ni inmaculada, ni virgen. Yo te amo así: con historia, con pasado, con mancha. Y sigo pensando en la foto. Pasan frente a mí los niños de algún jardín, agarrados unos a otros de sus delantales de cuadritos para atravesar la calle, mientras una volqueta pita enfurecida, esperando agilizar su paso. Un payaso promociona algún almorzadero y se acerca para saludar a mi hijo. Hordas de mujeres que usan pantalones una talla inferior a la de sus caderas. Yo busco y busco. El chontaduro para el amor. 100 gafas oscuras para la venta sobre un plástico amarrado a un poste. Un millón de personas que sale de las oficinas para almorzar a medio día. Otro millón que calienta lo que trajo de la casa. Edificios coloniales, republicanos, constructivistas. Casas que crecen un piso cada vez que hay con qué. Antiguos cinemas que hoy son centros de culto. Perros callejeros. Parques. Grafitis. Vallas políticas. Bibliotecas. Parques. Domingo de bicicleta, pincho de caballo y mazorca negra. Pasto verde. Copetón. Paloma. Tomo y tomo fotos. Nada. Parecen pedacitos de un espejo roto. Tal vez deba desistir. Ingenua yo reducirte a una foto.
Plaza de mercado generosa llena de olores y colores. Comer mandarina mientras escojo las frutas. Regatear. Conversar. Comentar. Buenas vecina. Lleve la docenita. Sólo con entrar siento hambre, ganar de cocinar, de comer. Mundo imperfecto y mágico. Regalo de la tierra. Alverjas desgranadas que nunca estarán en una lata. Arepas, harinas, almojábanas, panelitas, bocadillos. Hierbas para la tos. Remedios para el mal de amor. Quereme. El encime. La ñapa. Córtemela en filetes pero déjeme el gordito. Tiempo sin verla sumercé. Papitas criollas, de las chiquiticas, de las que cocino y luego frito y me como con un aguacate. Huevos de doble yema y cáscara dura. Cilantro, calditos que curan la gripa y las penas. Jugos de curuba, de guanábana, de mango. Ensaladas de fruta monumentales. Longaniza en canasto. Si pudiera te llevaría conmigo.
Las personas mas buenas y generosas se transforman en bestias furiosas atrás de un volante. Podrían compartir el pan de su mesa, pero no ceder el paso. Los taxistas son guerreros salvajes que se abalanzan sobre la vía, la dominan, la marcan. Los camiones, los buses, lo automóviles, todos son tanques de una guerra contra todo y contra todos. Si bien la ciudad crece y las obras en cualquier otro lugar serían sinónimo de progreso, acá son un castigo y el motivo de la ira. Un obstáculo a vencer. Las señales de tránsito son objetos decorativos, inertes, sin función alguna. Los peatones son acróbatas que saltan entre los tanques. ¿La vida? Qué importa la vida. El papá más dedicado no tendrá reparo en dejar sus hijos huérfanos saltándose un semáforo o atravesando la calle burlando las cebras. Cuánta de esta gente irá al médico, hará dieta, leerá, irá a misa, pedirá perdón por sus pecados, amará a sus hijos, hará deporte, intentará tener su propia casa… tal vez todos, pero también todos estarán dispuestos a perder la vida si eso implica dejar que el otro pase primero.
Todo cambia. No. No todo, algunas cosas siguen iguales. Pero volver es un extraño ejercicio de inventarios de lo que sigue igual, de lo que varió, de lo que se movió, incluso de lo que desapareció. Solo hace dos años que me fui de esta ciudad y ya soy extranjera. Efecto perverso. También soy extranjera allá. De ambos lugares se muchas cosas, pero de ninguno lo se todo y en los dos soy una especie de bicho raro.
Los días de sol en Bogotá son tan lindos, tan brillantes. Me acuerdo que cuando era niña nos acostábamos en el pasto y si no había una sola nube en el cielo, pedíamos un deseo. En mi vida todos mis deseos se han cumplido de formas extrañas, así que desde hace años cuando tengo la oportunidad de pedir uno, solo repito: “Que todo salga bien”.
Los amaneceres en Bogotá son helados. Estamos resfriados y dormimos con saco y medias. Este frío lo recuerdo, sigue igual.
