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La primavera se acerca. Aunque los árboles aún no tienen hojas y la temperatura acaricia los siete grados, los días han comenzado a robarle minutos a la noche. Al sol se le ven las ganas de fiesta pues cada semana se acuesta un poco más tarde y es esa anticipación, esa dulce espera lo que poco a poco va entibiando los corazones. Bordeaux se alista para el cambio de estaciones y la transición se nota. Con la complicidad del sol, las terrazas se van tomando las plazas y tímidamente las personas van dejando la pereza encerrada en la casa para salir a disfrutar de la belleza de la ciudad. Pero la ciudad no son sólo sus calles, parques, edificios y monumentos. La ciudad también es ella: La Garonne. Ese hermoso río que atraviesa la ciudad llenándola de vida. Esas aguas cadenciosas que le dan a Bordeaux un aire de postal con atardeceres que estremecen. Al admirar La Garonne siento alegría, amor, paz, satisfacción... Y también siento envidia y no sé si es de la buena. Porque al ver este río espléndido y señorial, tan burgués como la misma ciudad, no puedo dejar de pensar en el río de mi ciudad natal. Ese río Bogotá muerto en vida por cuyas aguas no fluyen esperanzas ni sueños sino espumarajos tóxicos que arrastran la suciedad de los habitantes de la Sabana y la desidia de las autoridades locales, regionales y nacionales que durante décadas le han dado la espalda al río. Las buenas intenciones de varias asociaciones ecologistas han aportado su granito de arena para mantener limpio el nacimiento del río pero a medida que desciende de la montaña, el río Bogotá se va envenenando. Cuando era niña, allá en los ochenta, el paseo familiar al Salto del Tequendama se hacia mirando desde la ventana del carro y sin detenerse en el camino por temor a los vapores putrefactos y fermentados emitidos por el río en señal de lamento. Algunos expertos dicen que el daño ya está hecho y que las medidas que se tomen solo retardarán el desenlace inevitable. Pero bueno...si en nuestro país la vida de una persona no vale nada...qué podemos esperar de la vida de un río. Caminando por el malecón de La Garonne me cruzo con familias que pasean, veo grupos de jóvenes en bicicleta y mujeres paseando sus perros. También observo hombres trotando que se detienen a comprar ostras en los puestos del mercado y veo a una niña de un año dando sus primeros pasos al lado del río. La Garonne es como esa niña, llena de energía y con toda la vida por delante. El recuerdo del río Bogotá, ese río desahuciado, me asalta nuevamente y siento una mezcla de nostalgia y rabia. Nostalgia por aquel río que en época de mis abuelos simbolizaba el vigor de la naturaleza y rabia al reconocer que todos somos culpables de haberlo dejado en el abandono en el que hoy se encuentra.
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