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Migración, desastres naturales y cambio climático E-mail
 

Óscar Gómez muestra cómo las catástrofes aumentan el número de inmigrantes, y advierte que el mundo se debe preparar para recibir a sus “refugiados climáticos”.

Óscar Gómez Diez
Director Fundación Esperanza
 
Enero 26 de 2010

Con sus miles de muertos y sus cuantiosos daños materiales, el reciente terremoto en Haití ha puesto en evidencia la relación entre migración, desastres naturales y cambio climático.

El gobierno de Estados Unidos debió suspender la orden de expulsión de migrantes haitianos en condiciones irregulares en ese país, a la vez que les extendió el TPS (un estatus temporal de permanencia en Estados Unidos) por consideraciones humanitarias.

Simultáneamente en los círculos políticos y en los medios de comunicación norteamericanos se especula sobre una posible oleada migratoria haitiana hacia Estados Unidos, como resultado del terremoto. Hay que tener en cuenta que estos éxodos ya se han dado a raíz de los huracanes que han azotado a la isla en los años recientes, y de manera permanente por la inestabilidad política, la pobreza y la violencia que ha padecido durante décadas este país caribeño.

La sociedad haitiana y la comunidad internacional también tendrán que enfrentar la situación de miles de niños huérfanos o abandonados, que eventualmente pueden ser adoptados por familias de varios países. Esta solución puede ser traumática en medio de la crisis y por la debilidad institucional de ese país, que podría facilitar la acción de redes de tráfico de niños para la explotación sexual y comercial.

No sería la primera vez que un desastre natural desemboca en una migración masiva. El terremoto de Armenia (Colombia) en 1999 empujó una fuerte oleada migratoria desde el Eje Cafetero hacia Estados Unidos y Europa, convirtiéndose en una de las regiones con más flujo migratorio en el país.

Y en el mundo, entre los años 2000 y 2005, 106 millones de personas fueron afectadas por las inundaciones, y 38 millones por los huracanes. Se calcula que si los polos se derriten completamente, el nivel de las aguas del mar subiría unos 12 metros, afectando a mas de 608 millones de personas del mundo que viven en zonas costeras que están a menos de 10 metros sobre el nivel del mar. Serían los refugiados climáticos los que se desplazarían hacia tierras más altas después de haberlo perdido todo. Esta sería una catástrofe de alcance global y un desafío humanitario de enormes proporciones.

Las hipótesis de semejante situación no dejan de ser inquietantes. Por ejemplo, el tema de alimentar a más de 600 millones de refugiados climáticos, después que las áreas cultivables donde vivían han sido inundadas, generaría una crisis alimentaria global. Aquí podría entrar en escena la ganadería, pues producir un kilo de carne cuesta 16 kilos de granos; con un kilo de carne se alimentan cuatro personas, con 16 kilos de granos se alimentan por lo menos 32 personas. El 50% de la producción mundial de granos se destinan para la ganadería (esto de por sí es alarmante, puesto que hay más de 1.200 millones de personas que padecen de hambre en el mundo). Así que una crisis global de alimentos nos pondrá en la disyuntiva de darles los granos a las vacas o a las personas, y en ese momento le tenemos que decir adiós a la leche, a los quesos y los yogures.

Hace poco escuché a un funcionario internacional que el concepto de refugiados climáticos no existe en la legislación internacional y que es incompatible con el estatuto de Ginebra sobre los refugiados. Así que siguiendo esta lógica, cuando nos lleguen más de 600 millones de personas huyendo de las aguas crecidas del mar, les diremos que no los podemos recibir como refugiados climáticos sino como turistas, o quizás como inversionistas. Muchas veces la lógica burocrática nos puede llevar a absurdos en medio de las tragedias humanas.

En esos momentos es mejor apelar a lo mejor del pensamiento humano, a lo que nos enseñaba Pericles hace más de 2.500 años en la Grecia Clásica, más que imaginarse el futuro había que prepararse para el futuro. Y prepararse para el futuro de manera responsable sería no contaminar más nuestro planeta, a la vez que podríamos ir creando en nuestro derecho internacional la figura del Refugiado Climático.

La movilidad humana en Colombia puede superar los ocho millones de personas, si tenemos en cuenta los más de 4 millones de migrantes internacionales, los más de 4 millones de desplazados por la violencia y más de 500 mil refugiados (sin datos concretos sobre el número de desplazados por desastres naturales). El país requiere de una política de movilidad humana integral que sea capaz de dar cuenta de la situación por la que atraviesan millones de compatriotas en contextos de movilidad, previendo mecanismos y programas para eventos catastróficos, ya sea por desastres naturales o por el cambio climático.

Las migraciones y el medio ambiente son desafíos que nos ponen a prueba como seres humanos, nuestra mezquindad o nuestra grandeza, y nos recuerdan que no somos islas individuales en el mundo, que todo lo que hagamos o dejemos de hacer nos afecta a todos. Esta es la lección de Haití para la humanidad.
 
 
 
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