Los atardeceres siguen siendo tristes. Pero la tristeza se acaba al llegar la noche.
Déjame deambular en Bogotá. Déjame perderme. Que un atardecer anaranjado me exprima el alma y que una noche fría me reúna con mis amigos a repetir las mismas historias de siempre.
Déjame perder el tiempo entre trancones infinitos. Comprar un cigarrillo en el semáforo y fumármelo camino a la casa. Regatear con el vendedor de los aguacates, preguntar cuál es el pan que está más fresco, quedar pegajosa de azúcar de roscón.
Quiero estar entre el ruido, el todo a mil, pague dos y lleve 3, vallenato ventiao, repuesto para la olla exprés, botella, papel, donde el regalaron el pase, pilas pirobo, chao mamita, quien pidió pollo.
Andenes en donde nunca pisé la línea. Plazas de mercado multicolores. La pobreza. El lujo. La miseria. La belleza. La tragedia. El desorden. Déjame comprar todo lo que no necesito en una miscelánea. Drogarme con el olor a pegante de una remontadora. Hacer mercado en la plaza y almorzar en algún restaurante snob. Ropa interior del Only y chaqueta del Centro Andino.
Déjame disfrutar de los niños que ganan el premio de montaña de la ciclovía. Familias que comen oblea después de misa. Chicharrones colgados de un gancho. Dosis personales de lechona en tenedores blancos. Mujeres que educan familias haciendo empanadas.
Deja que Bogotá me rompa el corazón como lo ha hecho tantas veces. Que llore mis muertos y mis ausentes. Déjame vociferar, maldecir, gritar, reírme a carcajadas. Tener fe en el futuro. Déjame volver.

En 34 años de vida mi relación con la bicicleta ha sido escasa por no decir que nula. Dejando de lado una bicicleta verde oliva que compartí con mi hermano en la década de los ochenta -cuando las mamás todavía se sentían tranquilas al saber que sus hijos montaban en bicicleta por las calles del barrio sin miedo a ser víctimas de un atraco- mi contacto con el popular caballito de acero había sido más bien esporádico.
Para confirmar la creencia popular de que montar en bicicleta es algo que jamás se olvida, durante muchos años yo hice lo propio y con mucho esfuerzo logré dejar mi honra en alto cuando algún amigo deportista organizaba un paseo por los senderos de la finca o se inventaba una salida a la ciclovía, planes que, para ser honestos, ocurrían una vez cada cinco años…y eso.
En mi agitada vida bogotana, acostumbrada a moverme en carro, taxi, bus o a pie, jamás se me ocurrió pensar en la bicicleta como un medio de transporte alternativo. La cicla me parecía excelente para hacer ejercicio pero usarla para ir a estudiar o trabajar me parecía descabellado. La sola idea de llegar acalorada y sudorosa a una entrevista luego de haber pedaleado 3 kilómetros me parecía absurda. Entonces conocí a mi marido y todo cambió. La bicicleta entró a nuestro hogar para ocupar una plaza tan importante como si fuera la nevera, la cama o el televisor. Mi esposo se va al trabajo, hace compras en el supermercado del barrio, va a pagar cuentas, va a visitar a los amigos y hasta sale a rumbear en bicicleta. Pero Olivier no es el único. En las ciudades francesas las mamás amarran a sus niños en una silla especial y los llevan pedaleando a la guardería o al colegio, los estudiantes de bachillerato prefieren ahorrase la plata del bus y se van en cicla hasta el liceo, las señoras de cincuenta años se van de compras en vélo y algunas personas prefieren este método de locomoción para asistir a exposiciones, cenas y fiestas. En Francia la bicicleta está en todas partes y todo el mundo da por hecho que los demás saben montar y lo disfrutan. Incluso hay gente cuyo plan de vacaciones es descubrir una región a punta de pedal.
En Burdeos no es necesario comprar una bicicleta para movilizarse ya que la alcaldía las alquila. Solamente se paga un derecho por un año y cuando uno devuelve la bicicleta le reembolsan el dinero. En otras ciudades como Paris, Nantes o Montpellier, existe la modalidad de Vélib, un servicio donde es posible alquilar una bicicleta por una hora o varios días. Existen varias estaciones regadas por toda la ciudad y el abonado puede coger una cicla en una estación y devolverla en la siguiente.
