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Mi cocina queda en Hyeres

Yo lo dejé todo por amor. Con seis meses de embarazo cogí un avión para reunirme con mi esposo que en adelante será llamado “El Francés”. Una maleta de ropa de embarazo. Una maleta de ropa para bebé. Lo dejaba todo: familia, amigos, trabajo, secretaria, mensajero, carro, secador de pelo, colección de cajas, álbum de fotos… todo era todo. El malestar del embarazo, la felicidad de tener un bebé, estar por fin con mi esposo después de una relación a distancia de casi 4 años, no me dejaban ver lo que mi decisión implicaba. Yo debía empezar de nuevo. Reinventarme. Como cuando Madonna cambia de look Ella tiene a su favor cincuenta personas que le ayudan en esa tarea. Yo debía hacerlo sola. Sola. Y con una variable auto impuesta: ser feliz, aprender a ser feliz para enseñarle a mi hijo a serlo. Meses después de que el niño naciera, desperté a una nueva realidad: era mamá, extranjera, inmigrante, esposa, ama de casa. Estaba lejos de dominar el idioma. El trabajo de mi esposo implicaba misiones fuera de la ciudad de días o de meses. Debía integrarme a una nueva familia que incluía suegra, dos hijastros, la ex-esposa y su nuevo marido. Y como si esto no bastara, tenía que dominar un país tan complejo como Francia. Su cultura. Aprender a vivir en un pueblito después de vivir toda mi vida en Bogotá. Enfrentarme a la discriminación. A mis prejuicios y a los de los demás. Pasar del tercer mundo al primero. Por eso empecé a escribir. Primero hice un pequeño blog que compartí con mis amigos: http://instantaneasinmigrantes.blogspot.com/ y ahora pruebo suerte en Conexión Colombia con:”Mi cocina queda en Hyeres”, un blog que compila las conversaciones inútiles con una tía a la que trato de explicarle, sin éxito, como vive una mamá, ama de casa, inmigrante y colombiana en el sur de Francia.

nov 07
2009

Camisas blancas planchadas

Posted by: Ángela Jiménez Quijano



 A mí me gustaban los yupies. En mi juventud, allá a lo lejos. Cuando todavía creía que había una relación directa entre el éxito y la felicidad. Siempre oliendo rico, con sus camisas planchadas. Preferiblemente blancas. Planchadas y almidonadas. Corredores de bolsa, ejecutivos, abogados, economistas, tecnócratas… qué se yo. La pinta les ayudaba - o lo era todo - y esas camisas blancas, planchaditas, impecables… Alguna vez un amigo me dijo: Imagínese al man atendiendo una tienda. Y vino a mí la imagen: Forrado en una camiseta de Pintuco, con un palillo entre la boca, chupándose un lápiz para sacarme el precio sumando detrás de un cartón. Favor que me hizo. Después de eso, les perdí el respeto a los yupies, metrosexuales y a todos esos que eran lo que eran por lo que tenían y no por lo que eran. Luego conocí al que hoy es mi esposo, me lo imaginé atendiendo una tienda y me dieron ganas de comprar una y atenderla con él. Prueba superada. Pero toda la carreta tiene que ver con las camisas blancas planchadas. Yo no plancho, o al menos eso procuro. No me gusta, me da dolor de espalda, no sé hacerlo. En 6 años le he planchado a mi esposo 6 camisas: las que se pone para Navidad. Y yo la verdad compro la ropa dependiendo de si toca plancharla o no. Pero lo que en el pasado fue una prueba de mi pereza y de mi limitada habilidad como ama de casa, se volvió hoy un gesto de solidaridad con el planeta. Planchar la ropa, y sobre todo ser de esas señoras maniáticas que planchan sábanas, toallas, calzoncillos, carpetas, carpeticas, limpiones, trapos del piso… y que antes de ponerse la ropa vuelven y la planchan… es uno de los gestos más agresivos que se hace desde los hogares, hacia el ecosistema. Socialmente, si uno está arrugadito, es un dejado, desordenado, que no tiene cuidado de su presentación personal… Claro, no se pensará que es un ecologista. Nadie le daría su dinero a un corredor de bolsa arrugado: Si uno va a perder su plata, que al menos él que se la invierte esté de punta en blanco.

Y qué decir de las bolsas del mercado. Cuántas personas que se consideran civilizadas, educadas y gente divinamente de toda la vida, piden que en Carulla les empaquen la carne en una bolsita, que luego meten en otra bolsa, separada de la bolsa en la que llevan el jabón. Como si fuera el equipaje con el que van a subir al Himalaya. Como si vivieran a 4 días de sus casas. Algunos al menos usan estas bolsas una segunda vez. Otros las botan y compran otras bolsas para la basura. Viviendo en Francia aprendí a usar bolsas de mercado de “larga duración”, llevo mis bolsas, empaco mi mercado y lo subo y lo guardo y lo cocino y me lo como. Y si bien de solo pensarlo me agoto, es evidente que el pequeño gesto de no usar 10 bolsas plásticas semanales, representa 520 bolsitas de menos en el mar al año.

Y la gente me dirá, qué hago yo pensando en ecología con medio mundo muriéndose de hambre, habiendo tanto tema chusco y controversial como la guerra, los desplazados, la desigualdad, la corrupción… etc. Tal vez yo siga creyendo en poner un granito de arena.

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