Cuestión de Fe


Posted by: María Inés McCormick in Burdeos on Ene 26, 2009

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"¿Quieres escribir sobre la experiencia de ser colombiano en el exterior?" Esa fue la pregunta de la editora de Conexión Colombia y debo reconocer que su propuesta me resultó tentadora. Apenas llevo tres meses viviendo en Francia pero ya puedo percibir las diferencias culturales. Algunas evidentes y otras sutiles. Si bien muchos compatriotas se muestran sorprendidos por la nieve, el desarrollo de los medios masivos de transporte y el buen mantenimiento de las vías, a mí me ha causado curiosidad la apatía religiosa de los franceses, apatía que en ciertos casos se manifiesta en un ateísmo declarado.

Si bien la Iglesia Católica ha ido perdiendo fieles entre la población más joven, lo cierto es que Colombia sigue siendo el país consagrado al Sagrado Corazón de Jesús, donde la gente se casa por la Iglesia, donde los niños se bautizan y hacen la primera comunión, donde la gente se persigna al pasar en frente de un templo, donde las personas creen en milagros obrados por Divinos Niños, Señores Caídos y Vírgenes Milagrosas.

En Colombia la religión no sólo está en las Iglesias, sino que hace parte de la vida cotidiana. Está en el Rosario que cuelga de los espejos retrovisores de algunos carros, en las calcomanías de Jesucristo proclamando su "yo reinaré", en las camándulas de diseñador, en la colección de estampitas de santos que más de uno lleva en la billetera, en los pesebres y novenas decembrinas, en los altares particulares que las madres colombianas disponen en alguna repisa de la casa y hasta en Internet, donde abundan las novenas por email e incluso en Facebook, donde alguien creó un grupo de fans de la Virgen María.

Estos rasgos de nuestra colombianidad sorprenden en Francia donde, según las estadísticas, el 43 por ciento de las personas se declaran indiferentes en lo que respecta a la religión. Exceptuando a la gente mayor de sesenta años, que se considera a sí misma practicante, es poco frecuente encontrar jóvenes o adultos menores de cincuenta años que se sientan atraídos por las ideas religiosas.

El año pasado tuve la oportunidad de celebrar aquí la Navidad lo cual me dio la excusa perfecta para indagar sobre las creencias místicas de mis amigos y allegados. Por un lado, están los ateos que niegan radicalmente la existencia de Dios y, por el otro, los laicos que defienden la independencia del hombre, de la sociedad y del Estado de toda influencia eclesiástica y religiosa.

Es tal la convicción laica de los franceses que aquí sería impensable que el presidente Nicolás Sarkozy propusiera en sus alocuciones el rezo del Padrenuestro por la seguridad del país o que invocara al Espíritu Santo para que iluminara a las autoridades económicas.

Incluso muchas de las asociaciones que apoyaron a Ingrid Betancourt durante su secuestro se sintieron defraudadas cuando la ex candidata presidencial le dio gracias a Dios y a la Virgen por su liberación. Para estos militantes, la operación de rescate y liberación de Ingrid Betancourt no tuvo nada que ver con la Divina Providencia sino con el esfuerzo humano.

Sin embargo, la escasa religiosidad de los franceses no quiere decir que sean personas poco comprometidas. En el poco tiempo que llevo aquí me he dado cuenta de que los franceses tienen un gran espíritu solidario, son un pueblo activo y dinámico que se moviliza para defender los derechos civiles y hacer respetar las libertades individuales.

Puede ser que la Navidad francesa no tenga el encanto "mágico, cómico, musical" de la Navidad colombiana, con su sincretismo religioso que permite que haya tigres de plástico cuidando al Niño Dios y novenas bailables donde el rezo se refunde entre litros de aguardiente y ron mientras Jorge Celedón nos reafirma "qué bonita es esta vida".

Francia no es Colombia y me gusta que sean diferentes. Pero reconozco que esta experiencia laica francesa nos sirve para reflexionar hasta qué punto la religiosidad en Colombia es un compromiso ético de fondo o una práctica mecánica a través de la cual muchas personas buscan limpiarse la conciencia.