Mentiría si digo que ahora soy una experta. Es cierto que he mejorado mi capacidad física pero todavía me siento incómoda montando en falda y tacones y dudo mucho que algún día sea capaz de maniobrar la bicicleta con un bebe atrás y tres bolsas de mercado. Estoy lejos de emular a Fabio Parra o a Lucho Herrera pero con práctica y paciencia espero llegar a la meta de este nuevo desafío cultural.
Después de realizar algunos viajes en el 2009, que realmente no me convierten en experta, pero me da pie para hablar de algunas cosas que para mi son importantes, como por ejemplo lo que no debe faltar en tú equipaje cuando vas de turismo a un lugar diferente. Yo tengo mi propia lista, pues a veces a donde vamos no encontramos lo que necesitamos, ya sea porque tiene otro nombre o porque sencillamente allá no se consigue, y es verdad que a veces puedes reemplazar aquello que te hace falta, pero si no es muy grande, puedes ahorrarte un poquito de dinero que tal vez sirva para enviar una postal o tomarte una taza de café en un bonito lugar, por esto yo trato de llevar siempre conmigo, mínimo las siguientes cosas:
- Protector de labios hidratante, sin importar la época del año, porque no hay nada peor que tener los labios resecos y partidos por el calor o el frio. Aunque confieso que en casi todos los países que hemos ido hemos tenido que comprar, porque se me pierde el que llevo, y claro que se consigue, pero en cada sitio es más costoso que en el anterior y ya en casa tengo una buena colección.
- Analgésico o relajante muscular, si eres propenso a dolores en el cuello, espalda, caderas o piernas, te pueden ayudar bastante, sobre todo para viajes largos, creo que un buen relajante puede salvarte la vida, porque no hay nada peor que llegar engarrotado a tu lugar de destino, pues los aviones, trenes o buses por más cómodos que sean pueden hacerte cansar al pasar el tiempo, creo que todos tenemos un límite de horas para estar sentados en una posición.
- Adaptador de corriente para múltiples tomas o en el peor de los casos para el país que vas a visitar, pues si llevas tu ordenador y no tienes como conectarlo para cargarlo, pues quedarás jodido, así pasa con otros artefactos como celulares, cámaras de video o de fotos, entre otras cosas, es cierto que muchos hoteles te prestan el adaptador, pero cuando estés en el aeropuerto o en un centro comercial o en otro sitio que no lo tenga como haces ¿?, es solo una idea que a nosotros nos ha resultado bastante útil.
- Un bolso pequeño (que sea pequeño de veras) para tener a mano pasaportes, documentos de viaje como reservas de avión, hotel, tren y demás, así como aquellas cosas que utilizarás frecuentemente como el protector de labios y el maquillaje (si es tu caso), pero que no sea un kit, sino lo básico, pues recuerda que el bolso debe ser pequeño.
- Pañuelitos, porque a veces entras a un baño y no hay papel, porque te da alergia y empiezas a estornudar, porque necesitas limpiarte las manos y no hay un baño cerca, porque tienes mocos… en fin, los motivos son muchos y esto puede serte muy práctico y ocupa poco espacio.
 - Como no sabes la cantidad de tiempo que puedes estar en un aeropuerto esperando el vuelo y a veces tener con que pasar el tiempo es necesario, para mi un buen libro, siempre es una excelente compañía, igual ahora con el cuento de los MP4 y los celulares con reproductor puedes tener buena música a tu alcance, lo cual puede hacerte la espera amena y menos traumática de lo que realmente puede ser. Así que elige un buen libro que no pese mucho y has una buena selección de música y podcast en tu reproductor y has de la espera algo alucinante y no deprimente, como a veces suele ser.
Estoy segura que cada uno tiene su propia lista de necesidades y de cosas para llevar, sea cual sea la tuya, es importante tenerla, pues a veces olvidamos cosas que luego pueden hacernos mucha falta. No olvides ser muy práctico cuando viajes, no lleves cosas innecesarias y pesadas, entre más liviano viajes mejor será la experiencia.
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