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sep 29
2009
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Aprender un nuevo idioma es un proceso arduo y algunas veces tortuoso, sobretodo, cuando uno decide aprenderlo después de los treinta. Las cosas cotidianas que antes se hacían sin pensar, de repente, se vuelven una odisea. Ir al banco, hacer mercado, adelantar un trámite en una dependencia oficial, ir al médico, asistir a una cena con más de tres personas, hacer una hoja de vida, mandar un email, hacer un reclamo en una oficina de servicio al cliente o simplemente hacer y recibir llamadas telefónicas se vuelven proyectos trascendentales.
La Alianza Francesa de Bordeaux queda a cinco cuadras de mi casa, así que durante los primeros cinco meses mi rutina consistió en ir todos los días de 9 a 12 a aprender esta hermosa lengua que se oye tan bonita y tan musical pero que es muy complicada de pronunciar por sus sonidos nasales, sus vocales que no se dicen y su gramática un tanto enredada.
Un amigo argentino que lleva ocho años en Francia me dijo que al comienzo lo más duro era no poder ser él mismo. Su "maravillosa" personalidad argentina no podía brillar en todo su esplendor porque él no tenía el vocabulario ni la fluidez para hacerse entender. Recién llegado se sentía como un niño de tres años balbuceando palabras, armando frases cortas tipo telegrama y sonriendo como un idiota cada vez que no entendía lo que le decían mientras respondía a todo con un ‘oui oui'.
Después de varios meses de desembolsar muchos euros en clases de idiomas para que al final me pusieran a ver el noticiero y escuchar la radio (lo que puedo hacer gratis en la casa), la recomendación de la profesora fue que me lanzara al mundo y que con la práctica iría soltando la lengua.
Con el tiempo los progresos han ido llegando pero, irónicamente, como la gente cree que uno entiende mucho más de lo que en realidad sabe la conversación se complejiza y en la mitad de la charla uno ya se volvió a perder. Lo mejor es cuando los niños de cinco años lo corrigen a uno y lo hacen caer en cuenta de sus errores gramaticales y de ese curioso acento que tenemos a la hora de hablar.
Hay meseros, cajeros, funcionarios, conductores y vendedores que son amables, me hablan despacio y en muchos casos interpretan lo que yo digo y no arman drama. Pero luego hay otras personas que se impacientan y comienzan a mirarme con desespero y se hacen los que no comprenden nada así uno les esté señalando el paquete de arroz que quiere comprar.
Entonces, reconozco, los maldigo en silencio. Al menos yo estoy haciendo el esfuerzo de aprender su idioma cuando la mayoría de ellos ni siquiera habla una segunda lengua.
Hace dos meses, luego de una deducción a partir de varias conversaciones con algunas personas, comprendí que la expresión ‘laisse tomber', que literalmente significa ‘déjalo caer' y que se usa en varios contextos, también se acomodaba a la entrañable expresión colombiana ‘Deje así'.
Será una tontería pero eso me alegró el día. Ahora cada vez que un francés o una francesa me hace una remarca sobre mi forma de hablar, ya no me molesto ni me deprimo. Sé que es sólo cuestión de paciencia, mucha práctica y que todo vendrá con el tiempo. No me voy a hacer líos...simplemente...laisse tomber.
Comentarios (3)
De acuerdo!!!!
Un abrazo, cuando estes cerca estas invitada a almorzar con nosotros...
Ayy que identificado me siento jiji
... y volver a echar el cuento... despues de 20 minutotes alfin pude decir merci beaucoup monsieur (muchas gracias señor) y chaito pues
y la reflexion mental... tenaz que una bendita llamada sea tan complicada pero algun dia me reire de esto
hola a todos




