Por Verónica Rodriguez
Noviembre 11 de 2008
¿Saben ustedes cuántas veces han entrado a un McDonald’s y han dejado la bandeja con todo lo que se comieron sobre la mesa, más las papas que se le cayeron al piso, los papelitos, la cajita feliz, el pitillo y las bolsitas de azúcar?, ¿saben ustedes cuántas veces se han puestos de mal genio cuando llegan a ese trabajo que los tiene cansados y encuentran que el pocillo o vaso que utilizan a diario está sucio?, ¿o cuántas veces se han puesto de mal genio porque el mesero que los atiende no lleva rápido el pedido?
Pues multipliquen el número de años que tienen por las veces que en promedio van en el mes a un restaurante, a la oficina o a cualquier McDonald’s y súmenle lo descomedidos (nunca había usado esa palabra pero está buena) que pueden llegar a ser. Y el resultado: mmm vaya uno a saber. Pero sirve como muestra.
Yo traté de hacer las cuentas en una de mis jornadas laborales y definitivamente soy una descomedida (me gustó la palabra). O -espero poder decirlo ahora- era una descomedida. ¿Y qué me tocó hacer para darme cuenta de eso? Venir a Londres a hacer cosas que en Colombia nunca se me pasaron por la cabeza: limpiar oficinas, limpiar McDonald’s y meseriar.
En mis primeros tres meses en el Reino Unido mi queja y única preocupación era la falta de trabajo y, por ende, de plata (en realidad no es que quiera trabajar, lo que quiero es plata. Y el que esté libre de pecado que tire la primera piedra). Entonces hablé con Dios, le pedí y le pedí y me respondió: “Niña, ¿quiere trabajar?, pues tome”. Ahora tengo más puestos que un bus.
Mi jornada comienza a las 4:30 a.m., cuando trato de abrir los ojos y oigo la dulce voz de mi compañera de cuarto cuando me dice: “Verito, ya es hora de levantarse”. Definitivamente no me gusta la ternura, entonces día de por medio le respondo: “No, hoy le toca a usted primero”.
Entonces me voy a mi primer trabajo, cojo el primer trapo del día, el azul, y bolie trapo. Después cojo la aspiradora y hágale. Recoja todo papelito, residuo de borrador, clip, lápiz, esfero y uña que esté sobre el tapete negro (lo de las uñas es verdad. No entiendo por qué los ingleses no se cortan las uñas en la intimidad de su hogar).
Cuando estoy ahí los ingleses en cuestión no han llegado. Pero por los comentarios de mi ‘manager’, creen que las oficinas no quedan limpias, pues no paran de quejarse por “lo sucio que siempre está todo”.
¿Qué estoy pagando?, ¿será que pago por las veces que me enfurecía porque Elizabeth no desocupaba mi caneca de basura o no lavaba mi taza? Pues sí.
Después de limpiar las oficinas salgo hacia mi corta jornada de estudio, que termina a las 12:00 m. Y luego me voy corriendo hacia el McDonald’s más lejano que me pude conseguir en todo Londres. Me pongo mi uniforme y a boliar trapo nuevamente. Los rosados son para las mesas, los amarillos son para las sillas; escoba y recogedor para las papas y los papelitos de la Cajita Feliz, los pitillos, los pedazos de carne y las pepitas de ajonjolí. ¡No entiendo por qué no comen nuggets de pollo!
De cien personas que entran en una hora, veinte recogen la bandeja. A los otros ochenta descomedidos no se les ocurre. ¿Por qué? Pues por que para eso está la niña con cara de brasilera que no habla ni una palabra de inglés. Pero quiero decirles que NO. Para eso no están esos personajes que, hablen o no su mismo idioma, trabajan corriendo por todo el restaurante con un trapo y una escoba en la mano. Obviamente están para limpiar, pero ¿acaso no es mejor hacer uno mismo las cosas que uno puede hacer por sí mismo? (y valga la redundancia).
Queridos lectores, hagan el ejercicio. La próxima vez que visiten un McDonald’s miren a esos personajes y acuérdense de mi. Levanten la bandeja, recojan el papel del pitillo y bótenlo a la basura. Y ojo, la basura en la caneca, no por fuera de ella. Esa es otra maña. Y después a las Verónicas y Verónicos de todos los McDonald’s del mundo nos toca doble trabajo, recoger lo que dejaron en la mesa y después lo que botaron por fuera de la caneca. Y lo peor, sonriendo.
Esa es otra historia. Constantemente se me olvida sonreír, por lo que mi manager me lo recuerda todo el tiempo. Me llama por mi nombre con un acento entre indiano y británico y se dibuja una sonrisa con la mano para recordarme que “McDonalds ¡me encanta!”. La verdad ni me encanta, ni me dan muchas ganas de reírme, pero como dicen por ahí, si trabajar fuera divertido no pagarían por eso.
Cuando salgo de este encantador lugar, a eso de las 5:00 p.m., tengo dos opciones: o repito la sesión de limpieza de oficina o me voy a meseriar. Si me toca lo primero, repito la misma jornada de las 6 a.m. pero a las 6 p.m.
Y si es lo segundo, me voy a un evento social con los pocos ingleses que quedan en Londres. Gente muy estirada, como diríamos en Colombia, que habla con ese acento que me recuerda al CD del curso de inglés que tenía en Colombia y nunca pasé de la mitad.
Para ser mesera en este tipo de eventos hay que tener en cuenta varias cosas: no derramar la copa de vino sobre alguno de estos personajes (lo que ya me pasó, pero como fue en la espalda de este lord inglés nadie se dio cuenta y yo, como si nada hubiera pasado); y la sonrisa, esa que mi ‘manager’ de McDonalds se dibuja con la mano.
No se para qué sirve la sonrisa en este caso. Es que cuando me les acerco con la bandeja ellos siguen con su conversación, estiran su copa o miran los canapés para ver si son light, si tienen algún ingrediente que pueda provocarle alergias, o si son vegetarianos (qué obsesión en este país con la comida vegetariana). ¡Pero nunca me miran a mi!, daría lo mismo que tuviera una bolsa de papel en la cabeza, ellos no lo notarían. Aun así, esta es la parte fácil.
Es que el asunto de la meseriada se me complicó un poco porque entré al mundo del ‘Silver Service’. Mejor dicho, atiendo a gente VIP, literalmente “Very Important People”, en dos de los hoteles mas lujosos de Londres. Allí soy la mesera con cara de brasilera, de tacones y medias veladas, y una sonrisa dibujada en su cara, que pone los platos por la derecha, sirve la comida por la izquierda, desdobla la servilleta y la pone en las piernas, acomoda las cucharas, cucharitas y cucharotas, etc... Todo lo que el protocolo más importante exige para estas ilustres personas, que ni siquiera aprecian la sonrisa dibujada con esfuerzo.
Así termina un día más. Son aproximadamente la diez de la noche. Y calculen cuántas personas de las que atendí, les limpié, o les de comer, me miraron o tuvieron algún tipo de consideración. Pues como dice el chiste, como una o ninguna.
Mesera, waitress, cleaner, limpiadora, como le quieran llamar, en el idioma que le quieran llamar, soy parte del grupo de miles de invisibles que vive en Londres. Eso sí tengo claro que cuando vuelva a la vida real (¿o cruda realidad?) las Verónicas y Verónicos del mundo no serán invisibles para mi. Y seguramente cuando esté en Bogotá y termine mi Big Mac con papas y Coca-cola, busque el trapo rosado y deje la mesa tal y como la encontré.
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